Esplendor y ocaso de Playboy

- Alejandro Badillo - Sunday, 25 Oct 2026 12:38 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La famosa revista Playboy, fundada por Hugh Hefner (1926-2017) marcó una época en el mundo occidental, patriarcal, blanco y estadunidenese. Este artículo apunta algunas de las razones del éxito y decandencia de la imagen y los objetivos de la revista editada en el siglo pasado.

 

El 27 de septiembre de 2017 murió, a los noventa y un años, Hugh Hefner, fundador de la revista Playboy. Desde 1953, cuando llevó a Marilyn Monroe en la portada, Playboy se expandió hasta abarcar nuevos formatos que transformaron el ecosistema mediático con el paso de las décadas. Más allá de las ganancias económicas, la influencia de Playboy fue cultural, considerando que, cuando apareció en el mercado, aún no existía la contracultura de los sesenta, la revolución sexual y Estados Unidos consolidaba su hegemonía después de la segunda guerra mundial. Hefner desapareció del ojo público los últimos años de su vida, pero su leyenda seguía presente, sobre todo en un siglo marcado por la nostalgia.

A pesar de que Playboy sigue publicando en papel mujeres desnudas, su influencia en el mundo del mercado erótico no es la misma de antes. Con la llegada de internet, el llamado contenido explícito se difunde en cantidades masivas y casi sin restricciones. El tabú de mirar el cuerpo femenino en las páginas de una revista reservada sólo para adultos es de un pasado remoto. Por otro lado, las publicaciones tradicionales han tenido que transformar su modelo de negocio. Mientras vendía millones de ejemplares en los setenta, Playboy expandía el negocio a clubes privados, casinos y hoteles. También incursionó en la televisión por cable y en los reality shows con el programa Girls of the Playboy Mansion cuya última emisión fue en 2010. Sin embargo, la sociedad global obsesionada por lo explícito, la hiperrealidad y lo instantáneo ha convertido a Playboy en un objeto perteneciente a la nostalgia. Las fotografías y los textos –algunos de afamados escritores como Ray Bradbury– son una ventana a una era anterior a la tecnología digital, en la que los consumidores eran propietarios únicos de los productos de entretenimiento y no personas al otro lado de la pantalla rentando las fantasías que ofrecen las megacorporaciones de nuestro siglo.

Más allá de la nostalgia, es interesante analizar la ideología vendida por Hefner y los cambios sociales que ocurrieron durante la segunda mitad del siglo XX. Playboy fue un pionero en la mercantilización del sexo y el cuerpo femenino. Atrás de esa fachada –criticada por la segunda ola del feminismo que analizó la representación de la mujer en los medios– se propone una visión del mundo y del papel del hombre estadunidense blanco y de clase media; un ciudadano moderno que rompiera los rígidos moldes puritanos heredados por sus ancestros. Hefner, al inicio de su proyecto, combinó la provocación –la polémica como instrumento de visibilidad y venta, con la proyección de su vida privada para construir un personaje acorde con una época en la que el mercado capitalista buscaba nuevos nichos para explotar. Quizás un elemento importante en las páginas de Playboy es la idea del consumidor-voyeur que, por medio de la mirada, es capaz de internarse en un escenario prohibido y apoderarse –gracias a la fantasía– de lo que se le muestra, en particular una mujer, la girl next door que es sorprendida en un espacio íntimo en el que se pueden encontrar –al menos en la primera época de la revista– objetos masculinos (una corbata, una pipa, unos pantalones) para que el espectador complete la ilusión en su cabeza. La idea del voyeur quedó patente desde la primera incursión de Hefner en la televisión con el programa Playboy’s Penthouse –emitido desde 1959 hasta 1961– en el que una cámara imita la perspectiva de un invitado que sube por un elevador e irrumpe en medio de una fiesta en el departamento de lujo ubicado en Chicago. Hefner baila con una mujer y da la bienvenida al personaje anónimo que es, por supuesto, el hombre al otro lado de la televisión. El creador de Playboy estudió psicología, al igual que otros personajes que revolucionaron la cultura sexual de la época, como Timothy Leary, quien también fue pionero en el uso e investigación de sustancias psicodélicas. El auge de la experimentación conductual y la normalización de lo “políticamente incorrecto” de los sesenta fue capitalizado por la sociedad de consumo como describe el periodista Thomas Frank en La conquista de lo cool. El negocio de la cultura y la contracultura y el nacimiento del consumismo moderno. Si anteriormente las buenas costumbres y la funcionalidad de un producto bastaban para competir en el mercado, ahora la seducción y el rompimiento del tabú eran la clave.

La heterotopía de Hugh Hefner

La emblemática mansión Playboy –hogar de Hugh Hefner cuando se mudó a Los Ángeles en 1975– es un pilar fundamental de las fantasías que vendió la marca hasta el inicio de la era del streaming y la hipersexualización que volvió obsoleto el escenario voyerista que insinuaba sin revelar del todo. Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría del filósofo Paul B. Preciado, aborda la figura de Hefner y de su teatro de ilusiones a partir de la arquitectura, los espacios personales, la vigilancia, el aislamiento y la creación de una heterotopía, concepto acuñado por Michel Foucault que describe espacios que contradicen, cuestionan y alteran momentáneamente la normalidad. La mansión Playboy es una isla exclusiva construida en los suburbios cuando la ciudad se extiende y se apodera de nuevos territorios gracias al automóvil y la infraestructura a su servicio. En el medio de la paranoia de la Guerra Fría, el bunker de Hefner es la materialización de varias fantasías que, en ocasiones, se contradicen: la exclusividad de un club privado con mujeres que usan orejas y rabo de conejo con la obsesión de mostrar a los medios –y, por supuesto, en las páginas de la revista– la vida del Playboy que no necesita del mundo exterior. La famosa cama giratoria en donde trabajaba Hefner se vuelve –como puntualiza Preciado– un fetiche tecnológico, al igual que las películas de James Bond, un referente ineludible de la masculinidad de aquellos años. La cama es, por supuesto, sólo uno de los muchos aparatos que sirven para documentar lo que ocurre en la mansión que es, al mismo tiempo, un lugar de diversión, de trabajo y una suerte de internado para las Playboy Bunnies, jóvenes sometidas a un riguroso entrenamiento para después integrarse al paraíso masculino.

Con el paso de las décadas, la seductora ambigüedad propia del conejo –su fecundidad, levedad y promiscuidad– se integró a la memoria cultural que nos legó el siglo XX. Generaciones enteras conocieron a Hefner no como un vibrante soltero, sino como un hombre en el declive de su vida. El ocaso de Playboy coincide, también, con el colapso del hombre que modeló el patriarca en las páginas de su revista. El auge de la ultraderecha a nivel global promueve y explota a un hombre aislado tras una pantalla que ve en la mujer no un objeto de conquista, algo que debe integrarse a su dominio, sino un enemigo a violentar y destruir. El hombre deprimido está muy lejos de las problemáticas aspiraciones eróticas de antaño que siguieron encarcelando a la mujer a pesar del discurso de libertad que rodeaba al mundo Playboy. A pesar de esto, el medio fundado por Hefner aún hace guiños a las guerras culturales de antaño, cuando su relevancia era mayor. Quizás pasó desapercibido, pero mientras la guerra entre Irán y Estados Unidos se extiende –en septiembre de este año para ser precisos– la revista escogió como Playmate del mes a la modelo iraní Luna Piombanti. Lejos de su país, declaró en la entrevista que acompaña al número: “Estar desnuda es realmente natural, me sale natural. Pero es una paradoja para los que viven en Irán.”

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