Anécdotas / Aventuras de Lazito, 1910

- Beatriz Gutiérrez Müller - Sunday, 01 Nov 2026 00:25 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Querida amiga: se acerca su regreso a casa. Me sorprendió mucho el lance que me compartió sobre la que, de inicio, era una simple y pintoresca excursión en lancha. ¡Uf! Qué bueno que no pasó a mayores. Pero, si la conozco bien, usted no es de las que primero levanta la mano cuando se trata de meterse a ríos, ¿verdad?

Pensé, por ello, contarle una historia de un joven que iba a estar en el centro no de una aventura peligrosa en un río, sino de miles de situaciones de altísimo riesgo. Se trata de Arturo Lazo de la Vega. Su mentor, el periodista Juan Sánchez Azcona (“Mis contemporáneos”, La Opinión, Los Ángeles, 1 de febrero de 1930), recordó que el padre de Arturo, su amigo, era dibujante al servicio de la Secretaría de Guerra y que, por imitarlo o persuadido por el padre, Arturo había ingresado al Colegio Militar. Sin embargo, el muchacho pronto descubrió que lo suyo no era la milicia sino las artes: poesía, canto, dibujo, guitarra, actuación, teatros. Viendo el progenitor los “malos pasos” de su vástago, le explicó la situación al periodista y le rogó: “Fórmelo para la vida”. De este modo, Lazito, como lo conocían, ingresó al periódico México Nuevo en 1909.

Pero por esos vuelcos que da la vida, a finales de 1910 nuestro cantante-periodista se hallaba en Eagle Pass, Texas, con la tarea de cruzar a México. ¿Cómo? ¿A qué horas? ¿Por qué? Resulta que Sánchez Azcona, sumado al movimiento antirreleccionista, abandonó la dirección del periódico. Tras la proclamación del Plan de San Luis, se fue con su pupilo Arturo y otros periodistas a Estados Unidos a fin de apoyar el inicio de la Revolución Mexicana.

El novel redactor tenía su primera misión secreta: recibir a cuatrocientos insurgentes del lado mexicano, y planear juntos los ataques en Chihuahua. El 17 de noviembre de 1910 emprendió camino junto con “Flores” y “Espinosa”, según su relato (“Fragmento de mi diario de la Revolución”, Nueva Era, 16 de septiembre de 1911). Los tres estrenaban uniforme guerrillero. La emoción de portarlo les duró poco, porque un guía que conocía al dedillo las aguas fronterizas del Río Bravo les pidió desnudarse para atravesarlo; serían más ligeros cargando su
ropa seca en bolsas.

Lo de los cuatrocientos voluntarios resultó ser una celada. El tipo
los engañó, pues lo primero que hizo fue entregarlos en un cuartel del ejército. De manera milagrosa escaparon y corrieron al monte. Oían los tiroteos de quienes los buscaban. En tal crítica circunstancia decidieron tomar de nuevo el riesgo de cruzar el Bravo hacia Eagle Pass.

“El peligro alienta y proporciona fuerzas”, asentó Arturo. Es muy cierto. Se desvistieron otra vez para entrar en el agua con un “frío de los mil demonios”. La corriente era recia. A oscuras intentaban nadar, flotar, lo que se pudiera… Lazito fue atrapado por una corriente. “Sentí morirme. Mi padre, mi novia, mi país, todo cuanto de grande puede caber en mi alma, pasó por el cuerpo como ante un enorme lienzo cinematográfico: todo perdido.” Pero en un instante sorprendente, “Espinosa” logró jalarlo de un brazo y rescatarlo. Se salvaron.
Esto se llama “vivir para contarla”. Él la subtituló “Mi aventura antirreleccionista”. Qué manera de iniciarse en un movimiento armado la de este Lazito.¡Ah! Y el que sólo quería ser cantante y poeta, fíjese, pero alcanzó el grado de general en el Ejército
Mexicano.

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