Bemol sostenido / De Garbage en el Zócalo

- Alonso Arreola @escribajista - Sunday, 01 Nov 2026 00:36 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

 

 

El próximo 14 de noviembre Garbage sonará en el Zócalo capitalino. Esta noticia importa por la banda misma, efectivamente, pero también por lo que hoy representa la presencia de artistas estadunidenses en una de las plazas más significativas de América Latina. Ello invita a revisar el criterio con que nuestro gobierno decide quién ocupa ese escenario; bajo qué lógica construye su programación.

En 1995 Garbage articuló una estética definitiva para buena parte del rock alternativo. Guitarras abrasivas, texturas electrónicas y producción minuciosa encontraron en Shirley Manson a una aliada incisiva. Con Butch Vig, Duke Erikson y Steve Marker, la cantante escocesa construyó esa sofisticación industrial sustentada en el desencanto y la feminidad desafiante. Canciones como “Push It”, “Special” e “I Think I’m Paranoid” los llevaron a dialogar con el diseño y la cultura audiovisuales, lo que también permitirá sopesar su vigencia.

Que el concierto sea gratuito, también importa. Abre el acceso a un espectáculo internacional, normalmente elitista. Empero, lectora, lector, es cierto que la pluralidad en espacios así debería entrañar criterios reconocibles, ligados a una política cultural articulada, alejada de impulsos coyunturales, cálculos de popularidad o intuiciones comerciales. ¿Cierto?

En tiempos recientes hemos visto de todo. Fito Páez con una convocatoria masiva; Residente reventando el Zócalo con su rap político; la Verbena Navideña reuniendo agrupaciones populares, mientras la Orquesta Monumental Metropolitana reivindicó la formación musical comunitaria. Logros tan innegables como el de 31 Minutos, que ofreció un acierto de humor e inteligencia superior al simple entretenimiento infantil.

Otras decisiones, sin embargo, suscitan preguntas. Verbigracia: Shakira en marzo de 2026, durante un espectáculo financiado por OCESA y Grupo Modelo, según se dijo; o la visita de BTS a Palacio Nacional, lo que confirmó al fenómeno coreano y también al aparato gubernamental como intermediario de su euforia. Algo sabemos, además, del entreverado técnico y presupuestal durante el Grito de Independencia con Intocable como protagonista musical. Dicho ello, cabe examinar la creciente atención a superestrellas, el despliegue institucional que las acompaña y ‒sobre todo‒ cuánto nos cuesta esa rentabilidad política.

En otras palabras: el asunto adquiere dimensión distinta cuando ponemos dinero sobre la mesa. Los conciertos implican recursos públicos que merecen escrutinio, máxime en una ciudad con carencias en salud, seguridad y servicios básicos. No lo podemos olvidar: la gratuidad para el público no significa ausencia de gastos para la sociedad. Allí la delgada línea entre invertir en una oferta cultural sólida ‒que además de música abarque literatura, artes escénicas, pensamiento, cine y patrimonio‒, e invertir en el llano entretenimiento. Ambos tienen lugar, pero la diferencia está en la visión que los articula, en el presupuesto que los hace existir.

Recibiremos a Garbage con interés y expectativas, sin duda. Su presencia hará posible una buena noche de rock. Ojalá también dé la oportunidad de repensar lo que entendemos por curaduría. Esa selección de memoria y organización de afectos con
que se dibuja una idea de comunidad a través de la música.
Porque la selección y el gusto también es política, y porque nuestra ciudad se expresa tanto en los artistas que convoca, como en las razones que tiene para hacerlo. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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