Hipólito y el Odiseo de Nolan, o el edificante mundo griego
- Alejandro Anaya Rosas - Sunday, 01 Nov 2026 00:00
El hiperbólico lapso entre el viaje de Odiseo a la guerra de Troya y su regreso a Ítaca, la vuelta a casa tras veinte años de ausencia, fue el pretexto para que todo el mundo opinara sobre el séptimo arte, ello debido a la versión de la Odisea que el director de cine Christopher Nolan llevó a la pantalla grande. Y, en tiempos donde la sociedad le da la espalda al valor y el gusto por la literatura, no podemos dejar de agradecerle a Nolan haber traído de vuelta el interés por el bardo de la antigua Grecia: Homero y sus epopeyas monumentales.
En un ejemplo de lo mencionado líneas arriba, y que podemos encontrar en un podcast titulado “¿Hollywood woke? La Odisea y la controversial adaptación de Nolan”, escuchamos una lúcida charla entre Nicolás Alvarado y Aurora Cano. Allí, la conocedora de la literatura griega censura aspectos de la versión hollywoodense de la Odisea; luego, casi al final del programa, el exdirector de TV-UNAM lanza una pregunta: “¿Sabes en qué lugar de ventas está La Odisea en Amazon?”, y él mismo responde: “En el cinco”… Seamos prudentes con este celebrable dato ya que, si ampliamos la visión sobre la lectura de Homero en el siglo XXI, o nos ceñimos a lo que ocurre en la gran mayoría de escuelas, en muchas universidades y editoriales, con respecto a los clásicos literarios –no sólo los griegos–, terminaremos en la lona, inconscientes por el brutal golpe de realidad. Quede como ejemplo la reciente desaparición de una editorial paradigmática de nuestro país, Era, cosa irónica, en épocas de “ventas récord de clásicos”.
Quisimos esperar a que la efervescencia de la Odisea “nolaniana” se fuese aplacando para redactar este artículo, cuyo motivo brota también de la pantalla y, de igual modo, tiene relación con un poeta de la Hélade: hablamos del azoramiento suscitado tras la aparición de Adolescence, serie producida por Netflix en 2025; pues nos evocó una de las tragedias de Eurípides, Hipólito, la cual, dicho sea de paso, se halla en las cumbres del género, por los temas y por la belleza expresiva que el escritor vierte en su texto. Vayamos al asunto.
Hipólito en el siglo XX
Eurípides, acusado de misoginia –falta cuestionable debido al contexto en que vivió–, lejos está del agravio a la mujer en las diecinueve tragedias de su autoría que han llegado a nosotros. En los prólogos que Ángel María Garibay escribe para Porrúa, con motivo de introducirnos a la lectura de los tres gigantes de la tragedia griega, hay aclaraciones con respecto al cargo de “misoginismo” (tomo de él este vocablo) que ha pesado sobre la figura de Eurípides, acusación atribuida a otro heleno: “Fue Aristófanes quien dio pábulo a esa concepción.” Aunque, por principio de cuentas, no podemos medir con la misma vara la visión del mundo que poseían los contemporáneos de Aristófanes o de Eurípides; por otro lado, como lectores, sí podemos dar fe –y cito de nuevo a Ángel María Garibay, ya que muy bien lo refiere– de que “No es enemigo de la mujer el poeta [Eurípides]. Es el mayor enaltecedor de sus múltiples aspectos.” Y como si las palabras anteriores no fueran suficiente para eximir al heleno, más adelante, en su prólogo a Las diecinueve tragedias, escribe: “Bella y honda es la concepción de las mujeres en Eurípides.” Vayamos ahora al Hipólito que la UNAM, en su colección de clásicos grecolatinos, Bibliotheca Scriptorvm Greacorvm et Romanorvm Mexicana, ofrece al público en versión de Rubén Bonifaz Nuño. El poeta mexicano, en el ocaso del pasado siglo, cree que la lectura de Hipólito es susceptible de una interpretación misógina, y escribe lo siguiente: “esta tragedia de Eurípides, en mucho monstruosamente antifeminista”. Empero, en su descargo –lo citamos para no tergiversar su enfoque–, refiere lo siguiente, tanto de las situaciones, como de los móviles que las guían: “No intento explicarlos como lo hubiera hecho un espectador griego del siglo V aC […], sino del modo propio de un lector mexicano de fines del siglo XX.”
Ya se ofrecen, hasta aquí, pistas sobre el porqué relacionamos la serie de Netflix, Adolescence, con la tragedia de Eurípides; el argumento nos aclarará más el panorama: Hipólito es hijo bastardo de Antíope, una amazona, y del héroe griego Teseo, quien está casado con Fedra, enajenada por la diosa Afrodita, quien, en venganza tras no recibir adoración por parte de Hipólito, empuja a Fedra al deseo sensual del hijastro. Sucede que el hijo de Teseo rinde tributo a otra diosa: Artemisa, quien representa la castidad, por ello Hipólito intenta vivir en una suerte de celibato, lejos de los
placeres que el género femenino le puede
brindar, abocado a los ejercicios de la caza. El distanciamiento del hombre y la mujer, la inquina que una persona del sexo masculino manifiesta hacia el género femenino, es donde convergen el presente y el Hipólito de Eurípides: lo leemos en su tragedia y lo retrata Adolescence, aunque
por el momento omitiremos las causas de
tal rechazo.
