Skatofilia en Tláhuac o el baile de un difunto
- José Luna* - Sunday, 01 Nov 2026 00:07
Faltan pocas horas para que la banda cumpleañera suba al escenario, pero eso no impide que la gente ande hasta la madre desde temprano. El grupo en turno comienza a tocar y los empujones se hacen presentes. La primera canción es como un putazo en la cara porque hace moverse a todos. Hacen una pausa para reajustar el sonido. El vocalista revisa el micrófono y un chico de playera verde con rayas aprovecha para subir al escenario y se lo arrebata. La ausencia de música alebresta las rechiflas y las mentadas de madre. Pero el desconocido exclama: ¡Chupo colas! Parece que la gente olvida la interrupción porque todos se cagan de risa. El desmadre se reanuda y el simpático joven se lanza del escenario directo a los empujones.
Skatofilia celebra un aniversario más. Desde hace once años hacen mover a la gente con su sonido skacore. Para ello, la calle del Coral esquina con Pulpo en la colonia del Mar, acá en Tláhuac, es el escenario idóneo para que varias bandas con riffs distorsionados llenen de energía a la fanaticada con metrallas de la batería al estilo de punk, ska y hardcore. Y para no perder la costumbre, una carpa blanca bloquea la calle como en la alcaldía vecina de Iztapalapa.
Mientras el círculo de la terapia de golpes fluye lleno de intensidad, el chico que chupa colas está parado con una caguama en una mano y en la otra una botella roja. ¿Será salsa o catsup? Lo más seguro es que los comensales que compren tacos en la esquina del toquín no tendrán aderezos para bajarse la peda. El ritmo de las guitarras aumenta y el movimiento de la gente se expande. El chico, con las manos ocupadas, se mete al círculo, la caguama cae al suelo y se forma un gran charco de cerveza donde la gente baila. Las quejas y los lamentos se escuchan en coro. Sin embargo, parece que el percance lo toma como una celebración porque festeja derramando el líquido rojo por los aires. La distorsión de las guitarras cruje en las bocinas, algunas chicas se quejan porque les arden los ojos. Ahora el suelo está mezclado con salsa y cerveza. Pero parece que a la gente ya se le olvidó la gracia de hace rato porque lo toman del cuello de la playera, lo zarandean, le dan su dosis de mazapanes y lo mandan para afuera.
La coreografía de los chingadazos
En esta noche se lleva a cabo el festival de música Corona Capital con un costo de más de dos mil pesos por día la entrada; acá el toquín es más incluyente, es de a grapa con la modalidad de servicio de caguama en la tienda de la esquina o la casa de junto, que está a unos pasos del escenario con chela y baño al público. Aunque en el festival que se lleva a cabo en el Autódromo Hermanos Rodríguez tiene bandas que mastican el inglés, acá se tiene esa terapia llena de energía de una banda en vivo con una niebla espesa de pura marihuana tocando a unos metros de los espectadores.
Aunque una masa de cuerpos danzan en un
círculo armónico, parece que el ritual de los chingadazos es subjetivo. Desconocidos que enfilan sus codos para empujar o para protegerse son parte de la coreografía con el objetivo de la felicidad. Para otros, como si fuera futbol, las piernas son su instrumento de contacto. Y están los que se tiran al asfalto, como una jerga que limpia el piso, con la sensación de los pisotones y los raspones del suelo. Pero eso no es distinto a otros bailes porque cumplen con el objetivo: integración. Y para que este baile de cuerpos sólidos o semicuajados que escurren de calor rebotando dentro de la danza marche en armonía, son necesarios los otros, porque esto no funcionaria con una persona. Ya dentro de la congregación se puede hacer solo, acompañado, abrazados tirando patadas como si de derrumbar un muro se tratara. También están los que se meten con pareja. Hay algunos hombres que no son capaces de entender que las mujeres son independientes y bailan pegados para protegerlas, llegando a confrontarse con otros hombres porque las empujan. Dentro de toda esta vorágine de putazos está el trombonista de la banda Skatofilia, Kevin, con un caja que apretuja contra su pecho y se lanza en un vals al contacto con las otras bolsas de sangre.
Las cenizas del músico también bailan
Sobrevivir de la música rock en México puede ser una actividad poco rentable económicamente. Sin embargo, vivir de las experiencias que te
da estar en una banda que influye en la energía de los escuchas es algo que pocas personas pueden gozar en la existencia. Porque la música en vivo acompañada de estruendosas melodías distorsionadas es una de las sensaciones más placenteras de esta era moderna. Es por esto que muchas personas de diversas zonas de la ciudad se reúnen cada año, para convivir unos con otros con el objetivo de sentirse vivo a partir de la música en directo.
