Premio Xavier Villaurrutia 2025. Tecnología y literatura
- Norberto Freire - Sunday, 08 Nov 2026 00:23
Entrevista con Alejandro Arteaga
‒Dedica Sala de máquinas a su papá, a quien define como “inventor de máquinas”.
‒Me di cuenta que debía dedicarle este libro porque hice mías sus curiosidades, así como sus deseos de conocimiento que están expresados en cada una de estas ficciones. El trabajo de mi padre, Lucio Herrera, siempre estuvo vinculado a la reparación de compresores: máquinas que proveen de energía a maquinarias todavía mayores. En las casas que ocupamos en mi niñez, casi siempre hubo un lugar donde él hacía otras cosas que no eran exactamente las de su labor: trataba de resolver ciertas curiosidades que tenía acerca de cuestiones mecánicas. A mis siete años registré mi primer gran recuerdo sobre mi padre como inventor, porque hizo una máquina con un motor y unos metales y una segueta enorme: pretendía cortar, velozmente, una gran cantidad de tubos. Yo era muy pequeño y recuerdo una segueta gigante,
y la vi en marcha cortando diez tubos enormes a la vez. ¡Era como una mano robótica! ¡Algo fascinante! Más que comprar una herramienta, a él le gustaba comprender cómo funcionaba y replicarla: trataba de armarla con soldadura, madera y distintos materiales.
Tecnologías desaforadas
‒¿Qué rasgos posee la máquina que a usted le motiva retomar como elemento literario?
‒Una máquina es una extensión de las posibilidades humanas. Puede resolver problemas o extender tus poderes humanos, incluso es capaz de sustituirte. Literariamente funciona bastante porque se vuelve un personaje propio, ya sea con rasgos humanos o animales.
‒¿Qué poder humano le gustaría que se extendiera con alguna máquina aún no inventada?
‒Quizá la lectura del pensamiento. Una máquina capaz de escanear el pensamiento sería muy riesgosa, evidentemente, pero me parecería fascinante: no solamente saber cómo piensa una persona, sino también descubrir su historia y la construcción de su carácter.
‒Eso ahorraría tiempo al vínculo humano.
‒No sé si lo ahorraría o lo complicaría. Eso es un poco lo que hago en el libro: ahí habitan algunas tecnologías que podrían ser desaforadas, pues crean problemas… Algo que podemos ver en la historia de la humanidad: tecnologías que, en principio, crean problemas antes de resolverlos.
‒¿Cuáles rasgos de la humanidad plasmó usted en Sala de máquinas?
‒Necesidad de conocimiento, por ejemplo. Asimismo, la exacerbación de la curiosidad y la ambición.
‒En esta obra usted construye una respiración y un ritmo de escritura con frases cortas. ¿Eso responde a un estilo literario o a un modo suyo de estar en el mundo?
‒Hasta cierto punto es accidental el estilo que pretende construir un escritor. Una parte puede ser elegida desde cierta búsqueda específica y otra también se conecta con su formación, o su deformación laboral. Desde hace muchos años me dedico a la edición, y no sabría rastrear cuánto el oficio de editor ha permeado en mi escritura. Quisiera que no. En el cuento uno trata de construir o de reflejar un cierto tipo de uso de lenguaje. Alguna vez leí que, con cada libro, uno aprende a construirlo. Es como si el libro te
estuviera enseñando cómo escribirlo y, en
algún momento, en el proceso de hacerlo ya
tienes un método.
Una secreta esperanza
‒¿Qué tanto se parece el acto de escribir literatura a inventar máquinas?
‒En la narrativa, parafraseando a Ricardo Piglia, la intención es construir un misterio. A partir de tus recursos técnicos y literarios haces una construcción. Construir literatura es también construir una especie de artefacto que creará un efecto con consecuencias, hasta cierto punto, no previsibles en el lector.
‒Su papá, inventor, ¿qué opinó sobre Sala de máquinas?
‒Mi padre murió en mayo de 2025. Yo tenía escrito el libro y quería mostrárselo ya editado. Pero enfermó muy rápido y no pudo conocerlo: creo que lo escribí para ver su reacción al leerlo. Una obra mía anterior, Biblioteca portátil, muestra en la portada una biblioteca dentro de una especie de capilla móvil. Algo parecido a un triciclo. Y mi padre, cuando vio esa portada, en unas cuantas semanas construyó, con madera, una réplica de aquel vehículo. Yo guardaba una secreta esperanza: que mi padre, cuando viera las ilustraciones de Sala de máquinas y leyera estos relatos, en su taller deseara replicar alguna de estos artefactos. Eso no ocurrió. ¿Qué puede uno hacer ante eso?