Cinexcusas / Morelia 24 (III y última)
- Luis Tovar @luistovars - Sunday, 08 Nov 2026 00:26
En teatro es imposible numerar las puestas en escena y en cine deben ser bastante numerosas las adaptaciones de Hamlet, pero respecto de lo último es preciso considerar tres insoslayables: la clásica y para muchos insuperable dirigida y protagonizada por Laurence Olivier, de 1948; la de Kenneth Branagh, asimismo dirigida y protagonizada por él hace tres décadas exactas, al parecer la única que cuenta con el texto íntegro de Shakespeare, y Hamlet at Elsinore, dirigida por Philip Saville en 1964, con Christopher Plummer, Robert Shaw y Michael Caine al frente del reparto. Puede usted olvidar la versión rusa, también de 1964, dirigida por Grigory Kozintzev, y hará muy bien si soslaya la cosa horrenda que Franco Zeffirelli perpetró en 1990, con Mel Gibson y Helena Bonham Carter haciendo gala de
insuficiencia.
Lo demás es silencio...
A las tres primeras se suma Elsinore (2026), de Simon Stone, dramaturgo, actor y director de escena suizo pero educado y crecido en Australia e Inglaterra, que lo mismo ha montado obras de Chéjov que, entre muchos otros, de Eurípides, Séneca, García Lorca, Ibsen y, por supuesto, Shakespeare, a quien comenzó a leer desde que era un adolescente ya decidido a convertirse en actor.
Que Stone conozca a fondo el universo teatral y las complejidades del arte histriónico se antoja indispensable para que haya dirigido con definitiva maestría el guión de Stephen Beresford, a su vez actor y guionista, en el que se lleva a la ficción la historia real de Ian Charleson, actor británico que murió en 1990, a los cuarenta años de edad, a consecuencia del sida. Protagonizada por Andrew Scott –actor irlandés que hace veintiún años recibió el Premio Laurence Olivier–, Elsinore comienza cuando Charleson es invitado a sustituir a Daniel Day-Lewis en el papel principal del montaje de Hamlet que el Teatro Nacional de Londres está llevando a cabo. Cansado de que la gente lo recuerde casi exclusivamente por su participación en la muy célebre y premiada Carros de fuego (Hugh Hudson, 1981), luego de formar parte del elenco de Hamlet, príncipe de Dinamarca para la televisión un año antes –dato que, por cierto, se soslaya en Elsinore–, extraviado en el casi anonimato de cintas entre mediocres, olvidables y lamentables, alejado de los escenarios durante años, Charleson acepta desde luego encabezar el reparto de la puesta en escena, por todo lo que significa: desprenderse de la sombra vieja del papel memorable, recuperar su sitio en la compañía de teatro más relevante del mundo y, encima, hacerlo con el que es unánimemente considerado el personaje más complejo de cuantos existen para ser encarnado: el joven príncipe que debe vengar el asesinato de su padre.
Sólo que hay un inconveniente: Charleson tiene sida, son los años ochenta y los tratamientos contra la enfermedad son incipientes e inciertos. El director de la puesta en escena se la juega con él y, entonces, la trama de Elsinore consiste en asistir a la preparación y los ensayos, demandantes en extremo, extenuantes para cualquiera, potencialmente letales para Charleson, que simultáneamente recibe atención médica. Hacia el final se muestran breves pero muy significativos fragmentos de Hamlet frente a un público que ignora la condición física del actor, y Stone rubrica su filme con el dato preciso de las puestas en escena, necesariamente escasas, en las que Charleson consiguió torcerle la mano al destino.
Como es evidente por lo antedicho, a diferencia de sus antecesoras Elsinore no cuenta en realidad la historia de Hamlet –abreviada como la de Olivier, extensa como la de Branagh–, sino la de un actor que en la realidad, a la manera del proverbial canto del cisne, convocó todo su talento y su sensibilidad, y consagró sus últimas fuerzas a encarnar, en un escenario insuperable, a ese personaje después del cual para un actor no hay más, coincidiendo con el celebrísimo último parlamento del príncipe: lo demás es silencio.