La chica del tambor: John le Carré y Palestina
- Francisco Barriga Puente - Saturday, 17 Oct 2026 23:50
David Cornwell –quien con el tiempo llegaría a ser mejor conocido como John le Carré– nació el 19 de octubre de 1931, en el puerto de Poole, sobre la costa inglesa del Canal de la Mancha. Sus progenitores fueron el terrible Ronald Cornwell y la muy vapuleada Olive Moore. Su familia nuclear se completaba con el hermano Tony, quien le llevaba dos años de edad.
Es bien sabido que Ronald y Olive constituían un matrimonio disfuncional. Él era un estafador compulsivo, embustero de altos vuelos, que incluso llegó a estar tras las rejas. Ella, por su parte, era sumisa y fingía no darse cuenta de las fechorías e infidelidades de su marido. Mas todo tiene un límite. En el caso de los Cornwell, la relación tocó fondo cuando Olive se negó a ir al banco para tratar de cobrar un cheque sin fondos de Ronald. El susodicho marido, haciéndose el ofendido por la rotunda negativa de su esposa, decidió reprenderla propinándole una paliza de órdago. En lo inmediato, ella aguantó estoicamente, pero a los pocos días decidió tomar venganza y, aprovechando que el macho golpeador estaba fuera del pueblo, esperó a que se durmieran sus retoños –que por aquellas fechas tenían siete y cinco años, respectivamente– para hacer una maleta y largarse de la casa con un tal John Hill, abandonando a su suerte, para siempre, tanto a Ronnie como a Tony y a David.
Así las cosas, a Ronald Cornwell no le quedó más remedio que refundir a sus dos hijos en una serie de internados, variopintos, de los cuales siempre eran expulsados porque el papá no cubría las colegiaturas en tiempo y forma. Por aquel entonces, el escolapio David empezó a escuchar las noticias de la conflagración mundial en curso y a medio familiarizarse con los
intríngulis de los actores principales, a saber: los nazis, los comunistas, los sobrinos del Tío Sam y hasta los kamikazes de ojos rasgados.
Poco antes de que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki le pusieran fin a la segunda guerra mundial, el incorregible Ronnie –tras tantear a una larga serie de repuestos para Olive– se unió en matrimonio con Jean Margaret Neal. Cuesta trabajo creerlo, pero el día de la boda llegaron dos policías a arrestarlo a media ceremonia, por la comisión de alguna nueva fechoría. El contrayente, sin perder la compostura, les pidió a
los agentes de la ley que ejecutaran la orden
de aprehensión después del ritual y hasta los invitó a que se quedaran al banquete que, por supuesto, incluía un brindis con champagne. Todo parece indicar que los polis aceptaron la invitación y que después de apurarse una copa de Möet & Chandon cumplieron con su deber.
Escritor y espía
Posteriormente –el año en que se proclamó el Estado de Israel–, el adolescente David se largó a Suiza con el propósito de aprender francés y estudiar literatura alemana en la Universidad de Berna. Para sostenerse llevó a cabo diferentes empleos informales. Entre otros, se sabe a ciencia cierta que trabajó de mesero y que también tenía la chamba de darle su baño diario a los elefantes del famosísimo Circo Knie. Por esa época, un empleado de la Embajada Británica que decía llamarse Sandy Gillbanks lo embarcó para que asistiera a los mítines de los estudiantes universitarios de izquierda, se hiciera pasar por uno de ellos y le informara quiénes eran los más radicales.
En 1950, cuando cumplió diecinueve años, David empezó a prestar su servicio militar –tal y como era de esperarse– en el Cuerpo de Inteligencia del Ejército Británico. Al año siguiente, tras completar su entrenamiento, el flamante subteniente Cornwell fue enviado a Viena para que se encargara de interrogar a los que escapaban del Telón de Acero, con el propósito de identificar entre ellos a supuestos agentes soviéticos, algo de lo cual posteriormente se arrepintió. La experiencia que adquirió en la tierra de Strauss y Schubert –aunada a su creciente competencia en la lengua de Goethe– le abrieron las puertas del MI5. Consecuentemente, en 1952, David Cornwell ya estaba ejerciendo en el Lincoln College de Oxford, la que algunos consideran que viene a ser la segunda profesión más antigua del mundo: el espionaje.
Paralelamente empezó a escribir novelas sobre agentes secretos, las cuales fueron publicadas bajo el pseudónimo de John le Carré, porque el Ministerio de Asuntos Exteriores de su país le prohibió firmarlas con su nombre verdadero. La identidad del escritor permaneció oculta hasta que el marxista Kim Philby –líder del grupo de espías conocido como Los Cinco de Cambridge–, tras huir a Moscú e incorporarse a la KGB, reveló quién era en realidad nuestro autor de marras, razón por
la cual el agente-ya-no-tan-secreto tuvo que
constreñir sus quehaceres profesionales al campo de la literatura.
