Biblioteca fantasma / Fábula roja

- Evelina Gil - Sunday, 18 Oct 2026 00:14 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Él y ella conforman una pareja entre treinta y cuarenta años de edad que, por motivos que se aclararán más adelante, han optado por mudarse a un lugar tranquilo, medio despoblado; una cabaña próxima a una granja que les permitirá generar su propio sustento. Un río áureo y cristalino. Un bosque epicúreo. La posibilidad de deambular como Adán y Eva y dejarse adorar por un sol gentil. Suena a luna de miel o a reconciliación perpetua. Así comienza la más reciente novela de Gabriela Jáuregui, Zorra (Sexto Piso, México, 2026), que me hizo pensar, acaso impactada por su libro de cuentos La memoria de las cosas (2015), en su asombrosa capacidad de darle voz y alma a objetos inanimados. Esta vez propicia un agitado diálogo entre humanos y naturaleza. El asunto va adquiriendo visos cada vez más comprometidos que impiden darle tregua a la lectura, por delirante que sea.

A diferencia de las obras previas de Jáuregui, esta es muy, muy física. A fin de cuentas, los seres humanos también somos fieras, y una serie de circunstancias extrae de estos personajes un apetito superlativo, pese a que la intención original parece exactamente la contraria: huir de lo que pareciera un caos, cuya esencia no se explica, pero se intuye; caos que ha vuelto invivible la metrópoli. Escasez, hambre, violencia. Él, pintor, llevará a cabo ese sueño de explorar la naturaleza y plasmarla en su arte. De ella sabemos menos, excepto que es una lectora inscrita a un club que le hace llegar títulos de literatura clásica. Ambos participan activamente no sólo en la sobrevivencia, sino en crear un escenario idílico, lleno de paz y donde no falte
lo indispensable. Y eso incluye al amor.

No sería exacto decir que Zorra da una brusca voltereta, porque casi desde las primeras líneas se intuye una tercera presencia. Ella advierte que algo o alguien está invadiendo su territorio y opta por hacerse de un rifle. Tanto su imaginación como ciertos eventos la hacen suponer que se trata de una zorra, aunque bien podría tratarse de otra especie animal. Hace su aparición entonces ese personaje que por regla casi general lleva la encomienda de alterar la paz, alguien que tampoco tiene nombre y a quien se alude como “la visitante”. Una mujer joven, posiblemente mucho más que
ellos. Afirma ser nieta del antiguo propietario de
l terreno y, al parecer, viene huyendo del incremento de la crisis que ha llevado a la pareja a buscar un refugio apartado de la modernidad. A partir de este momento la historia vira drásticamente. Ya no es la búsqueda de un paraíso terrenal, sino sucesos concatenados que nos refieren a un horror que mezcla lo sobrenatural con lo distópico. Jáuregui ha desarrollado una gracia en extremo sutil que no permite al lector percatarse de lo que sucede, por obvio que parezca el filo de las tijeras. Nos mantiene en vilo, aguardando algo que ya está sucediendo o sucedió desde el principio y, muy importante, evita la zona de lo predecible: “La zorra es quien roba el fuego para regalarlo y también es quien atrae a las personas al infierno, engañándolas. No lo sabe, pero se siente así. Atraída, agradecida, desquiciada, ¿adicta?”

Los personajes carecen de nombre, pero su comparecencia y su estar son poderosos. Son un poco dioses. Jáuregui, experta en conciliar lo inanimado y lo animado, en abordar la naturaleza en toda su belleza y atrocidad, demuestra aquí una faceta de pintora de lo humano, y no me refiero sólo a sus deleitosas descripciones de huesos bajo la piel, tonos de cabello y desplazamientos corporales y musculares, sino de lo más esencial que es la crueldad de los seres que se saben en riesgo, resueltos a sobrevivir lo mismo a una pandemia que a un vistoso ente que, igual, es una bestia que se alimenta de algo más que de gallinas. Es posible que Gabriela Jáuregui haya inventado el “horror sublime”, al tiempo que indaga en la animalidad más íntima de quienes se despojan de las caretas que exige una sociedad renegona de su propia abyección.

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