Fiesta en tres tiempos: la música tradicional binnizáa

- Amilcar Meneses* - Sunday, 25 Oct 2026 12:41 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Muchas cosas pasan en una fiesta en el Istmo de Tehuantepec: el tiempo se hace otro porque todo ocurre con el otro, sobre todo la música. Este hermoso texto es a la vez crónica, testimonio y ensayo sobre el “universo musical zapoteco”, y afirma: “Cada ceremonia es una diáspora. No quiero justificar ni medrar el esfuerzo de las personas que hacen posible la fiesta. Pero esta sociedad parece haber evolucionado para hacernos prescindibles en la individualidad y perennes en colectivo.”

 

UNO

El tiempo es una estructura de carrizo con pólvora y mecha. Anuncia que la fiesta ha comenzado. Lo he visto tronar infinidad de veces. Apenas tiene sentido. Es la tercera vez que salgo a tocar fuera de la ciudad con la banda, esta ocasión en formato de pitu nisiaba, “flauta de carrizo”.

Sólo al pueblo le interesa el tiempo. Construido por todos, desecho por algunos, recreado, imaginado y narrado por la fiesta. El tiempo explota ante nuestros ojos con la más hermosa llamarada de flores y rostros de beldades zapotecas. La fiesta dice: animales, acciones, lugares, códigos. Inescrutable para quienes no han comulgado con la sociedad de la fiesta, el tiempo se desdobla entre las calles del pueblo. El tiempo se desdobla desde antes, en realidad.

Dice mi maestro que quien no va a los ensayos no va a tocar. Me han adoptado como alumno y trato de ir lo más posible a casa de quien es un referente obligado para la música de nuestro pueblo. Como él, existen muchos personajes, muchos maestros, y han formado verdadera escuela de la manera más orgánica posible. Pero existe una diferencia fundamental: no existe una palabra en nuestro idioma para eso que llaman música. Y aquello que aglutina lo que podría nombrarla, es aquello que rasga el cielo como un grito de carrizo.

El profundo conocimiento del tiempo es un saber comunitario. Mientras ensayamos, llaman por teléfono para agendar una “tocada”. Se logra el cometido y celebramos que se trata de una de las fiestas titulares… el próximo año. Tendrá un par de días que terminaron las fiestas del pueblo y ahora tendremos un papel estelar dentro de doce meses. La anticipación es clave porque un par de meses después las fechas habrían de estar totalmente ocupadas. Las personas preparan los ingredientes para la fiesta durante años: la ropa, “el conjunto”, los animales que se sacrificarán para la comida, etcétera.

Aunque la cita para ir a tocar sea una, lo cierto es que generalmente el maestro nos convoca una hora o dos horas antes. Durante ese período, los integrantes se ponen al día o se toman una cerveza, mientras comentan brevemente el repertorio que habrán de interpretar. La duración de un “contrato” puede variar entre una, tres o cinco horas. El momento para empezar no siempre es concreto, la “puntualidad” radica más en que se tengan completos los ingredientes del festejo o ceremonia para poder comenzar a tocar. Una vez que los “contratantes” −ya sean los mayordomos, los padrinos de música, los festejados o los familiares más cercanos del difunto− dan la orden, tocamos las piezas acordes a la cita.

Ahora, no sé cuánto dura una fiesta. Nadie sabe cuánto dura. Estamos tan inmersos que lo interiorizamos como una realidad concreta. Pero lo único concreto de una fiesta es que salimos vivos. “El mundo llegó por correo con la indicación de frágil”, dijo Carl Sagan. Tomó una semana el envío por paquetería de la nueva boquilla para el saxofón de mi maestro. Las flores para las coronas de flores que harán los hombres en casa del novio para la “robada” llegaron en la madrugada. Las joyas y los trajes se confeccionaron durante meses. La botana para la fiesta se hizo desde temprano y ayudaron vecinas y familiares. Y justo cuando parece que ya terminó la fiesta, nos subimos a un carro para alcanzar a las mujeres, que se fueron en convoy a la casa de la novia, donde nos reciben con más cerveza y comida ¿Terminará alguna vez esto?

DOS

Lo que más me gusta del Istmo de Tehuantepec es el cielo. Extenso, claro, como si el día se hiciera de puro verle, como si extendiera su amplia enagua azul y madurara estrellas como inalcanzables cocos y cayeran en su cama de algodón, bajo la sangre fresca de la tarde, casi noche... Y el día se entregase virgen a unas pocas melodías, calores y sacrificios. Algo tiene el cielo del Istmo de Tehuantepec, que es intenso y vivo.

Podría escribir un libro de cielos. A lo mejor soy cieloso. Podría narrar las líneas acrílicas del cielo de Ixtaltepec. Los profundos azules de Chicapa, los rojos matorrales fosforescentes de Rancho Gubiña y sus brillantes guardianes amarillos. O de la flor del amanecer tendida sobre el púrpura de un Juchitán aborregado.

Que la fiesta tenga tantos momentos, tantas pausas, accelerandos, ritardandos y ad libitums, corresponde a la perfección con nuestra música. Que la virtud abigarrada de los seisillos adorne un hijo bastardo del fandango con su vaivén preciso de bella cortesana indígena mostrando el imperio común del neobarroco, me parece una correlación evidente. Y es lo que no se puede nombrar en otro idioma. La fiesta se dice a sí, se narra a sí, se vive a sí. Medios para su propia evolución y viaje cósmico. Cada ceremonia es una diáspora. No quiero justificar ni medrar el esfuerzo de las personas que hacen posible la fiesta. Pero esta sociedad parece haber evolucionado para hacernos prescindibles en la individualidad y perennes en colectivo.

