La flor de la palabra / Fuimos guerreros
- Irma Pineda Santiago - Sunday, 25 Oct 2026 12:59
Cuando aún no llegaban al pueblo la televisión, el internet o las redes sociales, por las tardes parvadas de niñas y niños se sentaban alrededor de una abuela que contaba historias, o de un abuelo que hablaba de los ancestros. Al mismo tiempo, entre todos desgranaban el maíz o separaban olotes de totomoztle, o miraban con curiosidad cómo un lienzo de tela, ajustado en un bastidor de madera, se iluminaba con los dibujos de las flores que pronto empezarían a ser bordadas para transformarse en un hermoso huipil.
Entre esas historias que todavía caminan por los labios de la gente, aunque ahora en voz baja, se contaba que cuando Cozana-Copicha creó el mundo, para sostenerlo le puso como eje una ceiba, y para que esta ceiba estuviera bien plantada y firme, le puso como raíz un lagarto, y por eso, cuando la tierra tiembla, es el lagarto que se estira un poco y se acomoda. También nos contaban que nuestros primeros padres eran hijos del jaguar, de las rocas y de los árboles. No era una fantasía; era la manera de recordar a las jóvenes generaciones que por sus venas corría la valentía y la fuerza de las fieras, que debían poner en su corazón y en sus decisiones la firmeza de las rocas y que debían ser como los árboles, altivos, con los pies bien plantados en la tierra y soñando alcanzar el cielo.
En estás últimas semanas mi pueblo, Juchitán, ha estado en medio de escándalos mediáticos por temas de corrupción y nombres de funcionarios y autoridades ligadas a grupos criminales,y me da mucha tristeza, porque hemos sido un pueblo que se ha caracterizado por su riqueza cultural, por ser el primer municipio donde gobernó la izquierda en 1981, por ser cuna de grandes nombres de la literatura, de la música, las artes plásticas y de la rebeldía. Esa rebeldía ha quedado doblegada, y no es casualidad, pues en varias poblaciones indígenas se puede observar un patrón: la violencia y los vicios, como el alcoholismo o la drogadicción, se instalan en silencio y con paso firme para minar la fortaleza de un pueblo.
Desde hace varios años se han publicado investigaciones acerca del incremento de la violencia en el istmo oaxaqueño. A partir de que se retomaron las operaciones para habilitar el corredor interoceánico, se han denunciado despojos territoriales a las comunidades indígenas, ataques a líderes comunitarios, el aumento en el consumo de alcohol y drogas vinculado a la llegada de los megaproyectos. Esta situación no es exclusiva de Oaxaca. Se puede trasladar a cualquier región indígena del país y veremos este mismo patrón. Pienso, por ejemplo, en el pueblo yoreme que, en el documental de Sergi Pedro Ros, titulado Laberinto Yo’eme, los personajes revelan que tienen un serio problema con el uso de metanfetaminas entre las juventudes, lo cual han detectado como una estrategia de parte del Estado, las empresas y la delincuencia, para acabar con la resistencia del pueblo frente al despojo del agua y del territorio, pues si se tiene una juventud idiotizada no habrá nadie para defender la tierra, la cultura y la herencia de los ancestros.
Lo anterior también me llevó a recordar una película titulada Fuimos guerreros (1994), dirigida por Lee Tamahori, basada en la novela Once Were Warriors de Alan Duff, que trata acerca de una familia Maorí (pueblo indígena de Nueva Zelanda) que al ser despojada de su territorio, sus tradiciones y su identidad, tiene que migrar a la periferia citadina, se pierde en los vicios y en la violencia, hasta que la lucha por la recuperación de sus raíces y su memoria como parte de una cultura originaria le devuelve la dignidad y la fortaleza. Sueño con que esto pueda pasar en los pueblos indígenas de México; que cambiemos lo que nos daña. Podemos hacerlo, aún corre por nuestras venas la raíz firme de la ceiba, la fortaleza de las rocas y la valentía de las fieras. No olvidemos que fuimos guerreros y podemos volver a serlo l