Al respecto, tirios y troyanos están acuerdo en que su primer gran éxito de librería fue la novela titulada El espía que surgió del frío (en la cual el personaje central es el explosivo Alec Leamas) y que el segundo lo constituyó El topo (donde el protagonista es George Smiley, un agente secreto chaparrito, regordete, miope, alopécico y con cara de lelo). El título original de esta novela es Tinker, Taylor, Soldier, Spy, el cual a las claras se relaciona con la rima infantil inglesa, que reza: “Tinker, Tailor/ Soldier, Sailor/ Rich-Man, Poor-Man/ Beggar, Thief”. Al respecto, es interesante apuntar que la susodicha retahíla equivale funcionalmente a la consonancia de sorteo que usan los niños mexicanos, a saber: “De tin marín, de do pingüé/ Cúcara, mácara, títere fue/ Yo no fui, fue Teté/ Pégale pégale, que ella fue.” Lo anterior tiene sentido si consideramos que, a lo largo de la novela, Smiley va descartando, uno por uno, a los agentes de “El Circo” (MI6), sospechosos de ser el infiltrado por los soviéticos, para sabotear las operaciones de inteligencia.
La Trilogía de Karla y La chica
del tambor
El topo constituyó la primera entrega de la Trilogía de Karla, que es el nombre en clave de un enigmático agente secreto ruso, el cual viene a ser la némesis de Smiley. La tríada se completó con El honorable colegial (que tiene lugar en el sudeste asiático, durante el conflicto bipolar) y con La gente de Smiley (que concluye con el combate final entre George Smiley y Karla, en el Berlín de la postguerra, el del Muro que paradójicamente encerraba a los capitalistas, el de los tres puestos de control y el puente fronterizo Oberbaum, sobre el río Spree).
En 1983, cuatro años después de haber concluido la Trilogía de Karla, John le Carré dio un golpe de timón y en su siguiente novela, La chica del tambor, cambió el tablero político de Europa (la Guerra Fría), por el de Medio Oriente (el
conflicto palestino-israelí); evitó las visiones maniqueístas, en aras de una mayor objetividad, e hizo que su protagonista central fuera una mujer –una actriz teatral llamada Charlie Ross–, cuya ideología era de extrema izquierda.
Al respecto, todo parece indicar que el personaje de Charlie fue creado por John le Carré mediante el crossover de tres mujeres destacadas. En primer lugar, Janet Lee Stevens, una periodista estadunidense, miembro de Amnistía Internacional, que murió en el atentado contra la embajada de Estados Unidos en Beirut, el 18 de abril de 1983. Janet se encontraba ahí para exigirle al responsable de USAID en la zona una mayor ayuda humanitaria para los palestinos refugiados en el Líbano. En esas estaba cuando estalló un coche bomba en la mismísima sede diplomática, dejando un saldo de sesenta y tres muertos y ciento veinte heridos. Por su enjundia y redobladas convicciones, los fundamentalistas islámicos apodaban a Janet La chica del tambor, apelativo que le Carré utilizó como título de la novela que ahora nos ocupa, a modo de un homenaje póstumo. A continuación, su media hermana, la actriz Charlotte Cornwell, quien militó en el Workers Revolutionary Party británico y asesoró a su half-bro con respecto a los tejemanejes del arte dramático, con el propósito de dejar en claro que el espionaje y la actuación son harinas del mismo costal, pues en ambos casos se trata de fingir. Agradecido por los consejos, John le Carré decidió que la chica del tambor de la novela y su hermanastra fueran tocayas. Finalmente, Vanessa Redgrave, la actriz británica de filiación trotskista quien, al recibir un Oscar en 1978, convirtió su discurso de aceptación del premio en una enérgica condena a las amenazas de “un pequeño grupo de matones sionistas… contra el pueblo palestino” y que el 1 de agosto de 2025, a los ochenta y ocho años de edad, salió a las calles de Londres, en su silla de ruedas –armada con cuchara y cacerola de fierro– para participar ruidosamente en la protesta ¨Ollas y Sartenes¨, contra el genocidio y la hambruna en Gaza.
Por supuesto, John le Carré también hizo trabajo de campo. Primero se acercó a Dina Abdel Hamid (exreina de Jordania) y a su esposo Salah Ta’amari (destacado político, comprometido con la libertad de Palestina). La relación con ellos fue fundamental para plasmar el punto de vista de los habitantes de Cisjordania y la Franja de Gaza en La chica del tambor. Y ya encarrerado, pensó que era indispensable entrevistar a Yasser Arafat, el carismático líder del Movimiento de Liberación Palestina, para lo cual se trasladó a Beirut. Estando ahí, localizó a una especie de encargado de las relaciones públicas del movimiento, quien tras escucharlo le dijo
que esperara en un hotel donde no brillaban las cinco estrellas. Tras varios días de espera, un mesero le susurró al oído que el líder lo recibiría ese mismo día. Y entonces sucedió que un puñado de guerrilleros lo trasladaron, a la chita callando y con los ojos vendados, hasta un edificio destartalado, en el cual tenía su oficina el mismísimo Arafat. Una vez que estuvieron adentro del inmueble, le quitaron el vendaje y lo condujeron hasta donde se encontraba el que en 1994 sería galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Al verlo, el líder de los palestinos le puso la mano en el hombro y le preguntó “Mister John, ¿por qué ha venido hasta aquí?”, a lo que el novelista le respondió, de botepronto: “He venido a poner mi mano en el corazón de Palestina.” Al escuchar lo anterior, Arafat le tomó la mano al escritor y la colocó en su pecho, diciéndole “Mister John, aquí está, aquí está.”
