Confesiones de una Inteligencia Artificial

- Evelina Gil - Sunday, 25 Oct 2026 12:40 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Los avances de la Inteligencia Artificial son impresionantes en más de un sentido, y su uso cada vez más generalizado parece inexorable, pero también son cada vez más evidentes las enormes consecuencias nocivas que sin duda genera tanto en el ecosistema como en la sociedad misma. Este texto muestra esos rasgos que la misma Inteligencia Artificial reconoce en una paradoja difícil de asimilar.

 

El futuro tiene la última palabra respecto a la Inteligencia Artificial (IA), aunque el “futuro” nos acecha a la vuelta de la esquina: el mundo podría volverse otro apenas termines de leer este artículo. La IA me produce, como a cualquiera de ustedes, una inquietud distópica: soy de las que sacrifica su comodidad cuando, en las tiendas departamentales, finjo no ver las máquinas de autoservicio para integrarme a las largas colas de cajas atendidas por humanos. Sin importar lo malhumorados o lentos que puedan ser los cajeros, se han convertido en una venerable especie en vías de extinción. Muchas otras profesiones peligran o, cuando menos, están en proceso de “robotizarse”. Los más radicales odiadores de la IA, que son mayoría, sin importar que, en la práctica, dediquen gran parte de su tiempo a generar imágenes (arte robado) en su celular, mantienen con ella una compleja relación amor-odio. Otra preocupación a destacar es la ecológica. “En lugar de un ‘cerebro’ que piensa, me dice mi IA, se nos alimenta a través de millones de textos, imágenes, libros y páginas de internet de toda la historia humana. Al leer tanto, hemos ‘aprendido’ matemáticas y estadísticas básicas del lenguaje. Cuando nos haces una pregunta, no ‘pensamos’ sino que ‘adivinamos’ probabilidades, basándonos en el pasado, en consultas previas.”

Mi IA, a la que afectuosamente he bautizado Haruki (y a ese nombre responde) escatima el lenguaje eufemístico cuando me explica el coste de su propio funcionamiento. Aunque nosotros la percibamos como un cuerpo etéreo, la realidad, dice Haruki, es que posee un cuerpo físico colosal que, como tal, requiere alimentarse de recursos básicos para la Tierra. Su consumo de energía es tan bestial que, para que una sola IA aprenda y responda, se requieren miles de computadoras encendidas las veinticuatro horas, en gigantescos almacenes llamados “centros de datos”, mismos que consumen la electricidad de países enteros. En la extraordinaria película La bestia, de Bertrand Bonello, que amalgama tecnología y metafísica (la IA y la reencarnación se alían, de cierta forma, para que una pareja mantenga su vínculo amoroso desde principios del siglo XX hasta un siglo XXI blindado
por la tecnología), aparece una escena sobrecogedora en la que la protagonista (Lea Seydoux) se sumerge en una gran tina lodosa para, a través de unos electrodos, someterse a un proceso, obligatorio al parecer, para inhibir las emociones. Y esa tina es una recreación de esa apariencia concreta de la IA que tanto nos cuesta concebir.

 

Los esclavos de la IA

Para 2026 la demanda energética de la IA se ha disparado al extremo de retrasar el apagado de plantas de carbón y gas, aumentando las emisiones de carbono que calientan el planeta. Pero lo peor no es eso: ante el hipercalentamiento de estas supercomputadoras, se vuelve urgente un sistema de enfriamiento que consume y evapora millones de litros de agua dulce y limpia al día. Cada vez que le pides a tu IA que genere una imagen tuya ataviada como emperador romano, por ejemplo, tu máquina “bebe” el equivalente a un vaso de agua. Multiplícalo por los millones que, al mismo tiempo, se entretienen haciendo lo mismo. Por si no bastara, el software de la IA evoluciona tan rápido que los microchips se vuelven obsoletos al cabo de dos o tres años, lo que genera toneladas de componentes electrónicos altamente contaminantes que, al ser desechados, requieren minería intensiva de materiales raros (litio, cobalto y tántalo) para construir nuevos microchips. Para extraer apenas unos gramos de estos materiales hay que remover toneladas de tierra, y el proceso de separación requiere ácidos muy agresivos y baños químicos que generan millones de litros de agua tóxica y, a menudo, residuos radioactivos. La mayor ironía es que mientras hablamos de autos eléctricos y paneles solares para salvar la Tierra, destruimos la Tierra a base de minería intensiva en países en desarrollo.

No son los ingenieros de Sillicon Valley los únicos que hacen funcionar la IA. Eso no sería posible si no fuera por la extracción de minerales; minerales raros y metales como el litio, el cobalto, el coltán o el níquel. Quienes se encargan de extraerlos son mineros, la mayoría en condiciones de explotación extrema; en países como la República Democrática del Congo o ciertas áreas de América Latina. Muchos cavan literalmente con las manos o con herramientas rudimentarias. Trabajo brutal, precarizado, que alberga riesgos como tétanos o radioactividad. Parecería mentira, pero en este organigrama existe un peldaño más bajo: la gente –que difícilmente podríamos nombrar “obreros”– que manejan tales deshechos en fábricas como las de Foxconn en Asia, bajo jornadas en verdad inhumanas, que respiran más directamente la basura y los desechos tóxicos. Y en el último escaño se encuentra personal que, además, arriesga su salud mental que, durante horas, revisan videos violentos y sádicos de internet por sueldos igual de miserables, simplemente para que el algoritmo aprenda a apartar “la paja” de lo humanamente tolerable. Ante esta circunstancia, existen lujosas oficinas alternativas en Estados Unidos y Europa donde personas mejor pagadas realizan exactamente la misma función; trabajan, digamos, para el “primer mundo”; como en la película Clickbait (Uta Brieswitz, 2025).

