Ana Casas Broda, Premio al Mérito Fotográfico 2026
- José María Espinasa - Sunday, 08 Nov 2026 00:24
Cuando se reflexiona sobre la cultura se suele decir que no la hay de verdad si no está en crisis: es su condición permanente. A la vez, día a día, los que viven esa cultura se sorprenden de lo que produce, precisamente por esa crisis que la mantiene saludable. Llegar a un café de barrio y encontrarse con una revista que hace algún iluso en busca de lectores, y encontrar en ella un cuento notable de un nombre desconocido. Se diría que esa agnóstica cultura pavimenta su camino con milagros. Por ejemplo, los aficionados casuales a la fotografía, como soy yo, no dejamos de entusiasmarnos con ese arte de la lente que nos ha dado a Manuel Álvarez Bravo y a Graciela Iturbide, a Flor Garduño y a Mariana Yampolsky.
Hace años, al presentar una exposición en el Museo de Ciudad de México, me entusiasmó la fotografía de Ana Casas Broda. Hoy que, junto a Gilberto Chen, otro notable fotógrafo, recibe el Premio al Mérito Fotográfico 2026, regreso a la profunda impresión –esa palabra tan fotográfica– que me produjo una manera tan directa y tan intensa de relacionarse a través de la lente con el propio cuerpo.
No es sin embargo de su labor como fotógrafa que quiero ocuparme ahora, sino de su labor como editora de fotografía. Con mucha frecuencia recibo en mi correo electrónico los avisos que anuncian la aparición de una nueva publicación de Hydra-fotografía, el proyecto docente y editorial que ella impulsa. Fue, también, con motivo de la exposición mencionada líneas arriba que visité y conocí, aunque el proyecto llevaba ya varios años, la escuela-taller donde tiene su sede. Me dejó asombrado: no sólo que un proyecto independiente sobreviviera publicando con frecuencia, sino el concepto mismo de los libros, tan alejados del libro de adorno, tan en el mejor sentido de la palabra, experimentales. Uno cae en la equivocación de creer que los libros de fotografía requieren el gran formato y buena calidad de impresión, cosa que uno agradece; por eso nos sorprendemos, yo al menos, al estar ante estos libros que responden a otra exigencia, pero que en su condición experimental y artesanal comunican otra sensación, otra vivencia, de lo fotográfico. El nombre mismo de la editorial me sorprendió, no cuadraba el tono del taller con el monstruo mitológico, pero lo entendí mejor cuando vi otra de sus acepciones que uno suele olvidar: “pequeños animales acuáticos de agua dulce pertenecientes a los hidrozoos, conocidos por su gran capacidad de regeneración.” Sí, el nombre describe lo que hacen a la perfección. Otra virtud del proyecto es que su vocación de editora hace hincapié en lo que llamamos fotolibros, todo un género editorial, con sus virtudes, sus peligros y sus riesgos.
Me intriga, además, su capacidad de sobrevivencia. Me han dicho que las escuelas de foto suelen tener éxito económico, y supongo que eso sostiene el carácter experimental de Hydra como sello editorial. Supongo también que hay un público que los compra y colecciona, si no masivo sí constante, pero aun así su existencia me parece uno de esos milagros que mencioné al principio. Pero, claro, sobre todo es la constancia de sus impulsores, además de Ana, Gabriela González Reyes, Gerardo Montiel Klint y Lourdes Báez Meza, según veo en su página web. Al tomar en mis manos algunas de sus publicaciones me asalta una inquietud: tienen algo de efímeras. ¿Habrá una biblioteca que las tenga, por ejemplo, la del Museo de Arte Moderno o la de Antropología? ¿Cómo podría un investigador que quisiera reconstruir su historia hacerlo? Los tirajes son pequeños y supongo que, como los editores literarios, no se suele tener la disciplina de guardar colecciones completas. ¿Se podría hacer una muestra de todas ellas? Hydra está cumpliendo doce años de edad.
En cierto momento pensé que la materialidad de esos libros, tan física en un sentido corporal, se relacionaba con la propia obra de Ana con relación al cuerpo. Ella dijo al recibir el premio que su interés en la fotografía nació cuando en la escuela –la actual Facultad de Arte y Diseño (FAD)– arruinaron su gusto por el dibujo. Y el dibujo tiene, desde luego, un alto grado de corporalidad, como se puede apreciar en los calígrafos árabes y orientales, o incluso en aquellos que todavía escribimos a mano. Los libros que hace, si bien tienen un sesgo artesanal no prescinden, al contrario, de las herramientas que la modernidad técnica pone a su alcance. Vuelvo al principio: esa notable tradición fotográfica mexicana se concreta en proyectos como el Centro de la Imagen, el Museo Archivo de la Fotografía, las revistas Luna Córnea y Alquimia y la Fototeca de Pachuca, pero también, en el otro extremo del abanico, en proyectos como Hydra. Estos últimos resisten mucho mejor a esa crisis, que ya señalamos como permanente y congénita, de las expresiones culturales. En la cultura y el arte lo insólito es lo cotidiano: este es el título de una exposición de la fotógrafa Kati Horna que actualmente se puede ver en el Palacio de Bellas Artes. Un verdadero banquete visual, no se la pierda.