Premio Excelencia en Letras de Humanidad 2026. Élmer Mendoza y la fuerza del lenguaje

- José Ángel Leyva - Saturday, 17 Oct 2026 23:54 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Con motivo del otorgamiento del Premio Excelencia en Letras de Humanidad 2026, que conceden la Cámara de Diputados y el Instituto Cervantes a Élmer Mendoza (Culiacán, Sinaloa, 1949), este artículo celebra con sobrada razón a un escritor que, entre otras cosas, “está empeñado en convencer a las autoridades de que apostar por la educación y la cultura es la vía regia para cambiar el rumbo de las conciencias, para desmontar la fantasía, la nefasta ilusión de poder y dinero”.

 

 

Élmer Mendoza recibe este año 2026 el Premio Excelencia en Letras de Humanidad, otorgado por la Cámara de Diputados y el Instituto Cervantes. Élmer es a todas luces merecedor de un reconocimiento nacional e internacional por su obra literaria y por su trayectoria como promotor de la lectura en Sinaloa, su estado. Ha pugnado por un cambio de mentalidad en la sociedad sinaloense, en la que ha dominado la imagen del éxito por la vía de la violencia y el crimen, la ostentación funeraria, la muerte joven, la música como catalizador de una narrativa de poder y de control, la apología del derroche y la banalidad, del machismo y el desprecio por la vida y la paz. Élmer propone un horizonte alternativo y promueve otro tipo de adicciones, como son la lecto-escritura, el pensamiento, una oferta cultural diversa con historia y porvenir. Aunque se le ha etiquetado como autor de narcoliteratura, la obra de Élmer se coloca más del lado de la novela negra y algunos de sus éxitos que abordan la temática criminal lo hacen no desde la apología del crimen, desde el oportunismo sangriento, sino desde el humor y el sarcasmo, pero sobre todo desde el compromiso literario.

En 1998, Élmer presentó en Culiacán mi libro Lectura del mundo nuevo, publicado por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Se trata de una obra de divulgación de la ciencia que, por iniciativa de Carlos Maciel, fue publicada en
dicha universidad y a instancias suyas fue lanzada en una feria del libro con la participación del historiador e intelectual Leonel Rodríguez Benítez y el propio Élmer. La razón fue porque Carlos argumentaba que además de escritor era ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el Instituto Politécnico Nacional. Alto, flaco, con la barba y la melena ensortijadas y salvajes, con su hablar arrastrado y fraterno, hacía sentir una complicidad alegremente provinciana. Élmer no era famoso, pero lo precedía el cariño de su gente y el reconocimiento por su libro de cuentos Trancapalanca, publicado por Difocur (1989).

Al año siguiente, la vida de Elmer Mendoza daría un giro espectacular cuando Tusquets publicó su primera novela, Un asesino solitario (1999), obra en la que el crimen organizado funge como telón de fondo y el sicario sale de su contexto local para recorrer mundo. Enseguida vendría una racha de éxitos que lo colocarían en la élite narrativa de México, América Latina y España. Dos años después de Un asesino solitario vino El amante de Janis Joplin (2001), con el que obtendría el Premio Fuentes Mares y sería un bestseller junto con el anterior. En 2004 y 2005
se sumarían Efecto tequila y Cóbraselo caro, ambos como unidad narrativa. Esa trilogía en la que los personajes son parte de la cultura sinaloense no representa una apología del crimen organizado, pero cuyo fondo es una realidad controlada por el narco.

Élmer está empeñado en convencer a las autoridades de que apostar por la educación y la cultura es la vía regia para cambiar el rumbo de las conciencias, para desmontar la fantasía, la nefasta ilusión de poder y dinero. Además, demostró que se podía ser un literato de primera línea sin tener que emigrar a la capital del país o al extranjero porque, como aconseja a sus alumnos y talleristas, a sus audiencias, “si quieren encontrar su lenguaje no busquen fuera; en la cuadra de su casa les aguardan muchas historias”. Hoy podemos visualizar a Juan José Rodríguez, en Mazatlán, Liliana Blum en Durango, Cristina Rivera Garza, en Matamoros-Houston, Antonio Ramos Revillas y Orfa Alarcón, en Monterrey, Fernanda Melchor, en Puebla y Veracruz, por mencionar algunos.

Voluntad, disciplina y lealtad
al oficio

He visto a Élmer comunicarse con grandes grupos de adolescentes, contarles aventuras del Zurdo Mendieta y de paso hablarles sobre cómo
se puede vivir sin drogas enganchándose a la lectura. En particular, lo recuerdo una vez en Chiapas durante la presentación de su novela El misterio de la orquídea calavera (Tusquets 2014). Se trata de una narrativa para jóvenes, una historia de enigmas detectivescos que se hunde en las entrañas surrealistas de Xilitla, donde Edward James construyó un sueño exótico y caprichoso, exuberante y fantasioso. Al día siguiente tuve la oportunidad de entrevistarlo para el programa radial Yo es otro, de Código 21.

