Pintar el jazz: la paleta musical de Jazzamoart

- José Ángel Leyva - Sunday, 08 Nov 2026 00:13 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
En este monólogo “diferido” se cuenta una vida en el arte a través de una pléyade de músicos, todos jazzistas vinculados con la obra del pintor y escultor mexicano Jazzamoart (Irapuato, 1951), quien afirma: “La crítica me sitúa en el expresionismo musical o expresionismo rítmico, y está bien, pero a lo que yo aspiro es a pintar, a pintar la música.” Y más adelante especifica: “Lo mío es pintar el jazz.”

 

 

Bill Evans

Admirado Bill, ¿en qué pensarías cuando te inclinabas sobre el teclado y lo interrogabas con devoción mística, extrayendo luces de tus dedos largos, iluminado por el humo del tabaco y el brillo de tus sienes y los gruesos cristales de tus gafas? “Peace Piece” me cala en los recuerdos. Me veo adolescente dibujando con pasión sobre la mesa durante horas, escuchando música y programas radiofónicos, porque la televisión no llegó a casa sino después de mis quince años. Mis abuelos paternos eran un referente de estabilidad social, el abuelo comerciante y la abuela una mujer que provenía de las altas esferas salmantinas.

Mi admirado Bill, cuando mi obra me dio recursos para seguir pintando en libertad, sentí el impulso de hacerlo con lo que más se me negaba por falta de dinero, el óleo. He empleado acrílico cuando he necesitado, como en los viajes, para que los cuadros sequen más rápido. También trabajo la acuarela, los pasteles y las tintas. Hago escultura en plastilina o en barro para luego fundirlas en bronce, pero también hago esculturas con soldadura y tallas en madera. No obstante, Bill, me doy el gusto de pintar a manos llenas, de emplear esa materia en abundancia: óleo sin reservas.

Charlie Parker

Querido Charlie, mi padre era un alcohólico creativo, como tú, se afinaba en la acción de la vida y en el sonido de la orquesta. Alcohólicos funcionales, pero al fin alcohólicos. Pero, sabes, de él aprendí la libertad. Desde muy chavo, cuándo creía en los Reyes Magos, que aún no eran vagos, recibí de regalo un tallercito que mi padre había fabricado. Lo recuerdo como si fuera ayer, fue un 6 de enero de 1956, yo tenía cinco años. Era una especie de casita con sus colores y sus pinceles. Fue un juguete que encendió mi imaginación y creo que allí comenzó mi vocación por la pintura y la necesidad de contar con un taller propio. Cualquier cuarto se convertía en mi espacio íntimo. Mi padre, Javier Vázquez, me dio licencias infantiles que, en una provincia como Irapuato, Guanajuato, confesional y cristera, eran imposibles de ver como algo normal. Para mucha gente era un artista loco.

He soñado muchas veces contigo desde que fui por primera vez a Nueva York en 1981. En mi sueño, sales del Birdland ya avanzada la noche. Te sientas en la orilla de la banqueta y fatigado colocas el estuche rígido del sax alto a tu costado. Te observo bajo el resplandor de las luminarias, pero no intento hablarte, sólo te contemplo como se admira a un ídolo, sin importunar sus pensamientos.

John Coltrane

¡Oh John!, el aliento del sax tenor me conduce a ese estado de gracia que remueve las cenizas de la memoria. Si te acompaña Miles Davis no tengo forma de evadir los rescoldos de la infancia. Te he contado que mi familia paterna y materna eran muy católicos, de esa región cristera de Guanajuato. “Blue in Green” es el marco musical perfecto para hablar contigo. Bill Evans forma parte de ese espectacular grupo con ustedes dos. Los metales juegan con la intimidad del piano, de donde se desprende la sombra mágica de Evans. Agito mi trago y veo, tras una cortina de humo, a mi padre atrapado en la bebida.