Ahora bien, aunque ambas obras contienen una realidad geográfica, social e histórica harto diferente, lo que sacude al receptor es la profunda y compleja conducta humana, en Adolescence y en los héroes griegos de Eurípides, y que, en el último caso, aun sus mismos dioses detentan. Con ello, el suceder histórico –importante, por lo demás– es relegado a un segundo plano, a un escenario donde el proceder de los protagonistas deviene en tragedia: este es el quid. Así, en Hipólito, las circunstancias morales, religiosas, las virtudes de éste, rebasan con creces la perspectiva meramente estética y, sin llegar a ser moralizante, como tampoco lo es la serie de Netflix, comparte agudas experiencias con otros personajes que, a su vez, pueden representar a muchos individuos de sociedades dispersas en el tiempo y el espacio geográfico; como en el presente, quizá, algunos hombres de la denominada “manósfera” o “machosfera”, grupo que integra a los jóvenes llamados incels.
Rechazo y aislamiento del
género opuesto
Ahora, una indagación sobre las causas que empujan a ciertos individuos a colarse en el mundo de los autodenominados incels, aquellos hombres que de manera forzada –involuntaria– se entregan al celibato, me aclaró que el Hipólito de Eurípides no era tan afín a Jamie Miller, quien representa un incel dentro de la serie Adolescence. El protagonista de la tragedia, más bien, comulga con otra comunidad de las que componen la manósfera: el grupo de los MGTOW (por sus siglas en inglés: Men Going Their Own Way, es decir, hombres que siguen su propio camino), quienes eligen el distanciamiento de la mujer, pues juzgan, grosso modo, que la convivencia con el género femenino no aporta ventaja alguna, sino todo lo contrario. Algo nos queda claro, entonces: Hipólitos han existido a lo largo de la historia, desde
los griegos hasta el presente, hombres
que de manera “voluntaria” deciden alejarse de las mujeres –quede entendido que el celibato religioso no entra en dicha demarcación–; y esto a muchas personas –aquí otro tema debatible y que, igualmente, es parte del quid– les parece contra natura. Así, al analizar Bonifaz Nuño el comportamiento de Hipólito, y sobre la base de sus amplios conocimientos de los griegos, refiere que: “La conducta del hombre griego […] está determinada por la sensualidad, que lo subordina al placer que el cuerpo femenino tiene el poder de otorgar.”
Suponemos, pues, que retratar las conductas incompatibles con la naturaleza de un hombre griego requería un epílogo trágico, un devenir funesto que aleccionara a los hombres para no apartarse de su esencia. Cito de nueva cuenta al poeta mexicano: “en la naturaleza del pueblo griego, hay un elemento que llega a ser distintivo entre todos; su sensualidad, su admiración, veneración casi, por el cuerpo humano”.
Preguntémonos si acaso dicha admiración por el cuerpo humano se ha perdido. Queremos creer que no es así; es obvio que ciertos aspectos de la vida han cambiado, pero no las cualidades esenciales que conforman al hombre, heredadas desde generaciones pretéritas, aquellas inherencias que subyacen en lo profundo de las personas y que asoman cuando es necesario, a veces en forma de preguntas que nos atraviesan el alma como una saeta, a veces como instinto. El arte lo ha retratado, lo sigue y seguirá haciendo. Aquí otra pregunta: ¿tenemos que arribar a desenlaces trágicos por el rechazo del género opuesto? Retomando el contexto de la pantalla grande recordemos, por citar un ejemplo, que en ese filme monumental Lo que el viento se llevó, Rhett Butler era consciente de que Scarlett O’Hara no lo amaba, y, sin embargo, se casa con ella; pero, insistimos: en las casi cuatro horas que dura la película, Butler es, de algún modo, rechazado, pues Scarlett está enamorada de Ashley Wilkes; el protagonista, por ende, decide hacer su vida lejos de la bella mujer: no va a morir, ni mucho menos a matar, por despecho; nadie debería hacerlo.
Cerramos diciendo que Aurora Cano tiene razón: el Odiseo de Nolan dista del griego, y decimos griego, y no homérico, para generalizar un poco, pues en Las troyanas, también de Eurípides, así lo pinta el heleno en voz de Hécuba: “ese hombre sin decoro ni nobleza […] hombre que vulnera continuamente la justicia […] sin ley, sin norma […] que pervierte a todos y llega a hacer que reine el odio donde la amistad reinaba”. Pensamos, pues, que es más verosímil un guerrero odiado por el enemigo, que uno amado por todo el mundo, y de ello deducimos que el universo griego es fundamental en nuestra realidad –no restamos mérito a Nolan–, y también, por qué
no decirlo, es harto edificante. Y ya que introdujimos la guerra, y haciendo hincapié en lo edificante de la literatura griega, cerramos estas líneas con lo que Eurípides menciona en Las troyanas, a modo de exhortación o, si se prefiere, de amenaza –dicho término es quizá más edificante– a quienes las llevan a cabo: “¡Necio entre los mortales es el que arrasa una ciudad y deja en abandono templos y sepulcros, donde sagradamente reposan los muertos: tiene ya fijada su desdicha!” Así
sea, Eurípides.