En esa conversación, Élmer reconocía un cambio de ritmo e intención narrativa para captar el interés de un público joven, adolescente, encarnado en la figura de un personaje central, un muchacho sinaloense de dieciocho años, el Capi Garay, que va a buscar a su padre, secuestrado en San Luis Potosí. Un thriller en el que el protagonista juvenil narra sus aventuras en primera persona, con el fraseo corto de la mayoría de su edad, pues evita los enunciados largos y se expresa en un lenguaje poblado de muletillas y palabras comodín. Por otro lado, está la presencia de un personaje histórico que se va revelando a lo largo de la trama: Edward James, el surrealista y aristócrata inglés que levanta un jardín onírico en el seno de la Huasteca Potosina. El jardín escultórico, conocido como Las pozas, sirve de escenario a Mendoza para descubrir al lector este rincón del país, declarado Monumento Artístico de la Nación en 2012. Una estética arquitectónica basada en algo que concluye sin concluir, que abre camino hacia ninguna parte, que sugiere finales abiertos bajo un cielo raso.

En cierta ocasión, un periodista español le preguntaba a Élmer si sus novelas juveniles eran descansos para emprender obras de mayor calado. Él respondió que no, no era esa su forma de trabajar, eran tal vez modos diferentes de acometer el oficio, de trabajar sobre un proyecto narrativo de grandes proporciones, pero con distintas motivaciones y pensando en públicos heterogéneos que emplean formas específicas de comunicación. Por cierto, el surrealismo en El misterio de la orquídea calavera coincidió casualmente con el noventa aniversario de la fundación de ese movimiento de vanguardia. Al menos eso confiesa el autor.

Algo semejante le había sucedido con Cóbraselo caro, un evidente homenaje a Juan Rulfo, cuya aparición sintonizó con el cincuenta aniversario de la publicación de Pedro Páramo. El comentario viene a cuento porque alguna vez le pregunté si le era útil su conocimiento y experiencia de ingeniero en la creación de sus novelas. Me respondió que por supuesto, le era de mucho provecho, sobre todo en la novela negra, en la acción detectivesca. La estructura mental de un ingeniero viene del propio origen del término, engendrar y construir. El ingeniero se forma en el conocimiento y reconocimiento de un problema para buscarle posibles soluciones, y eso, me decía, es un recurso eficaz en la literatura, e insistía, de manera especial en las tramas detectivescas. Pero obvio, el azar juega también su papel y ocurren sincronías afortunadas e imprevistas como esos aniversarios.

Élmer nace como narrador cuando descubre que su literatura se nutre del habla de la calle, cuando es capaz de dialogar con el hombre que lo acompaña en su reconocimiento de la realidad que lo habita y lo define. Ese lenguaje no está suelto, se entrevera con el pensamiento complejo y atiende a las necesidades estéticas del autor. La oralidad pasa a convertirse en sustancia literaria, se trasmuta en un propósito escritural que mantiene fresco el espíritu de su fuente. No obstante que el autor se considera a sí mismo como un escritor y no como un intelectual, como un erudito, ha buscado siempre nutrir su intelecto en la interlocución con figuras a las que sí considera como tales, para despojar de provincianismo su discurso. Lo local, inserto en una visión cosmopolita, no admite ingenuidades literarias, demanda la malicia de quien sabe lo que hace y por qué. Nada de eso riñe, por supuesto, con una obra genuina, auténtica, y por qué no, bien documentada, suficientemente informada.

De hecho, me cuenta, Un asesino solitario fue aprobada en Barcelona y los catalanes manifestaron no entender muchas palabras, pero sí comprendían la intensidad del habla, sus significados en el contexto y las dinámicas narrativas de una realidad específica y generalizada en México y el Continente Americano. La fuerza del lenguaje, su capacidad para transmitir los contenidos y las intenciones del relato fueron determinantes para su acogida literaria, además de venir a confirmarle al autor que estaba en la vía correcta de su búsqueda y su convicción estéticas.

Cuando Élmer tomó la decisión de ser escritor tenía veintiocho años, y se hizo la pregunta: ¿Qué se requiere para ser un buen narrador? Se respondió a sí mismo que era necesario tener voluntad, disciplina y lealtad al oficio. Así, a lo largo de veinte años trabajó arduamente para crear un público lector que, si bien no era numeroso, era fiel y sincero. A los cuarenta y nueve años le llegó la señal de graduación con su primera novela.

“Había hablado mucho con Fernando del Paso sobre el tema de Joyce –cuenta Élmer en Yo es otro– y le preguntaba: ¿cómo trascender la obra a la manera de Joyce en el Ulises? Él me respondía que no había que pensar en Joyce sino en uno, como autor que debe entregarse a su trabajo. Si uno lo logra, se consagrará también en quienes están del otro lado del proceso creativo, los lectores, sean pocos o sean muchos. Algo semejante me dijo Gonzalo Celorio en una conversación. Le parecía que en mi escritura se nota la fuerza de voluntad, la determinación de ser. Yo he seguido a pie juntillas los consejos de mis maestros; no son muchos, pero son muy valiosos. He atendido sus preceptos sin descuidar mis propios impulsos e intuiciones. La clave, además de escuchar la voz de la gente, ha sido leer con devoción a mis autores predilectos. Un día Evodio Escalante me dijo que mi obra le parecía muy interesante y me preguntó si así escribían en Culiacán. No, le respondí, así escribo yo.”

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