“In a Sentimental Mood”, tu diálogo con Duke Ellington al piano, cambia de tono y me viene a la cabeza la imagen del abuelo. Un hombre de negocios que poesía un hotel, una zapatería, entre otras propiedades; mi papá se encargaba de dilapidar el capital. El abuelo sufría, pero lo apoyaba. De hecho, los mejores regalos que tuve en la infancia venían del viejo cuando viajaba a Ciudad de México. Emocionado, abría los paquetes con tubitos de óleo, un verdadero tesoro.

Con mi hermano menor, psiquiatra, el más inteligente y con una percepción más poética de la vida, con sentido del humor, suelo hablar de cómo nuestro padre, que tuvo la beca Guggenhouse de mi abuelo, hizo lo que le gustaba en la vida, pero le ganó la desidia y la bohemia. Y el arte no perdona, te exige disciplina y entrega total. Desde los ocho años yo lo acompañaba a vender sus cuadros, él los suyos y yo los míos. Pintaba en los recortes que él desechaba de sus trabajos de publicidad y los mandaba enmarcar. Un día los llevé a una galería y el dueño me dijo que me los compraba, pero debía ir acompañado de un adulto. Fui por mi papá y él autorizó la venta. No era mucho dinero, pero me sentía millonario. Mi papá me miró orgulloso y enseguida me advirtió: “el dinero no es tuyo, se lo entregas a tu mamá”.

Dizzy Gillespie

Tú, como yo, crecimos en una familia numerosa, una razón de fondo para abrir cauce a tu musicalidad colorida y a tu trompeta festiva. Cómo no ibas a crear el bebop con Charlie Parker al hacer del jazz un arte casi visual. Nosotros, la familia, nos vinimos a radicar definitivamente a Ciudad de México en 1962. Mi papá había hecho ya otros intentos, pero había fracasado y tuvimos que regresar a casa del abuelo, a vivir bajo su amparo. Mi ejemplo de artista era mi padre, y estaba consciente de que el arte no era precisamente el camino de la abundancia y el confort. Menos cuando lo veía ebrio. Un día entró dando tumbos por la puerta, sin un peso en los bolsillos. Mi mamá lo condujo a la recámara y salió a la tienda a buscar leche para sus seis críos, que pronto serían siete. Tiempo después, mi hermana me contaría que mi mamá se había robado los panes y la habían descubierto. La iban a llevar a la cárcel, pero alguien abogó por ella y la perdonaron, incluso con las piezas de pan. Maldije a mi papá por estar anclado al arte y al alcohol.

Comencé a pintar paisajes y bodegones para vender. Entendí que el arte también generaba ingresos, aunque no era lo que yo deseaba pintar.

Miles Davis

Cuántas veces quise saludarte. Alguna vez estuve cerca de lograrlo, pero la seguridad del recinto impidió que te mostrara mis dibujos y mis pinturas en las que apareces inmerso en notas de color, en la sordina de óleos tan precisos que elevan las formas y aumentan los volúmenes del cuadro. Genial y arrogante te alejabas de tus seguidores. Una vez soñé que venías a tocar al Auditorio Nacional y me contrataban para hacer la escenografía de tu show. Después del concierto veníamos a mi taller. Sabía que tuviste una novia pintora que te enseñó a dibujar y a pintar durante una enfermedad que te mantuvo aislado. Conocía tus pinturas por algún libro que reproduce tu obra plástica y, la verdad, evidencian una pobreza de recursos técnicos. Luego de un rato de jugar con los pinceles te pusiste a tocar la trompeta y yo te acompañé en la batería. Te detuviste de golpe y me regañaste porque tocaba muy mal. Te respondí que no lo hacía peor que tú con la pintura. Temí que te enojaras, pero sucedió lo contrario. Soltaste una carcajada estruendosa y me contagiaste. Celebramos juntos la ocurrencia.

La vida me ha dado lecciones de humildad. Cuando entré a San Carlos tenía ya diez años pintando y conocía muchas técnicas, dominaba el dibujo y en parte la escultura. Así que los sinodales dictaminaron mi ingreso a la Academia, pero no a primero sino a segundo año. Me ensoberbecí y pensé que era superior al resto de los estudiantes. Muy pronto descubrí que la mayoría dibujaba mejor que yo y tenía más conocimientos y habilidades en diversas materias que me resultaban desconocidas y difíciles. Fue un madrazo a la vanidad, pero al mismo tiempo se convirtió en un acicate para trabajar y estudiar con más ahínco. En San Carlos recibí una enseñanza conceptual, un bagaje intelectual del que carecía. Allí me fue revelado un principio: ser lo que deseas, aunque te lleve la chingada. Algunos de mis compañeros son reconocidos maestros, como Javier Anzures.

