La ética contra la pérdida de lo humano

- Jesús Zúñiga García - Saturday, 31 Oct 2026 23:58 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Desde el punto de vista de la ética, que es universal, vivimos, por desgracia, en tiempos literalmente “desalmados”, de acuerdo con lo que Sócrates entendía por alma, es decir, lo “que nos da identidad, lo que nos hace ser lo que somos, nuestro ‘sí mismo’.” Este artículo recupera los conceptos esenciales de lo humano que nuestra época parece haber olvidado.

 

 

Los animales viven y mueren.
El ser humano además puede perderse.

Joaquín Xirau

Lo más bello y elevado que hay en la existencia humana se encuentra en su dimensión ética. Ya Immanuel Kant la compara con el cielo nocturno y estrellado, ya ve Max Scheler en ella “el sentido y el valor finales de todo este universo”. Y ciertamente es así. Pero también está presente la ética en lo más pequeño y aparentemente insignificante, porque el ser humano está eligiendo constantemente, incluso en lo cotidiano. Y la ética es la disciplina de la elección. Pero esta elección, aún en lo pequeño, tiene un trasfondo grave e importante. Porque es el ser humano mismo el que se elige o se desdeña en el espacio ético que hay en su existencia.

Lo anterior quiere decir que no hay una identidad estricta entre la especie animal Homo sapiens y lo humano. Aquélla podría sobrevivir, prosperar o, incluso, ser dueña de Marte; y lo humano, no obstante, podría haber desaparecido mucho tiempo atrás. Como seguramente es visible para muchos, en los tiempos que corren quiere imponerse la deserción de lo humano. Son varias la voces que nos han advertido acerca de la degradación o muerte de lo humano. Karl Marx, Max Scheler, Rita Segato. Y la línea de estas voces llega hasta Sócrates, para quien ética y humanidad aparecen juntas. El cuidado de sí que está en el centro de la ética socrática nos habla también del cuidado de lo humano. Y todavía resuenan en nuestra alma las palabras que Sócrates dirigió a los miembros de la Heliea, la Asamblea de Atenas, cuando conoció su sentencia a muerte:

Mucho me temo que no sea esto lo difícil, atenienses, rehuir la muerte, sino que resulte mucho más difícil escapar de la maldad, que es cosa que corre más ligera que la muerte. Y ahora yo, por ser lento y anciano, he sido alcanzado por la más lenta, mientras que mis acusadores, fuertes y rápidos, han sido atrapados
por la más ligera, la maldad. Y así como yo ahora partiré de aquí condenado por vosotros a la pena de muerte, éstos marcharán acusados por la verdad de maldad e injusticia. Yo quedaré sujeto a la pena que se me ha impuesto y ellos a la suya (
Defensa de Sócrates 38d-39c)

Magníficas palabras en las que aparece con claridad la principal enseñanza ética de Sócrates: el ser humano se define por sus actos; en sus elecciones elige su ser y es libre incluso de deshumanizarse. “Es preferible padecer una injusticia a cometerla ‒nos dice en el Gorgias‒ porque el mal del alma (v.g. la injusticia) es el peor de los males”. Recordemos que Sócrates vivió varios siglos antes que Cristo (circa 470 aC-399 aC). La palabra alma no tenía para él las connotaciones que tiene para nosotros. Para Sócrates significaba algo distinto; refería simplemente a aquello que nos da identidad, lo que nos hace ser lo que somos, nuestro “sí mismo” y, por eso, las expresiones cuidado del alma y cuidado de sí mismo son equivalentes. Pero el alma no es algo fijo. Según Sócrates, es “aquello por lo que se nos llama necios o sabios, cobardes o valientes”, es decir, el alma es maleable; puede formarse o deformarse, de acuerdo con los actos que realice y los valores o disvalores que “encarne”. Por eso es preferible padecer una injusticia a cometerla, porque la acción injusta repercute en nuestro ser, porque somos el soporte existencial de un disvalor que se mezcla y fusiona con nuestra identidad. La libertad no solamente consiste en elegir entre dos opciones, sino en construirse a sí mismo a través de los actos realizados.

Lo que Sócrates describe y dibuja diversa y ricamente, Aristóteles define y delimita en la claridad del concepto. Aristóteles distingue entre tecné y praxis. Ambas son acciones. Pero la primera es la acción transitiva, mientras la segunda es la acción inmanente. Es, por ejemplo, lo que distingue el hacer de un carpintero y el de un justo. En el primer caso, la acción produce un objeto: una mesa, una silla. Por eso es transitiva. Y las cualidades de la acción se trasmiten al objeto producido, no se quedan en el sujeto que actúa. La mesa puede ser bella, útil, resistente, etcétera, y, a pesar de esto, el carpintero puede ser una mala persona. El objeto producido puede también ser muy sutil: un poema, una teoría, incluso un pensamiento correctamente estructurado mediante las reglas de la lógica o la matemática.

Por el contrario, la praxis no se ordena a la producción de un objeto; la acción es un fin en sí mismo. Esto es lo que significa su inmanencia. Las cualidades de la acción, tanto positivas como negativas, permanecen en el sujeto que realiza la acción. Las acciones del justo lo constituyen y definen como justo. Las mentiras del mendaz
lo definen y lo constituyen como mendaz. La acción inmanente es la acción moral y en ella va en juego nuestro ser, nuestra humanidad.

He aquí por qué puede afirmarse que en estos días quiere imponerse la deserción
de lo humano. En relación al primer tipo de actuar, el transitivo, es posible ver con claridad lo que en los tiempos antiguos era solamente una posibilidad meramente teórica: la idea del tecno-científico loco que usa su ciencia para dominar a la humanidad. Ahora esta posibilidad es muy real y pueden señalarse individuos concretos que parecen solazarse con esta intención (piénsese en
Palantir). Ahora estamos también en la situación de responder afirmativamente a la pregunta que nuestro Nigromante se planteaba ya desde el siglo antepasado: “¿Y si la civilización nos traicionara?”

Respecto al segundo tipo de actos, los inmanentes, vemos ahora cómo se portan con descaro los disvalores más atroces. Ahora atestiguamos cómo se celebra con una amplia sonrisa la aprobación de una ley para ejecutar seres humanos mediante la horca; cómo se trata insensible y cruelmente a los activistas que intentan llevar alimento a la infancia hambrienta y cómo se intenta justificar esto diciendo que “son terroristas” tratando de ayudar a “animales no humanos”, que así es como llaman a los palestinos las voces menos radicales dentro de la administración sionista-israelí. Se olvidan de que “del fondo del corazón habla la boca”; que aquel que deshumaniza al otro, se deshumaniza a sí mismo, se olvida por completo de cuidar lo humano, tanto en los otros como en sí mismo. Por eso, en contraste con estos hechos, vuelve a ascender, como renovado orto de humanidad, aquella antigua idea de Sócrates que inaugura con claridad y precisión la dimensión ética de nuestro existir: Salus animarum suprema lex. (“La salvación de las almas es la ley suprema.”)

Versión PDF