Guerra y paz: paradojas de la tecnología
- Estefanía Ciro* - Sunday, 08 Nov 2026 00:19
Dos fotografías. La primera es de la toma de posesión de Donald Trump acompañado de Elon Musk (Tesla), Mark Zuckerberg (Meta) y Sundar Pichai (Google); detrás de estas tecnoélites están Kashyap Kash Patel, que sería director del FBI; John Ratcliffe, director de la CIA y Peter Brian Hegseth, futuro secretario de Guerra de Estados Unidos. La segunda fotografía es de una larga y elegante mesa llena de invitados en algún castillo del Reino Unido, donde estuvieron presentes también Tim Cook (Apple)
y Jensen Huang (Nvidia). Un año después, la guerra en Irán, la expansión violenta de Estados Unidos en América y los últimos anuncios sobre la Inteligencia Artificial (IA) nos permiten ver con más claridad lo que representaban esas dos fotos en el escenario de incertidumbre y riesgo humano. En el futuro, añoremos, estas imágenes serán una fuente histórica para vastos análisis sobre una relación entre Estados, élites y guerras o, como la revista Foreign Affairs tituló en septiembre de 2025: “The Weaponized World Economy.”
Desde otro punto geográfico, El Vaticano ha logrado una importante intermediación. La encíclica 239 del papa León XIV, Magnifica Humanitas, “sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial” expone dos características de la IA: la ambigüedad del artefacto, es decir, en la misma forma que puede curar y cuidar, también puede destruir; y segundo, que la IA “toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”. El papa León XIV reconoce esta dualidad cuando afirma que “ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando se orientan hacia el bien”. Hoy, sin embargo, nos encontramos ante una situación en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones públicas e inciden profundamente en el imaginario colectivo. El Vaticano ha hecho un esfuerzo genuino en pensar la IA para la paz; por ejemplo, recientemente
en Roma, la Universidad de la Paz de las Naciones Unidas, la Academia Pontificia para la Vida y la Universidad Pontificia Laterana convocaron la conferencia global IAforPeace. El llamado del papa, “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma”, nos mueve a advertir que este no es un campo homogéneo donde el poder se reparte igual. ¿Quién tiene el poder sobre la humanidad? ¿Es posible promover una tecnología para la paz?
Un ejemplo de esta paradoja es la bomba atómica, cuya creación fue producto de la mezcla entre los avances más importantes del siglo XX, el átomo y una carrera tecnológica armamentística que no tuvo freno, y resultó en el ataque sobre Hiroshima y Nagasaki de Estados Unidos terminada la segunda guerra mundial. La ciencia apareció como una locomotora voluntaria y decididamente imparable, enredada entre estrategias de guerra y paz.
La república tecnológica
Herederos actuales que somos de la guerra en Ucrania, las discusiones actuales sobre armas nos muestran esta tensión; en septiembre de 2026 se realizó la reunión del Grupo de Expertos Gubernamentales de la ONU sobre los Sistemas de Armas Autónomas Letales (SALA) en la convención sobre ciertas armas convencionales en la que se discutía el uso de máquinas autónomas, robots o drones, en el ataque a seres humanos, es decir, la capacidad de la máquina para decidir a quién asesinar sin intermediación humana. El documento acordado, que intentó poner una suerte de tímidos controles, no es vinculante.
¿Quién tendría el criterio de discernimiento, como lo llama el papa León XIV? ¿Quién detenta el poder de ese acelerador o freno? Es preciso pensar que el Estado y las élites –y los campos de disputa u organicidad entre ambos–, y los intereses y discursos que imponen estas nuevas élites. Un ejemplo es el libro de pretensión filosófica divulgativa La República Tecnológica, de Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, fundador y director científico de Palantir, que da pistas preocupantes del tipo de Estado que quieren crear.
Un primer asunto es el quiebre con las tradicionales élites tecnológicas entre el sector Palantir con Silicon Valley (SV), a quienes los primeros llegan al punto de acusar de “disonancia cognitiva”, de entretenerse en reproducir estrategias de consumo y no de otros desafíos urgentes, como la defensa nacional. En el libro acusan directamente a SV de su falta de articulación con el proyecto imperial estadunidense en el enfrentamiento multipolar, expuesto así:
Uno de los retos mas importantes a los que nos enfrentamos en este país es garantizar que el departamento de defensa de EEUU pase a ser una institución concebida para librar y ganar guerras cinéticas a una organización que pueda diseñar, construir y adquirir armamento de IA, los enjambres de drones no tripulados y los robots que dominaran el campo de batalla del futuro.
