La sabiduría indígena y José Carlos Mariátegui: centenario de la revista Amauta

- Mario Bravo - Sunday, 08 Nov 2026 00:21 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Este 2026 se cumplen cien años de la primera aparición de Amauta, revista fundada por el escritor, periodista y marxista peruano José Carlos Mariátegui. Por tal motivo, conversamos con el politólogo e intelectual Hernán Ouviña (Lanús, 1977), autor del estudio introductorio del libro José Carlos Mariátegui. Heterodoxia de la tradición y otros escritos, editado por el sello Batalla de Ideas.

 

 

Entrevista con Hernán Ouviña

–¿Por qué se consideró una rara avis a José Carlos Mariátegui dentro de las izquierdas latinoamericanas?

–En aquel entonces gran parte de las izquierdas tenía una visión del mundo y de la realidad latinoamericana centrada en la idea del “progreso” y la Razón occidental, desde coordenadas positivistas y eurocéntricas, confiadas en que la modernidad garantizaría la prosperidad de los pueblos. Mariátegui percibió que ese supuesto “progreso” se parecía demasiado a lo que Rosa Luxemburgo denunciaba como barbarie, ya que desembocó en una guerra mundial, además de implicar lógicas de despojo y colonialismo en los territorios periféricos. Por eso su visión del desarrollo capitalista tendió a ser negativa y de crítica radical. Si bien no desestimó la racionalidad, Mariátegui se abrió a otras formas de conocer y aproximarse a la realidad: la intuición, los sentimientos, los mitos andinos, la emotividad, la sensibilidad artística y la capacidad imaginativa. Así, fue catalogado como romántico, místico y fantasioso, a pesar de que su búsqueda y acercamiento a ese tipo de formas de conocer dialogaban con las cosmovisiones indígenas y campesinas predominantes en los Andes e incluso en otras regiones de América Latina. Él consideraba que una izquierda construida a espaldas de los pueblos indígenas y sus aspiraciones –entre ellas el derecho a la tierra– reproducía los prejuicios eurocéntricos y generaba un desencuentro con las utopías y anhelos de esas comunidades, para quienes logos y mito, razón y pasión, no eran incompatibles.

–¿Qué experiencias adquirió Mariátegui en Europa que contribuyeron a inspirar la creación de la revista Amauta?

–Su arribo a Europa coincidió con lo que Oswald Spengler llamó “la decadencia de Occidente”: un conflicto bélico interimperialista con millones de muertos, la crisis de la democracia liberal, la emergencia del fascismo y la ebullición de las masas, con procesos insurreccionales triunfantes como en Rusia, pero también con levantamientos populares y luchas obreras que no prosperaron en Alemania, Hungría e Italia. Al mismo tiempo, tomó contacto con las principales vanguardias artísticas: el futurismo y el surrealismo, entre otros, y con revistas y periódicos que articulaban virtuosamente disputa cultural y debate político. En Italia se nutrió de experiencias como la del periódico L’Ordine Nuovo, dirigido por Antonio Gramsci, que producía una teoría inmanente al movimiento de los consejos de fábrica durante el “bienio rojo”, plasmando en sus páginas un ideario contracultural y una batalla de ideas en diálogo con los procesos insurreccionales vividos allí y en otras latitudes. En Francia conoció la revista Clarté, impulsada por Henri Barbusse, que articuló una red de intelectuales y escritores comprometidos a nivel mundial con la revolución. Este coctel explosivo lo empujó a pensar en la posibilidad de un proyecto al cual, en un comienzo, bautizó como Vanguardia, y que sintomáticamente renombró como Amauta, que en lengua quechua significa “sabio” o “maestro”.

Cultura, imaginación y esperanza

–¿Cuáles fueron las conexiones entre estética, cultura y pensamiento crítico dentro de Amauta?

–Mariátegui no las concibió como esferas separadas sino convergentes, que debían ligarse orgánicamente para contribuir al nacimiento de una “nueva sensibilidad” y promover un espíritu rebelde y creativo, capaz de superar la miseria intelectual de la sociedad capitalista. Más que en términos de contenidos o de técnicas, caracterizó a la estética (ensayada y encarnada por estas vanguardias) como una actitud y un movimiento de época, cuya obra era producto de la capacidad imaginativa. Afirmó que en lo inverosímil hay, a veces, más verdad y más humanidad que en el pensamiento formal y lógico, o en el realismo clásico, que suele describir a la realidad tal como supuestamente “es”. Para Mariátegui, el conservadurismo y la falta de pensamiento crítico equivalían a una carencia de imaginación, y por lo tanto de esperanza. Por eso en Amauta amplió el campo de lo posible reafirmando lo que definía como “el aspecto fluyente de la vida”, sin caer en la propaganda doctrinaria ni en el esteticismo del arte por el arte. Amauta hizo dialogar en pie de igualdad el arte y la cultura en toda su variedad, cual caleidoscopio. Tomó su fuerza de las utopías andinas y las fantasías del surrealismo, de la dislocación del tiempo y el espacio con respecto a la teoría de la relatividad, de lo visionario del futurismo y de los sueños o deseos inconscientes en vínculo con el psicoanálisis. David Viñas solía decir que toda estética implica una teoría política, y la de Mariátegui se expresó en forma y contenido en cada uno de los números de Amauta.