Fiel a sus hábitos de escritura, John le Carré empezó a redactar La chica del tambor sin tener un plan determinado. Siempre escribía a mano, de su puño y letra. La mecanografía no era lo suyo, porque decía que le costaba mucho trabajo encontrar las letras en el teclado. Además, era un corrector compulsivo. Consecuentemente, sus textos de trabajo eran hojas churriguerescamente garabateadas y tachonadas, confusas, que sólo Jane Cornwell –su segunda esposa– podía descifrar y mecanografiar, para que posteriormente el autor en cuestión revisara el borrador, lo volviera a rayonear e incluso se pusiera a recortar párrafos con tijeras, para pegarlos en otra posición y devolvérselos a su abnegada consorte, quien los pasaba en limpio, una y otra vez, hasta que el texto alcanzaba su forma definitiva. Muchas de estas hojas tachonadas y reescritas se han conservado. Eventualmente han sido reproducidas o exhibidas en diferentes medios, para probar que tenía un tipo de inteligencia muy visual y para solaz de sus seguidores.
Del libro a la pantalla subtítulo
La susodicha novela requiere de una lectura cuidadosa, tanto por su extensión (641 páginas en la versión original y 654 en su traducción al español), como por el alto número de personajes que aparecen en sus páginas (unos cincuenta, sin contar los nombres en clave, ni los hipocorísticos, ni los alias) y por el grado de elaboración de su trama (propia de las buenas ficciones de espionaje). A grandes rasgos, la historia gira en torno a cómo el Mossad –la agencia de inteligencia israelí– coopta a Charlie para usarla como agente doble, en una operación harto peliaguda, diseñada para capturar a un escurridizo terrorista palestino de nombre Khalil, en el suroeste de Alemania. A lo largo de la novela hay una profusión de pasajes muy bien escritos, con diferentes ánimos. Uno que particularmente llamó mi atención es el contenido en el capítulo 23, que reza, con la tesitura de las consignas internacionalistas:
¡Camaradas! ¿Quiénes somos? Somos los que no tienen nombre ni uniforme. Somos las ratas que han escapado a la explotación capitalista. ¡Somos los huidos de los campos del Líbano, que el dolor asola! ¡Y lucharemos contra el genocidio! ¡Venimos de las tumbas de concreto de las ciudades de occidente! ¡Y aquí nos encontramos todos! ¡Y juntos prenderemos la antorcha en nombre de ochocientos millones de bocas hambrientas en todo el mundo!
Cabe apuntar que, en algunos contextos políticos progresistas, la arenga referida mantiene todo su vigor.
La idea anterior puede ayudar a explicar por qué en 2018 –o sea, treinta y cinco años después de su publicación original– La chica del tambor fue convertida en una teleserie de seis episodios, dirigida por el reconocido cineasta coreano Park Chan-Wook. En los papeles estelares despuntan la talentosa Florence Pugh (Charlie), Charif Ghattas (Khalil), Alexander Skarsgard (Joseph) y Michael Shannon (Kurtz). Al respecto, conviene agregar que el mismísimo John le Carré figura en los créditos como Productor Ejecutivo y que en el tercer episodio aparece haciendo el cameo de un mesero, en una cafetería al aire libre. Rotten Tomatoes, el prestigiado sitio web de crítica cinematográfica, le otorgó a la serie una calificación aprobatoria de noventa y cinco por ciento, basado en setenta y seis reseñas. La evaluación es elocuente. Conviene echarle un ojo, darle una oportunidad.
Cada vez más hacia la izquierda
¡A la vejez, viruelas! Por lo general, los espíritus más radicales florecen entre los jóvenes, quienes al ir creciendo se van apaciguando. Pero John le Carré procedió en sentido contrario. Lo anterior significa que conforme fue peinando más y más canas, sus ideas políticas se fueron ubicando cada vez más hacia la izquierda. En función de lo anterior, se opuso a las acciones militares que se empezaban a emprender contra Irak, pues estaba convencido de que Sadam Hussein no estaba implicado en el ataque contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001. Actuando en consecuencia, se unió a los cientos de miles de ciudadanos británicos que se manifestaron ruidosamente en Londres, contra la invasión del país de los yashmaghs blanquinegros, entre septiembre de 2002 y noviembre de 2003. Cabe subrayar que el gobierno iraquí nunca ha reconocido al gobierno de Israel y que siempre ha apoyado la causa palestina. Así, pues, el adolescente que delataba a estudiantes de izquierda llegó a la tercera edad manifestándose a favor de los palestinos y criticando en algunas de sus últimas novelas al capitalismo corporativo (El jardinero fiel, 2001) y al euroescepticismo británico con respecto al Brexit (Un hombre decente, 2019). Al respecto, es muy significativo que poco antes de morir, en diciembre de 2020, haya tramitado y obtenido la nacionalidad irlandesa.