La nueva era posliberal
Esta enunciación no es casual, comprendiendo la relación del Estado estadounidense con el surgimiento de las élites tecnológicas que se ha dado en los últimos años, desde la base de la reproducción del avance en conocimiento tanto de Palantir como del sistema de empresas de Elon Musk. Un buen ejemplo es la guerra contra el terrorismo como una etapa del nuevo escalón en el aparato industrial militar que impulsó el surgimiento de dos compañías: Palantir y SpaceX. Ambas historias están estrechamente conectadas con los intereses de Donald Rumsfeld en el gobierno de George Bush hijo, quien impuso el cambio estratégico y doctrinal en la guerra para invertir ingentes recursos públicos en el sector privado y aumentar el número de contratistas externos. Esto redundó en ofrecer acceso a base de datos gubernamentales –por ejemplo las cartográficas– a compañías de Peter Thiel y Elon Musk, con el fin de desarrollar mejores armas, ambos en competencia con corporaciones como Lockheed Martin, Dyncorp y Booz Allen Hamilton, emblemáticas del modelo industrial armamentístico anterior. Por ejemplo, en el libro Muskismo: Elon Musk y la nueva era posliberal, de Quinn Slobodian y Ben Tarnoff, se explica que Thiel fue clave en la construcción de un sistema de identificación de artefactos explosivos enemigos en Afganistán gracias a que se le cedió el uso de mapas gubernamentales, y su principal socio fue In/Q, una empresa de capital de riesgo fundada por la CIA una década atrás, que serviría para perseguir enemigos de Estados Unidos. Gracias a esto construyó un sistema de inteligencia para definir rutas seguras por donde cruzaría el ejército invasor en ese país.
Más que antiEstado, su fuerza se la deben a Elon Musk, quien lo ha advertido en varias oportunidades: el objetivo no era eludir el Estado sino insertarse en él y usar “sus garantías” –léase presupuesto y tecnología/información privilegiada. Por eso contrató con la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa del Pentágono, DARPA, la cual le otorgó ocho millones de dólares en 2004. Al año siguiente recibió 100 millones por parte de la Fuerza Aérea.
La República de los Tecnotitanes
Con apoyo del Partido Demócrata, Musk tuvo a bien aliarse en la lucha contra los combustibles fósiles, aunque no pensando en el cambio climático sino argumentando que las guerras se ganaban si se liberaban del yugo del precio de la gasolina. De esta forma fundó TESLA y su sistema de empresas como una alternativa de “tecnologías límpias”, el cual obtuvo 465 millones de dólares en 2009 del gobierno de Obama, coincidentemente tras la crisis económica de 2008. Más allá de estos detalles lo anterior significó que, por un lado, la relación con el Estado fue estrecha, y primó una nueva relación de codependencia, otras formas de contratación y, al final, una nueva forma de “fusionar países y empresas”.
Estas dos transformaciones tecnológicas del aparato militar industrial de Estados Unidos tuvieron como eje el triunvirato Estado-élites-guerra, lo cual es reconocido por los CEOs de los tecnotitanes, en su propuesta de fundar una nueva república, la “república tecnológica”, forjadora de la creatividad destructora, soportada en un discurso identitario estatista para “reconstruir la nación”, recuperar el “proyecto nacional estadunidense”, y crear formas “amplias de identidad colectiva”, expresando una fuerte crítica a Occidente por haber rechazado un “sentido de unidad”, priorizando la tolerancia y el multiculturalismo y reconociendo la competencia con China.
Soberanías en venta
Aunque haya disputas internas de estas élites tecnológicas, eso no significa que como clase
no tengan intereses y constreñimientos comunes. El actual debate y desenlace tras la divulgación de la carta de Dario Amodei acerca del freno al avance incontrolado de la experimentación y entrenamiento de la Inteligencia Artificial es una prueba de ello. Todas comparten que encontraron en el nicho del Estado una forma de reproducir la acumulación monopólica que les permitió imponer precios, capturar mercados y, como el propio Thiel afirmaba, “el objetivo era ganarse un monopolio”, convertirse en un proveedor monopolista y ofrecer “la soberanía como servicio”, paradójicamente una nación por producir y vender.
Estudiando el fascismo, en su texto “Algunas implicaciones sociales de la tecnología moderna”, Herbert Marcuse acuñó el concepto de “tecnocracia terrorista”, y argumentó que no era un fenómeno excepcional reflejo de una guerra económica; al contrario, “es mas bien el estado normal del ordenamiento nacionalsocialista del proceso económico y social, y la tecnología es uno de los principales estímulos de este ordenamiento”. La añoranza por la república tecnológica, la competencia con China por los semiconductores y la IA, la instauración violenta de la retaguardia energética y material en América Latina a partir de la toma de los Estados latinoamericanos, son formas de ordenar los procesos económicos y el modo de operar capitalista que los sustenta, y siempre han estado allí, latentes. En una entrevista que le hace Habermas a Marcuse –publicada por Douglas Kellner en su texto “Tecnología, guerra y fascismo: Marcuse en los años cuarenta”– le pregunta por el impacto del proceso de desnazificación del que el último formó parte y Marcuse respondió: “Aquellos a quienes pusimos en la lista en primer lugar como ‘criminales de guerra económicos’ fueron rápidamente colocados otra vez en sus puestos decisivos de responsabilidad en la economía alemana”.
Así, nos enfrentamos a la paradoja de la tecnología; si la guerra por medio de los Estados ha apuntalado las revoluciones tecnológicas, ¿qué significa crear tecnología para la paz?