Roberto Arlt, el narrador que “escribía mal”
- Mario Bravo - Saturday, 31 Oct 2026 23:42
I
A veces, la vida de un escritor se comprende mejor mirando su desenlace, es decir, la muerte, ese inevitable punto final. El narrador, ensayista y crítico literario argentino Ricardo Piglia, en el texto “Un cadáver sobre la ciudad”, expone una historia poco conocida sobre el fallecimiento de Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942). Según Piglia, en cierta ocasión le mostraron algunas fotografías en donde observó el féretro de Arlt colgando en el aire y sujetado mediante sogas. ¿La causa de semejante acontecimiento? El ataúd –ensamblado en la habitación del difunto– no cabía por el pasillo de la pensión donde habitaba el autor de El juguete rabioso, así que debió ser sacado a través de una ventana, usando poleas, aparejos y la fuerza de varios hombres.
En el mismo texto, Piglia sostiene:
Ese féretro suspendido sobre Buenos Aires es una buena imagen del lugar de Arlt en la literatura argentina. Murió a los cuarenta y dos años y siempre será joven y siempre estaremos sacando su cadáver por la ventana. El mayor riesgo que corre hoy su obra es el de la canonización. Hasta ahora su estilo lo ha salvado de ir a parar al museo: es difícil neutralizar esa escritura.
II
Roberto Arlt nació en Buenos Aires, en una familia de inmigrantes europeos: su madre era originaria de Trieste y su padre, de Prusia. Instalados en la capital argentina, en su hogar se hablaba principalmente alemán, aunque la lengua italiana también ocupaba un sitio importante. Mientras sus padres aprendían español, los hijos entraban en contacto con esa lengua fuera de casa.
Quizás por esta razón, el propio Arlt defendía el lenguaje popular, aquel que la gente habla en la vida cotidiana, tal como lo expresó en “¿Cómo quieren que les escriba?”, columna publicada en el diario El Mundo, el 3 de septiembre de 1929: “Y yo tengo esta debilidad: creer que el idioma de nuestras calles, el idioma en que conversamos usted y yo en el café, en la oficina, en nuestro trato íntimo, es el verdadero.”
Con traspiés, Arlt concluyó la educación primaria. Su modo de mirar el mundo y la manera de narrarlo provinieron tanto de sus múltiples oficios previos a la escritura –trabajador en una librería, pintor de brocha gorda, aprendiz de hojalatero, mecánico e inventor– como de su afición por caminar la ciudad y trasladarse en transporte público, sin obviar las lecturas –atípicas, “plebeyas” y lejanas al ámbito académico– que alimentaron su intelecto. “Si yo no soy ningún académico. Yo soy un hombre de la calle, de barrio”, reclamó en la columna citada líneas arriba.
III
Esta rara avis de las letras argentinas fue acusado de “escribir mal”, un reproche que persistió durante varias décadas después de su muerte. En el prólogo a su novela Los lanzallamas, Arlt no dudó en responder a sus detractores:
Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. […] Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia. Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad. Me atrae ardientemente la belleza.
IV
Nuevamente Piglia, esta vez desde el texto “Roberto Arlt: una crítica de la economía literaria”: “La insistencia sobre las faltas de Arlt no son otra cosa que las marcas de un descrédito: manejar mal la ortografía, la sintaxis es de hecho una señal de clase […] habría que decir que cuando Arlt confiesa que escribe mal, lo que hace es decir que escribe desde donde leyó o mejor, desde donde pudo leer”. El autor de Los siete locos se nutrió de textos subalternos, distantes de la alta cultura: novelas rusas y poesía europea con deficiente traducción al castellano, manuales de mecánica y libros de divulgación técnica, folletines… letras plebeyas, de arrabal y no tanto de aulas académicas. Lector de libros comprados, alquilados o leídos en bibliotecas populares, Arlt evoca al ciruja porteño: aquel que recolecta un sinfín de materiales desechados para venderlos o reutilizarlos.
V
En el prólogo a Los lanzallamas, Arlt
advirtió con lucidez y bravura: “El futuro
es nuestro, por prepotencia de trabajo.
Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula”. A finales del siglo XX, Piglia aseveró: “Es el más contemporáneo de nuestros escritores. Su cadáver sigue sobre la ciudad. Las poleas y las cuerdas que lo sostienen forman parte de las máquinas y de las extrañas invenciones que mueven su ficción hacia el porvenir”. ¿Alguien lo duda?