Anécdotas / “Día de la raza”: Unamuno vs. Vasconcelos
- Beatriz Gutiérrez Müller - Sunday, 25 Oct 2026 12:55
Mucho reconocemos en don José Vasconcelos al revolucionario maderista; a un abogado inteligente; a un hombre de letras; a un anticipado a muchos sobre lo medular que es para un país la educación pública y, especialmente, por su obra Ulises criollo. Sin embargo, de cuando en cuando, estimada doña Clofis, una se va de espaldas cuando se entera de ciertas decisiones o creencias (políticas y espirituales) que fue tomando, en particular, hacia el final de su vida.
Por ejemplo, ¡lea nada más! Hace noventa y ocho años, viviendo en el exilio en Estados Unidos, don José se pronunció por que el 12 de octubre conmemorásemos el “Día de la Raza”. Por estas averiguaciones caí en los inicios del siglo XVIII, cuando el científico Carl Linneo, al que llaman “padre de la taxonomía”, dio a conocer un estudio sobre las variedades del hombre que, con el transcurrir
del tiempo, se convirtieron en dogmas científicos para justificar barbaridad y media: los hombres y mujeres son cuadrúpedos y los hay colorados (Americanus rubescens); blancos (Europeaus albus); amarillos (Asiaticus fuscus) y negros (Africanus niger). Con detractores incluso, la propuesta dio cabida al racismo científico moderno. Don Carl, dicho sea de paso, nunca les llamó “razas” pero éstas nacieron con su estudio y así se justificó la supremacía blanca.
Pues bien, le contaba del “Día de la raza”, el cual había emergido, a su vez, por iniciativa de la Unión Ibero-Americana, en 1915. Y Vasconcelos, trece años después, la secundaba con el mismo fin: honrar la proeza de Colón y “exteriorizar la intimidad espiritual existente entre la Nación descubridora y civilizadora y las formadas en el suelo americano”. Primero, Venustiano Carranza lo denominó así en 1917 y luego, en 1929, el presidente Emilio Portes Gil lo oficializó en el calendario como “fiesta nacional”.
Pero no todos en Europa creían en el iberoamericanismo planteado así. Años antes, don Miguel de Unamuno escribió que si bien España había traído a América un patrimonio cultural como el lingüístico (lengua española), espiritual (cristianismo) y cultural (costumbres, alimentos), ese depósito no era inamovible ni inmueble sino “comunal”: “lo disfrutamos en común con las naciones americanas hermanas –no hijas– de lengua de la nuestra”. Estaba en total desacuerdo con el festejo cívico. En “La hermandad hispánica” (Nuevo Mundo, Madrid, 18/V/1917) se solidarizaba con el “antiespañolismo” que
se manifestaba en América: millones de americanos “no toleran que pretendamos erigirnos en sus maestros […]. El iberoamericanismo languidece y hasta se amojama, sino es que se pudre, por nuestro necio achaque de pretender ir a enseñarles lo que saben tan bien o mejor que nosotros, y el otro achaque no menos necio de no querer enterarnos de lo que allí se hace”.
Vaya, vaya. Lo bueno es que ya no hay raza que festejar el 12 de octubre en México. Resta, amiga mía, seguir averiguando cómo se construyó y
legitimó un acervo pseudocientífico que ha admitido una siniestra
tradición supremacista por más
de trescientos años.