Artes visuales / Lujo y esplendor de las bateas novohispanas en Madrid
- Germaine Gómez Haro - Sunday, 01 Nov 2026 00:27
Las bateas lacadas, también conocidas como maques, son una singular muestra de las obras de arte de carácter suntuario más deslumbrantes y originales que se elaboraron en la Nueva España a partir del siglo XVII, con materiales y técnicas pictóricas indígenas de gran complejidad tecnológica. Su origen y uso plantean todavía muchas incógnitas, aunque se sabe que eran objetos de lujo destinados a espacios domésticos y ajuares femeninos de las élites de la sociedad tanto virreinal como peninsular, e inclusive llegaron hasta Filipinas a través del Galeón de Manila. La técnica empleada se remonta a la época prehispánica de la que se conservan escasos ejemplares de tecomates, guajes y jícaras laqueadas, pero también hay que señalar la influencia china y japonesa, y su diálogo con las lacas europeas. El Museo de América en Madrid conserva una colección extraordinaria de estas piezas que han sido motivo de la espléndida exposición titulada Bateas novohispanas. Una encrucijada cultural, un proyecto que culmina tras años de investigación del comisario Adrián Contreras, con la presentación de las quince bateas de esta colección que se han reunido por primera vez y difícilmente volverán a exhibirse juntas por motivos de conservación.
El término batea se utiliza desde los albores de la Conquista para designar aquellos objetos que el cronista fray Antonio de Molina consignó en su Vocabulario, en 1555, como “recipiente de madera, enterizo, hondo, sin asas”. La exposición dedica una sección especial a la elaboración de esta peculiar técnica, cuyo componente principal (salvo en los talleres de Olinalá) era un material resinoso llamado aje, que se extraía del insecto Coccus axin, el cual se mezclaba normalmente con aceite de chía o chicalote y dolomita pulverizada. Su función no está todavía del todo definida y, aunque sus superficies son impermeables, no se tiene registro preciso de su uso, ya fuera como contenedor o algún tipo de recipiente para recibir agua, como se especuló en el pasado. Sin embargo, sí se conservan fotografías de época de su presencia en interiores de casas señoriales y la mención de estas piezas en archivos las consignan como objetos suntuarios altamente apreciados que se colgaban en las paredes.
Los principales centros de producción de objetos de maque fueron Uruapan, Peribán, Pátzcuaro y Quiroga en la región michoacana; Olinalá en Guerrero y Chiapa de Corzo en Chiapas, y cada región presenta tipologías propias. A lo largo del recorrido admiramos en cada pieza la profusión de motivos ornamentales provenientes de repertorios manieristas y barrocos, en muchos casos aderezados por la imaginería del tlacuilo indígena, al que también se le llamaba “pintor del aje”. Las piezas se clasifican según su temática en escenas de temas mitológicos o cortesanos inspiradas en las estampas europeas, y su exuberancia decorativa aparece perfectamente organizada en su superficie circular desafiando el horror vacui. La batea estelar que preside el conjunto es la excepcional creación de José Manuel de la Cerda (quien se firmaba Zerda), el único autor que se conoce hasta la fecha. Sobre esto me comenta la historiadora del arte Hilda Urréchaga, experta en lacas michoacanas del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM (IIE): “Nos falta encontrar en los archivos las referencias a los talleres, sólo sabemos de Zerda. También es importante profundizar más en cómo impactaron las técnicas de imitación de las lacas europeas
en las obras de Pátzcuaro que se conservan.”
Entre el rico y variado repertorio de arte suntuario de la época virreinal, las bateas son sin duda obras de excepción por su extraordinaria riqueza ornamental, la complejidad de su elaboración y refinamiento. Son asimismo un ejemplo de resistencia intercultural a través de cuatro siglos de continuidad y su tradición pervive hasta nuestros días en las comunidades artesanales de Michoacán y Guerrero.