Gilberto Aceves Navarro fue uno de los grandes formadores y una influencia trascendente para nuestra generación. Además de ser él mismo un artista de gran calado. Con Gabriel Macotela, muy cercano a su magisterio, comparto el gusto por el jazz. Él incluso estudió en el Conservatorio. Le he propuesto hacer una orquesta de artistas plásticos; le entusiasma la idea, pero se queda en proyecto. Por eso el grupo La Cocina, Tertulias Contubernios y Festines, fue para mí un desahogo al reunirnos Evodio Escalante, Alain Derbez, Ana Ruiz, Ariel Guzik, entre otros, en un grupo multidisciplinario de free jazz.

Thelonious Monk

Mi querido Thelonious, escucho tu “Straight no Chaser” sin pretender descifrar su esencia y mucho menos colocarme bajo el ala azul de tu sombrero, pero a la luz de “Round Midnight” saltan las teclas del piano como si se tratara de un sueño psicalíptico, porque soy un soñador empedernido y me persiguen temas recurrentes. Desde la adolescencia soñé con un toro que se metía a la casa paterna. Para proteger a mis hermanos pequeños me subía con ellos a una mesa alta. El toro era imponente y la mesa se convertía en una especie de barco. El animal daba vueltas a la nave como si fuera un tiburón. Era un ejemplar enfurecido, un ser monstruoso que a la vez me parecía muy bello. Felipe, mi hermano menor, ahora psiquiatra, perdía el equilibrio y salía por la borda para caer ensartado en un cuerno. Ese mismo sueño se ha repetido a lo largo de mi vida, pero cambiando de personajes, a menudo son mis hijos. Ya no hay tragedia, sólo la situación en la que busco protegerlos de la bestia. La segunda parte del sueño también se repite cuando en medio de una corrida anuncian que el matador no podrá asistir y levanto la mano para proponerme en su lugar. Experimento ansiedad pensando en que he sido muy irresponsable al asumir ese compromiso. Me veo de pronto en el túnel para salir y partir plaza vestido de torero. Me encamino a la arena y cuando estoy cerca de traspasar el umbral me despierto y siento un gran alivio.

Billie Holliday

Ay, querida Billie, qué maravilla de instrumento es tu voz. Duele escuchar con placer tus canciones. Impregnas de blancura lunar la negritud del sonido. Ya otras veces te hablé de mi abuela, la cantante. Nunca supimos valorar su talento musical porque no le gustaba presumir sus atributos, aunque sí tenía desplantes de mujer de alcurnia. Un día le mostré una partitura de Ornette Coleman para ponerla a prueba. “Abuelita, solfea esta partitura”, le dije incrédulo y con ánimo de ponerla en evidencia. Y que me comienza a solfear la melodía. Me quité el sombrero. Mi padre tocaba instrumentos y componía, pero me parece que era más de oído, por eso no me imaginaba que ella sabía leer, ¡y de qué manera!

La abuela estudió canto, y como constaté, también música. Le ofrecieron una beca para estudiar en La Escala de Milán, pero su familia, ultraconservadora y prejuiciosa, no la dejó ir. La escuché muchas veces tocar el piano y con frecuencia la acompañaba a misa, pues era muy devota. Oraba y le suplicaba a Dios que apartara a su hijo de la bebida. Querida Billie, tú debes entenderla, pero aún más, debes comprender a mi padre, porque estuviste en las fauces de las drogas y el acoso de una sociedad restrictiva y violenta.

