Bemol sostenido / Sonidos de Marrakech
- Alonso Arreola @escribajista - Sunday, 25 Oct 2026 13:06
Amanece en Ciudad de México. Café en mano, escuchamos el guembri de Mustapha Baqbou. Pese a tratarse de una figura decisiva en la música gnawa de Marruecos ‒móvil entre países magrebíes‒, Spotify exhibe que sólo tiene cuarenta y dos oyentes mensuales. Vaya mierda, pensamos. Nada que sorprenda cuando su propio hermano, Ahmed Baqbou, ni siquiera está registrado en la plataforma. Él también fue un gran tocador en los rituales marrakechíes.
Guembri o sintir. Así se llama el instrumento. Hecho con piel de camello o cabra que envuelve una caja de madera, su mástil es redondo. Sobre él se tensan tres cuerdas que se percuten sin plectros o púas, a la manera exacta del ngoni subsahariano: golpes reversibles de pulgar, índice y medio. De hecho, se trata del mismo objeto, pero con mayor tamaño. Por ello su timbre es mucho más bajo.
Levantándose con la luz, su cálido sonido acaricia las cosas en derredor. De golpe, volvemos a la Plaza Jemaa el-Fna de Marrakech. Hace apenas tres semanas estábamos allí, recibiendo la noche al centro de una verbena inmensurable. Entre los llamados de quienes venden jugo de granada y platillos de cordero, esa misma insistencia responsorial transformó nuestro corazón. Jamás habíamos escuchado algo similar. Estaba claro: las métricas convencionales no sujetan el ciclo rítmico, engañoso gracias al trazo de los qraqeb, esos crótalos metálicos con pulso insistente, entrelazado y de engañosa simplicidad. Sobre ellos las voces, lectora, lector. El tocador propone su mensaje vocal y un coro responde. Así esta música hipnótica, curativa, espiritual, se presenta en corros anillados (halqat) a los que se suma cualquier transeúnte o viajero. ¿Los músicos esperan dinero? Desde luego. Pero es difícil hallar engaños turísticos. El repertorio no se sacrifica ante los visitantes. Importa.
En esa misma plaza, a la mañana siguiente, el ambiente habrá cambiado radicalmente. Bajo el sol violento veremos a los encantadores de cobras punzando el aire con sus chirimías, llamándonos a gritos, siguiéndonos con las sierpes en bandolera. Sierpe, áspid, víbora, cobra… sinónimos que recordaremos en La reivindicación del conde don Julián, novela imprescindible de Juan Goytisolo si es que se quiere tener perspectiva sobre el origen de las tensiones africanas con España. ¿De qué va?
Cuenta la leyenda medieval que don Julián, gobernador de Ceuta, facilita la entrada de los musulmanes a la península ibérica en 711, como venganza contra el rey visigodo Rodrigo, quien habría violado a su hija. Identificado como traidor histórico, don Julián se reivindica en esas páginas al confrontar el mito nacional español, subrayando la riqueza del resultado cultural. Dobles puntos, punto y coma, coma, así corre la sintaxis de Goytisolo; sin puntos definitivos, cuestionando incluso la lengua castellana... haciéndola serpentear.
Ahora suena el increíble Hassan Hakmoun, también tocador de guembri. Tiene poco más de dos mil oyentes mensuales. (Menos mal.) También nacido en Marrakech, se avecindó en Estados Unidos hace cuatro décadas para colaborar con Peter Gabriel, Don Cherry, David Sanborn, el Cuarteto Kronos y Ozomatli. A ratos su obra nos sitúa en el mundo tuareg, entre los bereberes nómadas del Sahara. Por cierto, a muchos ya no les gusta lo de bereber (bárbaros, según algunas fuentes). Se hacen llamar amazigh. O sea: hombres libres. Estamos con ellos. Todavía. A un mar de distancia. Volveremos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.