Leer poesía: una práctica secreta

- José María Espinasa - Sunday, 25 Oct 2026 12:46 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
El acto de leer poesía es muy distinto del acto de leer novelas: “Hoy, más que una práctica secreta, leerla es un gesto cercano a la clandestinidad.” Y sin embrago, se escribe mucha poesía, aunque se publique poco o con tirajes muy bajos, como es el caso de un autor ampliamente reconocido, Gabriel Bernal Granados y su libro Catedrales y moradas, cuyo tiraje es de sólo treinta y cinco ejemplares lo que, entre otras cosas, da pie a la reflexión de este texto.

 

Cuando, hace cincuenta años, los libros de poesía podían tener un tiraje de dos o tres mil ejemplares, se tuvo la ilusión de que la lírica tenía una presencia pública, si no multitudinaria, sí importante e influyente. Hoy, más que una práctica secreta, leerla es un gesto cercano a la clandestinidad. Carlos Monsiváis señalaba en los años noventa que las ediciones de trescientos ejemplares no eran ya un tiraje sino un síntoma. Si bien había en su dicho una ironía evidente, también había, menos visible, una melancolía. Pero si leer poesía es cada vez un acto secreto, escribirla en cambio es una costumbre. No sé si el calificativo es pertinente, pero se escribe mucha poesía, aunque no se lea. ¿Por qué? La respuesta roza la obviedad: es ella la que legitima el sentido de los otros géneros.

Pongo un ejemplo reciente, con dos rostros. Gabriel Bernal Granados es uno de nuestros mejores ensayistas literarios, gana premios y publica en sellos con prestigio, del FCE a Turner, practica una literatura experimental y fragmentaria y una narrativa hiperconsciente y fue, durante un tiempo, un editor extraordinario, primero en Aldus y luego en Libros Magenta. Está, sin embargo, lejos de ser un bestseller. Y tiene, también, su lado secreto: la poesía. Con cuatro, cinco libros publicados, incluso uno en Argentina. El último se titula Catedrales y moradas, publicado por Manosanta editores, impulsada desde Jalisco por Lizzie Castro, Jorge Esquinca, Emmanuel Carballo Villaseñor y Luis Fernando Ortega en un tiraje de treinta y cinco. En estas páginas me he ocupado de esta condición hiperminoritaria de la edición de poesía. Ahora prefiero hablar un poco de la escritura lírica de este autor.

Como suele suceder, la poesía es el núcleo para comprender sus otras escrituras. Si utilizo este término es porque Bernal es un autor que cuida mucho el sentido de la forma. Y en su poesía es muy críptico. Por ejemplo, en La sombra de
mi padre,
un libro anterior que se inscribe en la línea de esa orfandad presente en la literatura mexicana de Rulfo a Sabines. La condición críptica no impide que sea a veces transparente, a veces luminoso. Porque la poesía, hoy, es sobre todo el espacio de lo personal, aunque no necesariamente de lo autobiográfico. La diferencia es sutil pero importante. En la prosa, incluso en esa fragmentaria que ha practicado con éxito, Bernal escribe para el lector. En la poesía, pienso, escribe para sí mismo. Lo cual no impide, desde luego, publicarla, pero vuelve indiferente su alcance numérico: el lector también la lee como un hecho personal y por eso comprenderla, distinto de entenderla, cambia de signo y se vuelve un gesto catártico.

Extrememos el camino: la prosa siempre es escrita/leída por otro, la poesía por un yo, que no es un “mí mismo”, sino por un yo que no sabe que lo es y sólo lo descubre al escribir/leer. Si se hiciera una poesía reunida de Bernal, la sensación que daría es que se trata de un escritor con muchos yos. Un psicólogo diría que es la unidad que da la esquizofrenia. Pero el modelo de Bernal no es Artaud sino Valéry o, mejor todavía, Blanchot: el hombre de la conciencia plena. Esto ocurre tanto en la poesía más directa como en la más abstracta y elaborada; nunca es una casualidad, tampoco una causalidad, sino una revelación, una epifanía. O al menos eso busca. Y sí, Catedrales y moradas tiene apenas veinticuatro páginas (y, perdón que insista, treinta y cinco ejemplares de tiraje) y es una epifanía desde la cual hay que leer la poesía de Bernal, lo cual haré en otra ocasión.

Regreso ahora a Manosanta editores. Si se busca el catálogo en la web –el gesto de tener una página bien diseñada en la red para una editorial artesanal es ya una señal de lo que en la red misma se considera un hecho público–, uno se sorprende del buen número de títulos que han publicado. Si se asumiera a plenitud la condición secreta de la poesía enunciada al principio, o no se escribiría poesía o se le destruiría después de haberlo hecho, o mientras se la escribe: escribir sería en realidad destruir. Marguerite Duras, una autora muy prolífica, tiene un breve texto revelador que se titula Destruir, dice ella. En los libros de Bernal se puede ver claramente una estrategia editorial: publica su poesía en editoriales de poca circulación y bajo tiraje, pero de gran belleza (por ejemplo, además de Manosanta, en el Taller Martín Pescador), cuyos libros circulan en la modalidad del mano a mano; los corredores de carreras de relevos se pasan “el testigo”, como hacen estos libros en su sucesión. Testifican la continuidad del gesto. Por eso sus editores suelen ser también escritores.

Bernal, como dije, consigue en Catedrales y moradas una epifanía, la cristalización del texto se transforma en luminosa transparencia, deja atrás la opacidad y cambia, como señalé líneas arriba, la comprensión por la revelación. Y lo que se revela es siempre un secreto que al revelarse no pierde su condición secreta, más aún, es ese gesto de iluminar lo que subraya esa condición. La seguiría teniendo si en lugar de ser treinta y cinco ejemplares de tiraje fueran 35 mil. El poeta/el poema está siempre a la espera.

Versión PDF