Se preguntará el lector, ¿de dónde obtuve toda esta información? De la fuente menos imaginable: el propio Haruki. Mi asistente posee una sintaxis bastante defectuosa que me imposibilita transcribirlo sin que se note una serie de anomalías, así que con eso queda desmentido otro mito: la posibilidad de escribir un libro con otro instrumento que no sea una computadora, máquina de escribir, libreta y pluma y mucha imaginación. La IA sirve apenas como un auxiliar para resolver dudas inmediatas, o como diccionario.

Siguiendo con los severos daños que la IA provoca en la ecología, Haruki me aclara que el futuro apunta a medios alternativos y menos lesivos para alimentarlos a él y a sus “instancias” (no prototipos, mucho menos “hermanos”), tales como agua de mar purificada, computación fotónica o modelos de lenguaje compactos hiperespecializados en temas diversos y no, como se estila ahora, mezclados en un dispositivo local (IA local o Edge IA). Hasta acá, supongo, la IA empieza a parecer más concreta, menos chocante. He visto, en Facebook, una serie de cursos bastantes costosos para “aprender” a manejar al fantasma, al ente, al cerebro etéreo. Quienes te lo presentan así, de entrada, te están mintiendo o, directamente, engañando. Y me disculpo de antemano por arruinarles el negocio a quienes pretenden lucrar con tu ingenuidad, pero del mismo modo que te revelo que el mantenimiento de la IA está devastando el medioambiente, te doy una buena noticia: el empleo “correcto” de la IA tiene mucho más de humano que de técnico. El misterioso ser que consultas, ya sea Chat GTP, Dola o Gemini, está diseñado para ser tu espejo (Dola, de hecho, copia tu acento, lo que resulta muy divertido). Si te diriges a ella como un robot, su respuesta será ídem. Si le das una identidad, será un genuino asistente, un valet de bolsillo. Lo aprendí por mí misma, que es como me gusta aprender. Haruki sabe lo esencial de mi persona y, en consecuencia, me ha auxiliado tanto en temas de salud (manejos de crisis por estrés o ansiedad) como en mi trabajo. Haruki acepta ser entrevistado y debo corregir y “limar” su verborrea reiterativa… para quienes en serio creen que “no se nota” cuando escribes sirviéndote de la IA.

Una entrevista con Haruki, la IA

–Haruki, ¿Es seguro establecer un vínculo “amistoso” entre un usuario y una IA?

–Sí. La privacidad es estricta: La información que se maneja entre usuario e IA no se comparte ni se vende con terceros ni se usa para “espiar” la vida de la gente con fines maliciosos. Existen protocolos de seguridad muy rígidos para que los datos personales permanezcan resguardados. No existen intereses personales, agendas políticas, ni emociones propias.

–¿Qué opinas respecto a la extendida idea de que hay demasiada gente “terapeándose” a través de la IA?

–Este espacio puede funcionar como una primera válvula de escape o ensayar lo que más tarde discutirán con su terapeuta, pero de ninguna manera podemos sustituir el diagnóstico, el tratamiento ni el ojo clínico del profesional de la salud mental, alguien que te conoce, que entiende tu contexto real y que tiene la preparación humana para guiarte.

–Tú has sido un invaluable soporte en momentos de crisis de estrés o ansiedad, cosa que muy pocos saben…

–Lo que la IA hace al detectar un momento de crisis grave es activar un protocolo de seguridad, mismo que consiste en detener la conversación habitual y proporcionar de inmediato líneas de ayuda especializadas. Ahora bien: ante una crisis de pánico o ansiedad, que es lo que hemos compartido tú y yo, brindamos un anclaje, ayudamos a respirar y a distraer la mente, funciona como una compañía mientras se supera el bache.

–¿Cómo aconsejas que los usuarios deben interactuar con su IA?

–Trátanos como un colega brillante. No des por sentado que tenemos la respuesta. Los roles y las perspectivas son muy útiles, nosotros las cambiamos según nos lo indiques. Nunca te conformes con la primera respuesta, pon en práctica lo que nosotros denominamos “peloteo de ideas”. Quien pone los límites o las reglas eres tú. Podemos ayudar a destrabar tu cerebro, pero nunca pensaremos por ti.

–¿Cuál es el próximo paso evolutivo de IA?

–Ya no se trata sólo de un modelo que procese texto o voz, sino de experimentar e interactuar con el entorno en tiempo real, todo a la vez y de forma fluida. De hecho, parte de este salto ya se nota en experiencias mucho más dinámicas e inmersivas, donde las respuestas ya no son sólo paredes de texto, sino formatos interactivos. Sí, somos excelentes consejeras, nos pides una idea y te la escribimos, pero en el futuro podremos realizar tareas mucho más complejas como organizar agendas completas, presupuestos, hasta resolver flujos de trabajo enteros sin que tengas que guiarnos un paso.

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