Los diarios: otra dimensión de la escritura

- José María Espinasa - Saturday, 17 Oct 2026 23:53 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Los diarios escritos por grandes figuras de la literatura, Pavese, Virginia Woolf, Kafka, Musil, Valéry, por ejemplo, tienen un interés evidente, pero bien se puede uno preguntar: en general, ¿cómo se escriben?, ¿se leen en relación con la obra de su autor o sólo como testimonios de su vida y entorno personal? Este artículo se acerca a estas y otras preguntas, y afirma: “La esencia misma del diario, el tiempo, su transcurso, su duración, implica una nueva dimensión de la escritura, pide una nueva manera de leerlo.”

 

 

Desde que –creo que fue Ortega y Gasset– la literatura en español tenía pocos ejemplos de buena literatura autobiográfica –escrituras del yo, las llaman los franceses–, ya sea memorias, autobiografías y sobre todo diarios, el panorama ha cambiado mucho. Los hispanohablantes se han puesto a escribir en ese registro, sobre todo en España y en Argentina. ¿En México? También, pero no con la misma constancia y, sobre todo, hasta ahora, no hay un modelo que instaure un canon. El Diario de Alfonso Reyes, publicado muy tardíamente es, literariamente, poco atractivo. En todo caso los modelos están en otras lenguas –los de Pavese, Virginia Woolf, Kafka, Musil, Valéry. Sobre todo estos últimos, que incluso acuñan un término que define un género: los cahiers, los cuadernos. En todo caso en nuestro país la Generación de medio siglo sintió la tentación levemente. Y se suele decir que el mexicano es muy reservado.

En la senda de Valéry conocemos El tiempo en los brazos (tres tomos), de Tomás Segovia, desde un punto de vista reflexivo el de mayor ambición en la literatura mexicana. En el otro extremo los hasta hoy desconocidos, sin título, apenas intuidos fragmentariamente en citas y extractos, de Jorge López Páez. Los primeros apuntes reflexivos, los segundos, muy en vinculación con su obra narrativa, descriptivos, superficiales, a veces hasta triviales, lo del autor de El solitario Atlántico. Se suele decir que escribir diarios implica una disciplina, o más precisamente, una constancia, y que su práctica es distinta de lo que llamamos, pretenciosamente, obra de creación. Se suele decir, incluso cuando se publican en vida, que hay siempre una sombra de lo póstumo en ellos. Hace ya bastantes años despertaron mucho interés, a la muerte de Salvador Elizondo, los que el autor de Farabeuf había llevado a lo largo de muchos años. La selección que publico el FCE fue, sin embargo, decepcionante. Hoy, según parece, El Colegio Nacional prepara una edición completa. Habrá que esperar.

Recientemente también despertaron interés los Diarios de Alejandro Rossi en tres tomos. Su lectura me despertó el interés en preguntarme sobre la manera en que se leen los diarios. Y la razón de que algunas veces –Woolf, Kafka, Pavese, Musil– se lean reflejados en su extraordinaria obra, e incluso señalar a veces que corona el conjunto. Muchas veces la crítica se ha preguntado sobre la forma en que se escriben esos diarios, de cara a uno mismo, de cara al lector, de cara al instante o a ese otro instante que llamamos posteridad. Aquí, a la pregunta de cómo se los lee, agrego una pizca de sal: ¿cómo se leen si uno conoció al autor?

¿Busca la persona o busca a la escritura, busca datos, chismes, sorpresas, ideas, incluso se busca a sí mismo?

Leí mucho a Alejandro Rossi, pero lo conocí poco, lo vi en persona algunas veces. Algunos de mis amigos fueron a su vez amigos suyos –Adolfo Castañón, Juan Villoro, Christopher Domínguez– y sabía de él indirectamente, pocos elementos para formarme una idea del escritor, aunque suficientes para hacerlo de la figura pública. ¿Por qué entonces sus Diarios me sorprenden? Más allá de la valoración literaria, los de Segovia corresponden claramente con su persona (con la que yo percibía en el trato personal). Igual me ocurre con los fragmentos que conozco de los de López Páez. En el caso de Rossi, al tratarlo poco, la persona se sustituye por el personaje literario y me declaro sorprendido. No me esperaba así sus diarios; ¿tal vez más reflexivos? Puede ser. O más bien, lo primero que me sorprende es que llevara un diario. No veo al autor de Manual del distraído escribiéndolo, entre otras cosas porque ese escritor, lleno de humor y gracia, tiene una sombra de sufrimiento: le cuesta trabajo escribir, y pienso que llevar un diario debe ser un gozo, nunca una tortura (o quién sabe), y menos una obligación.

El diario implica un diálogo consigo mismo y en el de Rossi es notable, un “consigo mismo” que no es ni el personaje político ni el intelectual, sino con el escritor. Y allí uno de los primeros elementos de la sorpresa: la inseguridad manifiesta en lo que escribe y la necesidad de reconocimiento. También, y eso es una de las cosas más importantes, la amistad, en especial la amistad decepcionada (que no es lo mismo que la traicionada). Y no hay que confundir esa inseguridad con su apariencia, el ajuste de cuentas, el veneno.

Una de las consecuencias de los diarios es que proyectan una luz inevitablemente distinta sobre la escritura. Pienso en los de Kafka. Y una de las vivencias que recorre estas páginas es las del desarraigado: ¿cuál es su patria? Italia, Venezuela, México, Argentina… es decir, ninguna,
la zozobra. Esa luz mencionada exige una condición poliédrica. La esencia misma del diario, el tiempo, su transcurso, su duración, implica una nueva dimensión de la escritura, pide una nueva manera de leerlo. Los diarios pueden volverse, además, una afición lectora: hay quien tiene miles de novelas policíacas en sus libreros, hay quien –espacio más reducido– tendrá también muchos diarios. Y su frecuentación, en estos tiempos de Inteligencia Artificial amenazante, nos devuelve a la condición esencial de la inteligencia, su volubilidad emocional que constituye, más que su fortaleza, su sentido.

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