Premio Nobel de Literatura 2026. Anne Carson y la tradición clásica

- Eleanor Wachtel - Sunday, 25 Oct 2026 12:35 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

La poeta, traductora, ensayista y profesora canadiense Anne Carson (Toronto, 1950) es una de las voces de la poesía más destacadas en el mundo desde finales del siglo anterior, gracias a títulos como La belleza de un marido, Autobiografía en rojo, Nox, Las mujeres troyanas, Tipos de agua y muchos otros. Recién galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2026, en la presente entrevista Carson habla de su conocido amor por los clásicos griegos, del ejercicio tan complejo como gozoso de la traducción, así como de su poesía.

‒Mucha de su obra evoca el antiguo período clásico: referencias a los mitos griegos, traducciones desde el griego o latín, ensayos sobre el pensamiento antiguo. ¿Qué fue lo que le atrajo inicialmente de ese mundo?

‒Creo que fue en un centro comercial de Hamilton, Ontario, aproximadamente en 1965; estaba deambulando en la librería y, por alguna razón, tenían una edición bilingüe de Safo, a cargo del traductor y editor Willis Barnstone, con el griego a la izquierda y el inglés a la derecha, y me pareció tan fascinante que pensé que debía aprenderlo. Al siguiente año nos mudamos a Port Hope y fui a un instituto donde la profesora de latín sabía griego. Cuando se dio cuenta de que me interesaba, se ofreció a darme clases durante la hora del almuerzo. Así que le debo mi carrera y mi felicidad a Alice Cowan, del instituto de Port Hope.

‒¿Y qué fue? ¿Fue que el idioma parecía tan extraño o tan atractivo?

‒En parte se debió a la apariencia y a la estética, pero también a que en ese tiempo me creía un Oscar Wilde renacido, y todo el mundo de la vida intelectual de la época de Oscar Wilde, que incluía bastante latín y griego, era para mí una especie de mito, y pensé “si aprendo griego podría ser más como Oscar Wilde”. Me parecía el siguiente
paso lógico.

‒Un Oscar Wilde renacido.

‒Tenía un disfraz de Oscar Wilde que me ponía de vez en cuando para ocasiones especiales. Me parecía un tipo de lo más interesante.

‒¿Soltaba frases ingeniosas y ocurrentes?

‒Como descubriremos a lo largo de la entrevista, no, no soy ingeniosa, pero me gusta el ingenio.

‒Cuando comenzó a estudiar latín y griego, especialmente griego, ¿recuerda cuáles fueron los primeros mitos que escuchó?

‒Creo que probablemente se remitan a los que menciona Safo, que no suelen ser los más conocidos. Níobe, por ejemplo, quien se convirtió en una roca porque lloró tanto; y, de forma muy especial, recuerdo de ese libro el mito de Títono. Títono era el joven que se enamoró de la diosa del amanecer y mantenían un romance encantador, hasta que un día él le pidió que lo hiciera inmortal. Quería ser un dios y vivir con ella para siempre. Así que ella acudió a Zeus y le dijo: “¿Puedes hacer inmortal a Títono?” Y Zeus respondió: “Claro”, y lo hizo inmortal, pero no lo hizo eterno. Así que el pobre Títono se marchitó hasta convertirse en una especie de pequeño grillo, y eso ya no fue muy divertido para a la diosa del amanecer.

‒Presta atención a la letra pequeña.

‒La formulación, sí. La formulación es la clave.

‒Cuénteme un poco más sobre cómo fue estudiar griego. Es decir, es obvio que se mantuvo firme en ello y acabó convirtiéndose en su especialidad, pero ¿podría decirme más sobre lo que la atrajo: la cultura, el idioma, la complejidad?

‒Creo que, en parte, el contenido de las obras. Son algunas de las piezas literarias más reflexivas que cualquiera haya concebido. Pero también la actividad mental de encontrarse al interior de la traducción es algo simplemente adorable. Es como resolver un crucigrama interminable, pero con un resultado valioso. Y ese “desafío mental” en modo de rompecabezas es, sencillamente, lo mejor que existe.

‒Usted dijo que los ancestros no necesariamente tienen mucha relevancia para nuestro mundo actual, y debo decir que me sorprende porque parece que siempre somos capaces de extraer algo relevante de todo nuestro pasado.

‒No me refería a eso, sino todo lo contrario: que nuestra tarea consiste más bien en ser relevantes para ellos, para volver atrás y ver qué hacían realmente por su parte. John Cage dijo: “Nadie puede tener una idea una vez que comienza a escuchar de verdad”, y creo que eso es lo importante de estudiar el pasado: escuchar a los antiguos en lugar de sustituirlos por tus propias ideas sobre cómo te resultan relevantes.

‒¿Y se debe en parte a que veían el mundo de una forma tan diferente, o simplemente a que están tan distantes de nosotros en el tiempo y en el habla que nos cuesta comprenderlos?

‒Están en la raíz de las cosas que después crecieron y se convirtieron en los árboles en los que ahora vivimos: son frescas, las ideas aún tienen rocío. Y, miles de años después, nuestras ideas conservan algo de eso, pero todas tienen una capa endurecida y con siglos de separación entre ellas. La novedad del mundo sigue revelándose para los griegos.

‒¿Sabe en qué momento decidió que sería el tema central de su vida?

‒En el momento que lo estudié con la señora Cowan.

