Fortalecer, no reducir: artes, humanidades y el futuro de la universidad
- Mariana Masera Cerutti, Rafael Mondragón y Gustavo Ogarrio - Saturday, 17 Oct 2026 23:48
En días recientes, diversos análisis en la prensa han llamado la atención sobre la situación de algunas carreras universitarias, particularmente en relación con sus niveles de matrícula. Sin embargo, en la medida en que dicho diagnóstico se ha interpretado casi exclusivamente desde criterios cuantitativos –donde la demanda estudiantil parece erigirse como indicador principal de pertinencia–, se corre el riesgo de reducir la complejidad de la vida universitaria a una lógica que, aunque operativamente útil, resulta conceptualmente insuficiente. En efecto, si bien ciertas áreas concentran una sobredemanda sostenida, ello no garantiza su traducción en inserción laboral, del mismo modo que la baja matrícula de otras no invalida su relevancia académica ni su función social. De ahí que las universidades no puedan organizarse únicamente a partir de criterios de eficiencia administrativa sin comprometer su misión formativa, crítica y cultural, así como su papel en el entorno sociocultural y comunicativo que viven los jóvenes en el presente, marcado por la violencia, la precarización y la segregación, el crecimiento de discursos de odio y de ideologías políticas cada vez más excluyentes.
Desde una perspectiva histórica, conviene recordar que la propia noción de universidad –derivada del latín universitas, que remite a la totalidad y al conjunto– alude precisamente a la articulación de saberes diversos en un espacio común; por consiguiente, desde su configuración medieval hasta su consolidación moderna, la universidad ha funcionado como un ámbito en el que humanidades, ciencias, artes y tecnologías no sólo coexisten, sino que se interrelacionan en la formación de sujetos capaces de comprender, interpretar y transformar su entorno. De este modo, en la medida en que la universidad trasciende la mera transmisión de información o la capacitación técnica, se constituye, ante todo, como un espacio de formación/educación integral/global del ser humano llamado a integrarse en la civitas, término que comparte raíz con los de “ciudadano” y “civilización”. Así lo comprendieron los primeros humanistas cuando, en el paso del medievo a la edad moderna, reivindicaron los studia humanitatis como base para el avance y progreso de la civilización en todas las disciplinas y campos.
La función universitaria puede calificarse como civilizatoria, siempre y cuando se entienda este término no como la imposición de un modelo cultural sobre otros, sino como el entramado de saberes, prácticas y lenguajes mediante el cual una sociedad se piensa, se organiza y se proyecta. En este sentido, puesto que la civilización –entendida como cultura compartida en su diversidad de lenguas y tradiciones, como proceso de formación, educación e ilustración– no pertenece a una tradición específica, sino que emerge de interacciones complejas, tensiones históricas y diversidades múltiples, resulta imprescindible concebirla como un proceso inacabado, sostenido en el diálogo y en la capacidad de mantener abiertos los espacios de pensamiento crítico.
Por contraste, aquello que denominamos barbarie no se limita a la ausencia de desarrollo material, sino que se manifiesta, más bien, como la ruptura de ese entramado: allí donde el pensamiento es sustituido por la violencia, donde la memoria cede ante el olvido y donde el diálogo es reemplazado por la imposición. En consecuencia, lejos de situarse únicamente fuera de las instituciones, la barbarie comienza a hacerse visible cuando éstas renuncian a su función formativa y educativa, es decir, cuando las universidades, en lugar de ampliar horizontes, restringen posibilidades, o cuando, en vez de interrogar sus propias condiciones, se limitan a administrar sus efectos.
