Bemol sostenido / Alejandro Sanz, el musical

- Alonso Arreola @escribajista - Sunday, 18 Oct 2026 00:15 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

 

Conocemos a Alejandro Sanz desde hace veintiséis años. Es, de hecho, un gran amigo. En muy diferentes contextos hemos compartido escenario, pan y vino. Empero, pese a publicar entrevistas o reseñas con y sobre él en otros tiempos, nunca le hemos dedicado palabras en esta columna. La razón: aguardábamos por “el momento adecuado”. Una torpeza que hoy corregimos con gran justificación: El alma al aire.

No hablamos del disco homónimo salido en 2000, sino del musical que tardó casi un lustro en pergeñarse para, finalmente, ver la luz en el teatro Coliseum de Madrid el pasado 30 de septiembre. Y allí estuvimos, primero nerviosos, luego sonrientes pues esta puesta, con enorme fortuna, nos dejó felizmente abatidos. Le compartimos los porqués, pensando que pronto pueda estrenarse en México.

Su historia es simple, efectiva. Se sitúa en un puerto pequeño de Andalucía, mientras el destino decide llamar al orden a través de un frenesí colectivo. Recordándonos lo que pasa con las comparsas y chirigotas en el Carnaval de Cádiz, el guion no pierde oportunidad para hacer guiños ‒en este caso ligeros‒ a la corrupción política, la gentrificación y el turismo rapaz. Sin embargo, importa decir que, aunque ello parece atrevido, la obra fluye luminosa entre la comedia y una cuádruple historia de amor, variopinta de verdad, dejando el resto para motor narrativo y contextual. Las canciones, entonces, ocupan el centro otorgándonos una nueva lectura de Sanz. Celebramos, entonces, la manera como se ven interrumpidas por los diálogos, sin solemnidad; cómo fueron arregladas para su nueva dotación teatral. También que los músicos estén a la vista, en los balcones del teatro y en el foso, aprovechando la intimidad y belleza del foro, cuyos frescos y arquitectura se integran naturalmente a la escena. Por supuesto, aplaudimos que se incluyan éxitos inapelables, pero sobre todo que aparezcan otros poco comunes en los conciertos y que, en ese entramado, adquieren una fuerza dramática harto distinta. Porque no es lo mismo escuchar al cantautor cabalgando sus creaciones más coreadas, que a actores materializando ilusiones que aguardaban pacientes por nuevos bríos.

Se trata, así, de un trabajo de gran calado, conseguido con la dedicación y el compromiso no sólo de Alejandro y de Álvaro Tato (dramaturgo), sino de un equipo londinense proveniente del West End más experimentado (dirección, arreglos, luces, vestuario), así como de histriones especialistas en danza contemporánea y lenguaje flamenco. El aliento onírico de la pieza entera, con todo ello, es relevante y efectivo. Verbigracia: el Levante, personaje lorquiano encarnado por la impresionante sevillana Inma la Carbonera, a quien se debe una tormenta inolvidable.

Con esto dicho, lectora, lector, debemos terminar la peculiar reseña. Nos toca estudiar la canción que tocaremos con Alejandro en unas cuantas horas, frente a unas cuantas personas, cobijados por su banda intimidante. Y de colofón una disculpa: asumimos que usted sabe quién es él o que, más aún, valora su cancionero. Lejos de los treinta millones de discos vendidos y de las dos docenas de Grammys; de las tres décadas girando y de los incontables proyectos en que se ha visto involucrado, podemos asegurarle que su arte es de gran altura. Quede como ejemplo El alma al aire (ahora sí hablamos del disco). Por favor, vaya y escúchelo. Ponga atención al duende lírico y a los valores rítmicos; a los arreglos armónicos y a los aciertos guitarrísticos (del gran Vicente Amigo). Deténgase en la interpretación vocal, aflamencada desde la finura de un pop que reta a la inteligencia. Ese es un Alejandro Sanz. Buen domingo. Buena semana.
Buenos sonidos.

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