‒¿De verdad?

‒Sí, era innegable.

‒Amor a primera vista.

‒Sí. Y era una persona muy inusual. Ella siempre olía a apio. Y después de aquel año desapareció. Supongo que renunció, y alguien me dijo que terminó en África. Algunas décadas después, cuando di una lectura en algún sitio ‒creo que en Montreal‒ y la mencioné porque leí algo de literatura griega, una mujer se me acercó después y dijo: “Alice Cowan es mi madre y ahora vive en una granja en el norte de Ontario. Es una especie de ermitaña. Probablemente le gustaría saber de ti, pero no te responderá.” Así que le escribí una carta y, efectivamente, no respondió. Eso es todo lo que sé de Alice Cowan.

El mito en el fondo del lenguaje

‒Su último libro, Nox (2010), es una especie de proyecto de duelo, un epitafio para su hermano, quien falleció en 2000. Estructura la obra traduciendo palabra por palabra un poema de Catulo, poeta romano que vivió en el siglo I aC. Cada palabra latina del poema ocupa su propia página y luego incorpora sus propios versos, pensamientos, imágenes y todo tipo de cosas en la página opuesta. ¿De dónde surgió esa idea?

‒Probablemente se deba a la estructura de la traducción bilingüe, porque pasé gran parte de mi vida observando libros en los que la página de la izquierda está en griego o latín y la de la derecha en inglés, y uno se habitúa a ello, se acostumbra a pensar en ese pequeño espacio entre dos lenguas donde existe el lenguaje perfecto.

‒Puedo advertir que también resultó atractivo que nos obligara a tomarnos un tiempo cuando cada palabra aparecía acompañada de su definición lexicográfica aumentada.

‒Bueno, me alegro de oírlo. Cuando lo hice me pregunté si la gente se tomaría la molestia de leer la página izquierda, o simplemente la mirarían y pensarían “no quiero tener que leerme todo eso”, y pasarían a la siguiente. Así que espero que eso los frene. Las entradas léxicas están sacadas del lexicón, pero las he alterado ligeramente, y quería que la gente lo notara gradualmente y siguiera las pistas; es una especie de rompecabezas.

‒En alguna parte leí que cita a Jacques Lacan, el psicoanalista y filósofo francés, quien dijo que no acudimos a la poesía en busca de sabiduría sino para desarticularla. ¿Cómo lo consigue la poesía?

‒Siento que es una especie de fervor mío alejarme de cualquier conjunto de información en el que me apoyo cuando expreso opiniones. Y creo que la actividad poética es una forma de hacerlo: das un salto desde el edificio cuando piensas de forma poética; no acumulas datos para después desplazarte de un punto a otro sino que simplemente tienes que saber lo que conoces en ese momento. Hay algo liberador en ello.

‒Quizá estoy siendo demasiado literal al pensar en “desarticular”, porque cuando pienso en desarticular el poema palabra por palabra…

‒Sí, es una ilusión la confianza en que alguna vez podremos saber qué significan las palabras, porque en realidad no lo sabemos. No son más que unos signos que fingimos fijar en los diccionarios, indicios de su uso, pero, francamente, no son más que números enteros aleatorios. Desarticularlo es una forma de poner al descubierto ese mito que se oculta en el fondo del lenguaje.

‒¿Ese es el mito al que hace referencia?

‒El mito que nunca podrás conocer alguna vez de forma definitiva. Usarlo, sí. Entenderlo, sí. Pero conocerlo, no estoy segura.

‒Este no es su primer intento de traducir el poema 101 de Catulo. ¿Cuándo lo intentó por primera vez?

‒Creo que probablemente fue ese mismo año con la señora Cowan. Y seguramente es el poema más conocido de Catulo, de modo que todo el mundo intenta recitarlo. A simple vista es engañosamente sencillo, pero imposible de capturar por debajo. El poema ideal.

‒¿Y por qué es tan difícil de traducir?

‒Bueno, eso es complicado. En parte debido a la naturaleza de la dicción de Catulo, que es, en cierto modo, una reinvención del lenguaje poético latino mediante la incorporación del habla común. Escribió mucha poesía en lenguaje de la calle, gran parte de ella escatológica u obscena, y conserva la energía de ese lenguaje incluso en sus obras más formales. Pero también tiene el don ‒al menos así me lo parece‒ de economizar una situación y contarte exactamente lo esencial, no más, lo cual es difícil de registrar en otra lengua.

‒Aunque creo que ambos aspectos resultarían atractivos para usted: tanto la conjunción del lenguaje idiomático como la poesía más solemne o en verso elegíaco.

‒Es cierto que mezclo registros discursivos, quizá inadvertidamente. Creo que Catulo lo hizo como parte de un manifiesto estético, como
una especie de renovación de su lenguaje, porque estaba harto de la forma en que la gente escribía poesía. No estoy segura si quiero arriesgarme tanto. Pero hay esa misma energía.

‒¿Y esta vez sintió que por fin podía traducirlo? Sé que dijo que intentó traducir este poema cientos de veces, pero en esta ocasión, en el caso de Nox, ¿pudo lograrlo o simplemente se resignó a traducirlo de cierta manera?

‒Fue más resignación. Creo que una traducción siempre tiene un contexto y que éste tenía que encajar en el libro y, por lo tanto, debía ser algo sencillo. No quería adornar nada.

Traducción de Roberto Bernal.

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