Violencia contra el conocimiento, antecedente de la violencia contra las sociedades
En este marco, las humanidades y las artes no pueden considerarse un ámbito marginal ni prescindible, sino un eje estructural del quehacer universitario, en la medida en que sostienen dimensiones fundamentales de la experiencia humana. Mientras la filosofía ha permitido interrogar los fundamentos de nuestras formas de vida, la filología ha hecho posible la transmisión, interpretación y relectura de los textos a lo largo del tiempo; de ahí que pueda afirmarse, sin exageración, que no hay humanidad sin lenguas, ni sin la pluralidad de culturas, pensamientos y formas de entender el mundo que en ellas se expresan. Por otra parte, las artes integran racionalidad e intuición y, desde ahí, fomentan el desarrollo de la creatividad como cualidad humana esencial en el avance en cualquier campo del saber, sea científico-tecnológico o humanístico; cualidad humana insustituible al día de hoy, y operan según patrones complejos, no siempre reducibles a los indicadores cuantitativos con los que hoy trabaja buena parte de la administración universitaria en sus formas de investigación y construcción de saber.
En las lenguas no sólo se escribe el mundo, sino que también se escucha, se interpreta y se comparte, en tanto espacios donde las culturas se reconocen y dialogan; y puesto que dichas lenguas –incluidas las originarias, que resguardan formas de conocimiento indispensables– constituyen formas de conocimiento, memoria y relación, su preservación y activación no responden a una lógica nostálgica, sino a una exigencia plenamente contemporánea. Corremos, de lo contrario, el peligro de desconocer nuestro medio, nuestro ecosistema como civilización, de estar nadando sin saber qué es el agua, ni mucho menos la dirección hacia la cual trazar nuestro movimiento.
La neoliberalización de la educación en las últimas décadas llevó a convertir a las universidades en capacitadoras para el mercado laboral, la mayor parte de las veces según los requerimientos de la iniciativa privada. Frente a dicha tendencia, agravada por la crisis económica mundial de los últimos años, es menester recordar que las universidades cumplen una función pública: están allí para garantizar derechos. Las humanidades y las artes forman una parte fundamental del legado al cual tienen derecho los jóvenes, y ofrecen lenguajes críticos fundamentales para entender y representar nuestro presente, reconstruir la memoria e imaginar futuros posibles.
A ello se suma, además, un elemento que no puede soslayarse: estas áreas no parten de cero, sino de un proceso largo de construcción institucional que ha dado lugar a publicaciones, laboratorios, seminarios, redes de colaboración e iniciativas de internacionalización cuyo alcance no siempre es visible. La pregunta que se abre, entonces, no es únicamente por su pertinencia, sino por las condiciones de comunicación
que han impedido que estos logros sean plenamente reconocidos dentro y fuera de la propia universidad.
De ahí que el debilitamiento de estos espacios no implique únicamente la reducción de ciertas carreras, sino el empobrecimiento del proyecto universitario en su conjunto, sobre todo si se considera que, históricamente, la violencia contra las humanidades y las artes ha precedido –y acompañado– el ascenso de formas autoritarias. En un contexto en el que leer, pensar y ejercer la
solidaridad comienza a percibirse como un residuo de otra época, o incluso como una incomodidad frente a ciertas lógicas burocráticas, las palabras que articulan sentido adquieren una relevancia renovada, en tanto permiten construir ciudadanía, sostener la memoria viva y proyectar futuros posibles.
En este punto, y en el marco de reflexiones recientes sobre la oferta académica en distintos ámbitos universitarios, resulta pertinente desplazar el enfoque –no en oposición a dichas reflexiones, sino como una ampliación necesaria–; puesto que la universidad pública no puede limitarse a administrar la disminución de la demanda,
debe, más bien, intervenir activamente para transformarla. Ahora bien, lejos de implicar un dispendio de recursos, este giro supone una inversión estratégica en la sostenibilidad del propio proyecto universitario que revierte directamente en la sociedad hacia la que se orienta, en la medida en que fortalecer, visibilizar y rearticular estas áreas constituye una condición para preservar la diversidad del conocimiento y la capacidad crítica que define a la universidad.
