La flor de la palabra / Día de Muertos
- Irma Pineda Santiago - Sunday, 08 Nov 2026 00:31
En varios pueblos indígenas de México, cuando alguien fallece, se coloca su retrato en una mesa o altar que ocupa un espacio importante en las casas. En esas mismas mesas, cuando llega el tiempo de Todos Santos o Día de Muertos, se colocan como ofrendas coloridas frutas, bebidas y alimentos que los difuntos disfrutaban en vida. Asimismo, en algunas culturas se suele acudir en familia a los panteones, donde frente al sepulcro de los seres queridos hay una convivencia simbólica a través de las luces de las velas, la música, el llanto y las risas, porque la muerte entre los mexicanos no es sólo tragedia; es también motivo de fiesta.
Entre finales de octubre y principios de noviembre vemos en las calles y en las casas las calaveritas de azúcar y los panes con los nombres de los familiares fallecidos, abundan las flores de cempasúchil en las mesas o las tumbas que se visitan con la emoción del reencuentro. Entre tanto color y música, olvidamos una realidad que golpea a más de cien mil familias mexicanas: la desaparición de sus seres queridos. Los que no están entre los vivos ni entre los muertos. Los que fueron arrebatados de sus hogares, de sus comunidades, por razones tan diversas como la lucha por la defensa de sus territorios, por detener a gobiernos o empresas que buscaban adueñarse del agua, de los minerales y de los bienes naturales, o porque fueron raptados por los muchos brazos del crimen.
No sabemos con certeza cuántas personas indígenas han sido desaparecidas, no hay elementos para cuantificarlos con precisión. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas sólo informa de veintiún casos. Son algunas organizaciones como Cepiadet (Centro Profesional Indígena de Asesoría, Defensa y Traducción, AC) o la iniciativa Voces del Territorio, las que han intentado establecer una numeralia y han ubicado 102 casos en Oaxaca, dieciocho en Puebla, doce en Chiapas, once en Sonora, siete en Guerrero ‒a los que habría que sumar los nombres de los cuarenta y tres jóvenes estudiantes de Ayotzinapa, pues casi todos provenían de algún pueblo originario‒ y dos en Chihuahua.
Existe en los colectivos de buscadores la certeza de que hay muchas más personas indígenas que han sido desaparecidas y cualquiera que haya sido la causa y quienes sean los perpetradores de la desaparición, para las familias se vuelve complejo cerrar los ciclos de duelo. Este dolor se intensifica en torno a la celebración del Día de Muertos, porque cada año de búsqueda que pasa genera algunos dilemas: ¿se coloca o no una ofrenda para la hermana desaparecida, se pone o no el retrato del hijo desaparecido en el altar para los muertos? ¿Se mantiene la esperanza de que aparezcan con vida o se intenta avanzar considerando que han muerto? Ninguna respuesta es fácil.
Hay temor de colocar los retratos de los desaparecidos en los altares y en las ofrendas a los muertos, porque genera sentimientos de culpa, pues se simboliza así que se ha perdido toda esperanza, cuando la primera promesa que se le hace a los desaparecidos es buscarlos hasta encontrarlos vivos. Pero seguir esperándolos en una familia que parece no poder avanzar, porque carga la ilusión de que un día su ser querido regresará a casa y conforme pasa el tiempo esa ilusión se vuelve una pesada piedra que detiene el tiempo, mientras la familia crece, fallecen los abuelos, los padres, los hermanos, esa ilusión-piedra se va heredando como algo que las nuevas generaciones tienen que seguir cargando. Así vemos a nietos seguir buscando a abuelas o abuelos que nunca conocieron y con los mismos dilemas cuando llega el Día de Muertos. ¿Se asume la desaparición como una posible muerte y se coloca el retrato en el altar de los muertos para ponerles ofrendas en Todos Santos? ¿Se ignora el altar de las ofrendas y se sigue buscando y esperando el retorno a casa
de la persona desaparecida? Estas preguntas nos recuerdan que los Día de Muertos seguirán siendo para reír y para llorar.