Ferrocarriles y zeitgeist: la luz al final del túnel

- David Cisneros - Sunday, 25 Oct 2026 12:47 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
El ferrocarril es un medio de transporte de enorme eficacia, pero también de gran trascendencia ecónómica e incluso política, desde la Revolución Industrial hasta nuestros días en su versión de tren bala. Asimismo, es un artefacto lleno de matices que ha estimulado el pensamiento y la imaginación en la literatura y el arte.

 

Los trenes fueron el invento que realmente nos llevó a la modernidad. Heraldo del progreso por venir, caldera con ruedas, la máquina de vapor utilizó la recién comprendida potencia motriz que se puede extraer fuego para iniciar la que ahora llamamos Revolución Industrial.

Con los trenes, la trama en la que está atrapada la humanidad del aquí-allá-arriba-abajo, el ahora-antes-mañana, se modificó para siempre, reduciéndose las distancias y permitiendo un verdadero intercambio global de gente, información, mercancías. Los trenes trajeron, además, la medición exacta del tiempo, necesaria para que los horarios de llegada y salida cada vez más numerosos pudieran sincronizarse, origen del Tiempo Universal Coordinado (o UTC) que hoy nos rige. No por nada, en su obra Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento (donde postula la Relatividad Especial), uno de los experimentos mentales que Einstein utiliza es el de dos observadores: uno a bordo del tren y otro en el terraplén.

Pero la caldera con ruedas requería de un camino de fierro donde correr (Chemin de fer, como lo llaman en francés) y así, miles de kilómetros de vías fueron tendidos sobre la superficie de la tierra; líneas paralelas que parecen unirse en el horizonte pero nunca se interceptan, en estricto apego al quinto postulado de Euclides. Por todo esto, uno puede afirmar que los ferrocarriles permitieron la creación del primer Spiritus Mundi (o el Zeitgeist) que vivimos.

Los trenes representan una especie de inevitabilidad: sales de una estación y el destino es siempre otra estación, no hay retornos o desviaciones, carriles de salida a los suburbios; no es como en un auto, que puedes ir puebleando en el camino.
E
n un tren te subes porque sabes que lleva un rumbo fijo, pagas por ir de un punto a otro de la geografía. Origen y Destino. En ese sentido, se parecen al viaje de la vida, a cuya estación terminal todos nos dirigimos. Es curioso que, en Italia, utilicen la palabra binario, que significa “conjunto de dos”, para referirse a las vías o andén donde se estaciona el tren que debe tomar el viajero (Origen-Destino).

En nuestro país, la Revolución Mexicana fue ganada en trenes, lo que no evitó la posterior represión de la que fue objeto el movimiento ferrocarrilero (antes del ’68 hubo el ’59). Pero incluso antes ya se habían favorecido nuevos modos de transporte con nuevas tecnologías, dejando a los Ferrocarriles Nacionales y el transporte de pasajeros languidecer, mientras en otros países los trenes de pasaje no han perdido vigencia, a pesar del automóvil y el autobús.

El arte es, quizás, de los primeros en definir, o denunciar, ese zeitgeist. Es en un poema de Yeats (“The Second Coming”) donde revive la antigua noción de Spiritus Mundi. Ejemplos de narrativa sobre trenes desde distintas perspectivas hay muchos: Los viajeros en el tren (“Tranvía” de Andrea Boconi, “La salida del tren” de Clarice Lispector o “El tren” de Flannery O’Connor), los que se quedan en la estación (“Los trenes fantasmas” de Francisco Rodríguez Criado y “El último tren” de Fredric Brown), los que viven cerca de las vías (“El tren ha silbado” de Luigi Pirandello) y los personajes que trabajan en ellas (como en “El guardavías” de Dickens o “El guardagujas” de Arreola), de trenes que desaparecen... (“Un metropolitano llamado Moebius”, de A.J. Deutsch).

Pero la anécdota que da título a esta reflexión viene de una crónica que Vyvyan Holland hace en “Hijo de Oscar Wilde”. Rumbo al exilio en Suiza, la familia de Wilde –su esposa Constance e hijos Cyril, de diez años, y Vyvyan, de nueve– viajaba en tren y Vyvyan narra la experiencia traumática que le provocó cruzar un largo túnel en medio de los Alpes. El tren detenía su marcha antes de cruzar el túnel; entonces, los empleados ferroviarios recorrían el convoy, cerciorándose de que todas las ventanas estuvieran bien cerradas y evitar que el humo de la locomotora ahogara a los pasajeros al cruzar el kilométrico tramo bajo el cerro (estamos hablando de que era una máquina de vapor que quemaba carbón, pues M. Rudolf Diesel apenas acababa de patentar la suya).

Entonces el tren reanudaba su camino lentamente, rompiendo la inercia, cruzando la oscuridad del túnel. Los pasajeros sólo podían vislumbrar volutas de negro humo afuera y sentir en la penumbra el chirrido de las ruedas, el traqueteo de los durmientes, amplificado por el conducto cavado en las entrañas de monte. Uno puede figurarse el rostro tiznado del conductor, aguantando la respiración lo más posible bajo el icónico pañuelo de ferrocarrilero, tratando de vislumbrar la salida... Se podría aventurar la teoría de que la frase “la luz al final del túnel” debe haber sido acuñada por un conductor.

Pero ¿puede ser que la luz que percibimos al final del túnel tenga un significado binario y bien sea la salida al otro lado, a un paisaje luminoso de un viaje que continúa, o la luz de un tren en sentido contrario que viene a nuestro desastrado encuentro final?

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