–¿Cómo comprendió Mariátegui el término
“cultura”?

–Para él, la cultura, lejos de ser un mero “reflejo” de la estructura económica o de tener un rol pasivo en el devenir histórico, cumple un papel fundamental y posee eficacia propia. No solamente expresa una época; también contribuye a crearla, transformarla o perpetuarla. Mariátegui consideraba que la burguesía era fuerte no sólo por detentar el monopolio del capital, sino también porque ejercía un dominio sobre la cultura, a la que definió como “el mejor gendarme del viejo régimen”. Al igual que para Gramsci, la creación de una nueva cultura fue parte inseparable de su proyecto revolucionario.

No es casual que a lo largo de su vida haya impulsado numerosas iniciativas y proyectos para disputar ese terreno y confrontar la cultura dominante de su época: racista, excluyente y restringida a las élites. Lo hizo mediante revistas y periódicos, tertulias e iniciativas de educación popular. Además, para Mariátegui la cultura cumple una función formativa, aportando a la producción de una nueva subjetividad y de seres humanos más íntegros. Incluso movió desde Italia una imprenta de casi cuatro mil kilos para impulsar la edición de libros y montar una librería en Lima. Era crítico tanto del cosmopolitismo desarraigado de las tradiciones culturales autóctonas, como de aquellas visiones que rechazaban de cuajo lo valioso de vanguardias artísticas como el surrealismo.

Un periodismo de ideas

–Amauta publicó una gran cantidad de firmas latinoamericanas y europeas: desde Borges hasta Diego Rivera, Neruda, Vasconcelos, Vallejo y Freud, entre tantos otros. ¿Qué operación intelectual trató de tejer Mariátegui al poner en diálogo voces tan diversas?

–En el editorial del primer número de Amauta, Mariátegui afirmó: “Todo lo humano es nuestro.” Desde el inicio propició un diálogo de saberes, sentires y haceres estético-políticos y literarios, culturales y de las ciencias en general, que incluyera a esas y muchísimas otras plumas. También abrió sus páginas a escritoras brillantes, entre ellas: Gabriela Mistral, Dora Mayer, Miguelina Acosta Cárdenas y María Wiesse. Para él, la igualdad era un punto de partida, no una meta. Logró hacer convivir el ensayo y la poesía, el análisis sociopolítico de la sociedad y el convite de las realidades potenciales que despuntaban por aquellos años en los territorios más insospechados.

–¿Cuáles géneros literarios y periodísticos convivieron en Amauta? ¿Qué importancia tuvo la línea gráfica implementada por José Sabogal?

–Amauta no tenía secciones fijas, buscaba amalgamar en su interior géneros y estilos de lo más diverso, lo cual es una demostración de su apertura ante las diferentes vanguardias y producciones que despuntaban en la década de los años veinte. No se proponía meramente difundir información, sino que el suyo era un periodismo de ideas, en el que mixturaba pensamiento y arte, ensayo interpretativo, experimentación cultural y análisis político. Mariátegui admiraba el surrealismo, no sólo a nivel literario sino integralmente como apuesta vital y expansión del campo de lo posible, fusionando inteligencia e imaginación. Respecto de Sabogal, su impronta fue fundamental tanto en las portadas de la revista como en sus interiores. Mariátegui llegó a decir que sus imágenes engendraban conceptos. Sabogal fue el mayor exponente del indigenismo pictórico en Perú, corriente precursora de la que formó parte Julia Codesido, quien colaboró con varias ilustraciones y portadas de Amauta. Ella diseñó la emblemática portada de la primera edición de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana.

–En 2026, ¿qué aporta Amauta a la lucha de los oprimidos en Latinoamérica?

–Primero, su vocación por rescatar las raíces de lo que Rodolfo Kusch llamó la América Profunda: en particular los pueblos indígenas y las comunidades campesinas, aunque sin desvincularlas de la clase trabajadora de las grandes ciudades y otras luchas emancipatorias, como la estudiantil y la feminista. Mariátegui lo hizo, además, no sólo a partir de una propuesta que aspiraba a su articulación desde abajo, sino contemplando el arte, la educación y la cultura en un sentido integral, generando una estética y una pedagogía original que, por cierto, es profundamente política y disruptiva. Otro aporte fue la difusión de las vanguardias y las corrientes intelectuales y revolucionarias de la época, sin escatimar espacios ni caer en el sectarismo, sin eludir la polémica fraterna. Unidad en la diversidad podría ser una consigna que sintetiza el espíritu de Amauta. Hoy necesitamos revitalizar ese ideario y sentimiento nuestroamericano, continental y hasta internacionalista, vinculándolos con el arraigo territorial y el análisis situado. No basta con denunciar injusticias: debemos hacer visibles y anunciar esos “otros mundos” que anidan en el presente como
utopías concretas.

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