En consecuencia, el fortalecimiento de las carreras con menor matrícula no debe entenderse como una medida asistencial, sino como una estrategia orientada a optimizar lo existente. En muchos casos, reactivar y articular estructuras académicas consolidadas resulta más pertinente que sustituirlas sin atender las causas de su
debilitamiento. En este sentido, pueden plantearse al menos tres líneas de acción: en primer lugar, desarrollar estrategias sostenidas de visibilización dentro de la propia universidad –especialmente en el bachillerato– que permitan dar a conocer sus aportes y el valor propio de las disciplinas humanísticas; en segundo lugar, revisar los mecanismos de acceso, de modo que la homogeneización de criterios no limite la diversidad del sistema; y, finalmente, recuperar un principio fundamental: en contextos de crisis de modelos, las sociedades requieren mayor diversidad de pensamiento, no menos.
De lo anterior se desprende que insistir en las mismas soluciones difícilmente producirá resultados distintos; por lo tanto, más que reducir o sustituir, se vuelve imprescindible fortalecer, reactivar y articular aquello que las universidades ya han construido, en tanto constituye una de sus principales riquezas.
En este horizonte, una institución como la Universidad Nacional Autónoma de México –dada su historia, su escala y su compromiso público– tiene la posibilidad de fortalecer una tradición que
históricamente ha distinguido a la universidad pública, en continuidad con su vocación formativa y crítica; en la medida en que apostar por la diversidad del conocimiento y fortalecer las humanidades no representa únicamente una decisión administrativa, sino un posicionamiento estratégico frente al futuro de la educación pública como pilar de una sociedad democrática y en avance.
Por ello, frente al avance del fascismo global –que en distintos contextos ha comenzado por debilitar las humanidades, restringir el pensamiento crítico y empobrecer la vida universitaria–, no basta con observar ni con administrar sus efectos. La historia ha mostrado que la violencia contra el conocimiento precede a la violencia contra las sociedades. Evitar que esto se reproduzca en nuestras universidades es una responsabilidad ineludible. Como advirtió Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca: “Venceréis, pero no convenceréis”, y frente a toda forma de intolerancia y autoritarismo, sigue resonando una convicción profundamente humana: no pasarán allí donde exista una comunidad dispuesta a defender la memoria, el pensamiento crítico y la dignidad de la universidad pública y de la vida universitaria, que es, a la postre, el semillero de la sociedad del mañana.
Los abajo firmantes:
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Julieta Arisbe López Vázquez |
UNAM |
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Martha Bremauntz |
UNAM |
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Araceli Campos Moreno |
UNAM |
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Raffaele Cesana |
UNAM |
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Santiago Cortés Hernández |
UNAM |
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Berenice Granados Vázquez |
UNAM |
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Didanwy Kent Trejo |
UNAM |
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Cecilia López Ridaura |
UNAM |
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José Manuel Mateo |
UNAM |
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Sue Meneses Eternod |
UNAM |
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Edith Negrín |
UNAM |
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Martha Elena Munguía Zatarain |
UV |
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Rodrigo García de la Sienra Pérez |
UV |
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Claudia Elisa Gidi Blanchet |
UV |
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Raquel Velasco González |
UV |
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Nelly Palafox |
UV |
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Rodrigo García de la Sienra |
UV |
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Irma Munguía Zatarain |
UAM-I |
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Víctor Hugo Ábrego |
ITESO |
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Adriana Pantoja de Alba |
ITESO |
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Alina Peña Iguarán |
ITESO |
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ESPAÑA |
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Laura Puerto Moro |
U. Complutense |
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ARGENTINA: |
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Diego Bentivegna |
UBA, UNTRE |
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CHILE |
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Tomás Cornejo |
UMCE |
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Mary Luz Estupiñán |
UMCE |
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Claudio Guerrero |
PUCV |
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Hugo Herrera Pardo |
PUCV |
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Raúl Rodríguez Freire |
PUCV |