Parece que armar una tocada callejera es parte del ecosistema de la zona de Tláhuac. Aunque haya baños portátiles y otros dentro de la casa que son aprovechados por las mujeres, los hombres llegan a la esquina y orinan en las bardas, postes, árboles o lo que sea. Es muy posible que las calles apesten a orines al otro día, pero supongo que eso no le incomoda al señor de la tienda de la esquina que dijo que no iba a cerrar hasta que se acabara la tocada. Lo más seguro es que el evento musical reditúa de alguna forma a los vecinos de este desmadre organizado.
Como el evento es bien democrático, la gente llega con su estupefacientes preferidos sin ninguna prohibición. La carpa es un cubo de lona cerrado, no tiene ventilación y eso impide que el aire se mueva. Abajo, el piso huele a cerveza agria, arriba una nube densa de mota nubla el escenario. Todo ese hedor no incomoda a una señora que está pegada al bafle, con una máscara de cerdo sobre su cabeza que resalta en toda esta gente tatuada, rapada y con vestimentas de color negro.
El baile está más vivo conforme se acerca la medianoche y toca el turno de la banda principal. La caja de madera anda en medio del desmadre, sobresale entre todos porque dos manos la levantan. Un hombre se acerca y abraza al trompetista junto con la caja. Ambos, hombre y caja, valsan entre putazos como una pareja buscando coincidir en ese momento donde el dolor y el ritmo de las guitarras nos recuerdan el placer de existir. En uno de los lados hay una foto en blanco y negro de un hombre con lentes. Ahí adentro habita un hombre. Se dice que somos polvo y en polvo nos convertiremos, pero acá, esta noche, hay un músico hecho cenizas. Parece una hermosa forma de celebrar la muerte, bailando entre amigos, alcohol, droga y empujones. Doser era un miembro de la banda. Hoy no llegó al onceavo aniversario por esos detalles que se hacen llamar excesos. Su madre y parte de la familia del difunto están aquí, esperando el último bailoteo con sus amigos. Ella dice que amaba la caña. Todo el tiempo andaba con la caña. La decisión de salvar su vida en el anexo resultó todo lo contrario, porque cuando se cortó el suministro alcohólico de golpe el cuerpo no aguantó y murió.
Skatofilia está en el templete, toda la agrupación reunida y en el centro; Doser, el difunto, ve a la fanaticada celebrar la vida frente del escenario. El golpe de las guitarras y los metales llena el lugar de una atmósfera intensa. Desde sus primeras canciones toda la gente se mueve. El slam es más intenso. Hasta se percibe que la lona blanca transpira. La madriza pactada en círculo pasa rápido por la magnitud de las canciones. Hasta los que no se quieren mover les toca la ola de adrenalina. La banda anuncia la última canción, pero la gente no se angustia porque acaba el desmadre, más bien, se preocupan porque saben que ya no habrá suministros alcohólicos.
En la tienda hay fila. Hombres, mujeres con mohicanas y pelos teñidos aguardan de forma ordenada las caguamas. Ya no hay chelas frías, anuncian, pero la adicción es mayor que la exquisitez del sabor y se pagan dos caguamas al tiempo. Mientras entregan las Victorias se escucha a media calle a una mujer gritando: ¡Ya deja de chingar! ¿Me estaba agarrando las nalgas o algo así? En ese momento varios hombres se abalanzan y golpean a un hombre que ahora está en el piso. La madriza es breve y rápida, como las canciones punk. El chico se levanta semidesnudo, se detiene a recoger su playera verde con rayas, se aleja solo entre las calles. Reconocemos la playera: era el chupacolas.
A unos metros de esta esquina unos celebran un aniversario, otros recuerdan a una persona que dejó de existir hace poco tiempo y otros recuerdan que están vivos por la adrenalina que provoca una putiza por andar de faltoso.
*José Luna es licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. También cronista y reportero, ejerce el fotoperiodismo desde 2008. Ha publicado en revistas de España, Austria y Estados Unidos. En México ha colaborado para la Secretaria de Cultura CDMX, Letra S, Proceso, Perro Crónico, Tierra Adentro, Prensa Internacional, entre otros. Actualmente colabora para Prensa Internacional y realiza proyectos culturales en la Secretaría de Cultura federal.