Vi llorar a mi abuela mientras tocaba el piano; soy testigo de sus lágrimas mientras cantaba en la iglesia. Era impresionante su vozarrón. Se elevaba por encima del coro y de las voces de los feligreses. Pero sobre todo me desconcertaba el tributo de sus lágrimas, el fervor de su canto. Un día me confesó que esas lágrimas eran causadas por la rebeldía de mi padre, quien, años después, tras una enfermedad que lo puso al borde de la muerte, dejó de beber el resto de su vida. Pero me pregunto, ahora, si mi padre no hubiese sido ese inconforme, ese personaje celoso de su libertad, de su amor por el arte, sus hijos habríamos sido zapateros, abarroteros, feligreses de la vela perpetua.

Charles Mingus

Charles, qué manera la tuya de improvisar la vida, de atacar las notas, de remover las cuerdas e invitar a sumarse al delirio del contrabajo que nunca deja de marcar el ritmo al conjunto. Sabes, cuando comencé me afectaba mucho la crítica, pero poco a poco dejó de importarme. Estoy consciente de que uno hace lo mejor que puede, con el talento que posee. Eso sí, buscando siempre ser mejor. Mis referentes son una centena de genios, Picasso, Rembrandt, Bacon, Saura, Dubuffet, Van Gogh, De Kooning, Goya, Velázquez, Pollock, por citar algunos nombres que me orientan en el trabajo diario. La crítica me sitúa en el expresionismo musical o expresionismo rítmico, y está bien, pero a lo que yo aspiro es a pintar, a pintar la música.

He tenido la osadía de tocar con mucha gente importante como Tino Contreras y Freddy Manzo. Los acompañé en el contrabajo, que no es mi instrumento. Fue porque un amigo mío, guitarrista, iba a escucharlos. Como no había guitarrista ni contrabajista decidieron suspender el concierto. Mi amigo no se atrevió a subir, pero yo me propuse para acompañarlos en el contrabajo. Tino me indicaba las notas, hasta que Freddy, el pianista, le dijo: ya no le digas nada, no sabe música, que toque como sea, tiene oído.

Olivia Revueltas

Queridísima Olivia, conservo en la memoria el día que viniste a mi taller acompañada por el baterista Billy Hart y el saxofonista Armando Pérez. Cuánto agradezco tu amistad y tu delicadeza de mandar, como Juan José Calatayud, a enmarcar todos mis dibujos. Nunca te lo conté pero, durante años, muchos músicos no les dieron valor y los dejaban abandonados en
cualquier sitio.

Contigo toqué más la batería, pero mi instrumento fetiche es el saxofón, el que siempre he deseado dominar. He pintado más saxofones que baterías. Realicé una serie basada en los encuentros con Antonio Sánchez, baterista mexicano. Es el jazzista más importante que ha dado México. Lo vi en Rotterdam en el festival de jazz y lo invité a visitar mi estudio. Le mostré los cuadros dedicados a los bateristas, que son solos ejecutados por los virtuosos de las escobillas, que en realidad son una metáfora de los pinceles. Cuando tocas en la tarola y mueves las escobillas para hacer la sopa te das cuenta de que estás pintando el ritmo. En el argot de los bateristas una escobilla es una brocha. Un solo de brocha es un solo de pintura. He pintado a muchos bateristas y baterías.

Querida Olivia, cuántas veces hablamos de no parecernos a nadie, ni siquiera a nuestros padres. Me tocó vivir una época muy esnob en San Carlos. Todo mundo cargaba un libro raro bajo el brazo e intentaba ser excéntrico para apantallar a los demás. Un principio era ser original a toda costa. Comencé a comprar discos y libros de jazz, pero no sabía mucho del tema. Me comencé a juntar con amigos melómanos que sí sabían mucho de música y estudié con Julio Estrada. Así nació mi idea de pintar el jazz. Varios artistas habían representado escenarios y músicos de jazz, como Jean Dubuffet, Basquiat, Nicolas de Stäel, pero ninguno con la obsesión que yo lo hago: lo mío es pintar el jazz. Cuando nació mi primer hijo convine con mi esposa Nora que debía llevar el nombre del jazz, el amor y el arte. Era el nombre del hijo, pero también del padre, del artista, Jazzamoart: pintor de música, creador con la paleta musical de los sentidos.

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