Todo es mágico y simbólico. Nada es lo que ves ni lo que crees. Adoramos a santos católicos y a tótems prehispánicos. Nos aferramos al caparazón y a las bocinas “clase D”. Nos aferramos al vasto universo musical zapoteco, donde las versiones e instrumentos se mezclan, entre distintos materiales, autores, épocas y anónimos. Donde la ocasión reclama ensambles distintos. Donde la energía es un ente aparte, latente y canalizado por la multitud después del silencio primigenio.

Ya no hay más personas en este pedazo de tierra cotidiana. Rompe la formación una guitarra, toma lugar una historia sobre el muerto, sabe a iguana la noche que se incendia. Gimen los mezcales y lloran los manteles. Chirrían los consistentes cirios. Cruje la llama inmortal que se despide. Y un tapete de flores nos recibe desde el otro lado. Así, supongo, volvemos a este sitio. Porque la carne sólo es el medio para el renacer de la espora de un juchiteco.

TRES

Por si no ha quedado claro, el virtuosismo de los músicos istmeños es contundente. La razón, según un amigo, es que aprenden desde niños, a la sombra o bajo el cuidado de un maestro o banda. Ahí, adquieren los conocimientos técnicos y teóricos necesarios para desenvolverse en el instrumento musical de su preferencia (empezando, normalmente, por las percusiones en el ensamble de pitu nisiaba). A partir de ese momento comienzan a adquirir la “responsabilidad” de tocar en la banda y, aunque vayan “de oyentes”, la banda comienza a contar con ellos para las fiestas. Lo que se desprende de aquí es un “compromiso extendido” para con el pueblo, porque la tradición musical es vasta, así que la exigencia por la “impecabilidad” de la capacidad musical presiona a los aprendices a alcanzar un alto nivel en
poco tiempo.

En pocas palabras, un músico está destinado a serlo, aunque no se dedique exclusivamente a ello, pero se gana el estatus de “músico”, antes que ser, por ejemplo “licenciado”. Y el virtuosismo se refleja en capacidades como la de tocar diferentes instrumentos, recordar un amplio número de piezas y pasajes instrumentales complicados (como los distintos “zapateados” en los sones istmeños), la velocidad y, la más imponente de todas, la improvisación.

En palabras de mi amigo, gracias a que uno crece dentro de “la música” −con la posibilidad de que se convierta en un trabajo formal− existen los recursos económicos y sociales para desarrollar la habilidad para improvisar y “tocar de oído”. La capacidad de inventar notas al momento sobre una progresión de acordes y un patrón rítmico requiere la suma de todas las habilidades musicales juntas; implica la composición, el dominio total del instrumento y el conocimiento de la armonía. Así que no sólo es ya de por sí impresionante presenciar la banda tocando un son istmeño o una marcha fúnebre, todas las ceremonias zapotecas en general resultan verdaderos conciertos de música de improvisación (o jazz) del más alto nivel.

Lo que resulta de vivir en la música es que existen “linajes”, orígenes. Los músicos del Istmo de Tehuantepec “heredan” ciertos repertorios, ciertas formas de resolver las diferentes peripecias que ocurren dentro del oficio. Aprender a resolver problemas con los instrumentos, con el equipo de sonido, mantener unido al grupo… Los músicos se enorgullecen de haber formado parte de diferentes grupos y haber tenido diferentes maestros, a quienes reconocen y respetan. La pregunta obligada para cuando se quiere conocer a alguien en zapoteco es: ¿de quién eres hijo?, algo similar ocurre en la música.

Los días que llevo tocando con la banda han sido intensos, nunca aburridos y siempre reveladores. Me queda claro que hay que estar en la música desde niño. Es un repertorio amplio, las canciones son complejas y las improvisaciones (que, podría decir, es mi principal aspiración) tienen un feeling exquisito. Digo que sí a todas las presentaciones y formatos, y participo en “tequios” como todos los músicos. Me falta mucho por aprender. Pero estar en la música es estar al borde de lo inesperado.

Las emociones y los sentidos están más despiertos que nunca. Y me parece que improvisar es una ensoñación-lúcida-colectiva. Como cuando
fuimos a una toreada y el animal más rudo y grande rompió las trancas donde lo habían amarrado. Corrieron a detenerlo con lazos y puyas y lograron contenerlo. Entonces descubrí que así se toca en el Istmo: con el corazón salvaje y la batalla contra los lazos y puyas mentales. Nunca más contener a la bestia. Dejar ser a esa indómita columna de aire. La mente con su luz logrará aplacarla para el regocijo de los asistentes.

*Amilcar Meneses (1988) nació en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. Es egresado de la escuela de escritores de la SOGEM y licenciado en tecnología educativa por la UNID. Propedéutico (trunco) en etnomusicología en la ENM (ahora facultad de música) de la UNAM. Músico y productor. Produjo el álbum Ladxiduá del fallecido rapero binnizáa Rosty Bazendu, primer álbum de rap zapoteca. Ha musicalizado obras de teatro y cortometrajes como Ra Yoo, Tremor y El huipil que oculta.

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