Teología de la liberación y poesía latinoamericana
- Leopoldo Cervantes-Ortiz - Sunday, 11 Oct 2026 00:05
La filosofía y la Teología de la Liberación (TL) surgieron en América Latina en la segunda mitad del siglo XX, en ese orden. La primera fue concebida por pensadores que intentaron situar a la región en el mapa cultural e intelectual de Occidente. La segunda surgió de una praxis religiosa y espiritual exigida por la situación sociopolítica. Ambas tendencias se establecieron a contracorriente de los discursos dominantes y confluyeron en un momento dado porque algunos exponentes participaban en las dos. Un área de interés en la que es posible rastrear su impacto cultural es justamente la literatura y, especialmente, la poesía del continente.
En ese marco ideológico y cultural se inscribe Una calandria de luz. La presencia de la teología de la liberación en la poesía latinoamericana, reciente libro de Ángel Esteban, profesor de la Universidad de Granada. Esteban acometió la titánica labor de ubicar en algunos autores/as específicos la forma en que esta teología se ha manifestado poéticamente. Para tal fin, sondeó íntimamente en las raíces de la teología en cuestión, la definió a conciencia en sus aspectos teóricos y prácticos, y ubicó a los autores poéticos más representativos en sus diferentes niveles: César Vallejo como antecedente con Gustavo Gutiérrez como interlocutor; Ernesto Cardenal, acompañante paralelo; Cintio Vitier y Fina García Marruz, desde la experiencia cubana; Pedro Casaldáliga y Rubem Alves en Brasil: y Julia Esquivel desde el ámbito protestante/ecuménico centroamericano y el teofeminismo. El último capítulo está dedicado a la música popular.
La introducción presenta un panorama que define los dos aspectos estudiados con mucha precisión. En primer lugar, se responden preguntas básicas: ¿qué es o qué fue la teología de la liberación?, ¿qué relación tiene o ha tenido con la poesía? y ¿por qué en América Latina? Sobre la última, cuestión medular del libro, las respuestas reconocen la expansión de la TL en los diversos niveles de la vida eclesiástica. La poesía, queda claro entonces, forma parte de un “discurso utópico”, un vehículo privilegiado para ir más allá del racionalismo europeizante que le permite volcar las creencias, los saberes y las esperanzas de un continente predominantemente cristiano, pero que tendría que modificar esa fe para servir a sus necesidades espirituales y culturales.
El primer capítulo rastrea los inicios de la TL en los ambientes católicos y protestantes. Consigue superar el estereotipo de que únicamente en los primeros es posible asomarse a los orígenes del movimiento. En medio de ese panorama, el autor inserta los grandes temas de la TL, los autores principales y la conexión con la poesía de varios autores/as que, de una u otra forma, se ligaron a ella. Así, es posible advertir la progresiva importancia que adquirieron los nombres de Alves, iniciador de la vertiente protestante de la TL, el obispo Pedro Casaldáliga y la guatemalteca Esquivel. La figura de César Vallejo, ligada a la de Gutiérrez por su nacionalidad y por la influencia que ejerció sobre él, tiene un lugar especial por las características de su obra.
La revisión de las relaciones entre Vallejo y Gutiérrez es meditativa y pormenorizada, pues hay momentos en los que la exposición parece girar más alrededor del teólogo. Vallejo es el poeta del dolor cristiano transfigurado en un clamor individual, social e histórico que contuvo en sí los ecos de una modernidad decepcionante y,
al mismo tiempo, los de una esperanza reducida a su mínima expresión. El tema del sufrimiento, que en el poeta y en el teólogo alcanzan grandes alturas, es tal vez el tema de temas, en donde Gutiérrez percibe que Vallejo toca las fibras más hondas de lo humano.
Las páginas consagradas a Cardenal destacan por su minuciosidad, pues el autor despliega en doce secciones los aspectos más relevantes de esta poesía. Si Cardenal se erigió progresivamente en símbolo de las luchas liberadoras en América Latina, lo fue gracias a su incansable tarea escritural que integró en etapas muy tempranas la fe cristiana con algunos postulados socialistas. La primera etapa de su trabajo lírico, anterior a su conversión y a su consagración sacerdotal, estuvo marcada por la orientación que lo llevó hasta la definición del exteriorismo. Cardenal identificó su tarea con los postulados de la TL, aunque se le puede considerar más bien como precursor de esa corriente. Las “Epístolas” a Casaldáliga (1974) y a Coronel Urtecho (1978) marcaron un antes y un después en su devenir como poeta de la liberación.
Comparativamente, el análisis de la obra de Vitier, García Marruz, Casaldáliga, Alves y Esquivel hace justicia a cada uno al entrar en su dimensión poética, ideológica y espiritual. Se muestra un panorama fiel del impacto estético de un pensamiento cristiano transformador que llegó a tocar las fibras más sensibles de la fe, justamente cuando la teología en el continente experimentaba nuevos desarrollos. Aun cuando se sigue debatiendo en diferentes tonos la vigencia de la TL, la verdad es que incluso cuando fue rechazada por muchas comunidades, su impronta ha llegado hasta hoy en todos los aspectos imaginables.
El análisis refleja de manera muy inmediata y clara cómo dialogaron autores tan relevantes en toda la geografía latinoamericana con la TL, aunque no tuvieran clara conciencia de ella. Leonardo Boff, por ejemplo, en su libro sobre el Padrenuestro cita la “Oración de un desocupado” de Juan Gelman. Los cubanos Vitier y García Marruz fueron un matrimonio de dilatada trayectoria poética y literaria. Ambos fueron verdaderas instituciones culturales en su país, sobre todo por su intensa participación en el grupo de la revista Orígenes. Su radicalización llegaría a fines de los años sesenta. Casaldáliga fue un obispo perteneciente a una generación de prelados que marcaron toda una época gracias a sus posturas renovadoras. Catalán de origen, muy temprano dio muestras de una vocación poética que no abandonó ni siquiera en medio de sus labores misioneras y episcopales en Brasil. Sabedor de este trasfondo, Esteban estudia la forma en que la teología de la liberación impactó a Casaldáliga en su poesía y en su labor religiosa.
En el mismo capítulo se expone la obra de Alves, otro iniciador de la TL. Muy conocido por sus trabajos de los años setenta, derivó hacia una escritura más libre que se acercó a un lenguaje poético y grandemente creativo. Así logró ir más allá de las consignas que en su momento caracterizaron a buena parte de esa teología, aunque sin distanciarse de sus posturas básicas. Desde su segundo libro, Hijos del mañana (1972), la trayectoria de Alves desembocó en una escritura poética profundamente creativa y renovadora, totalmente inédita en su ambiente. Fue, asimismo, precursor de la llamada teopoética de la liberación.
Esquivel, a su vez, rompió también muchos esquemas desde su formación tradicional hasta convertirse en una sólida voz de la TL y del feminismo, todo ello concentrado en una obra poética muy reconocible en el concierto de la literatura de su país. En medio de la guerra civil y ante los excesos represivos del gobierno, Esquivel tomó partido por las nuevas tendencias teológicas y asumió un fuerte compromiso. Sus libros, comenzando con El Padrenuestro desde Guatemala (1981) hasta Algunos secretos del Reino (1997), muestran esa evolución.
El último capítulo se ocupa del impacto de la TL en la música. Se enfocan los diversos factores que produjeron una labor de popularización de las ideas liberadoras: “Cuando las revoluciones políticas se multiplicaron y la TL conectó con ese espíritu desde una atalaya también universal, la música se convirtió en un instrumento de universalización, que participaba del espacio revolucionario y se propagaba rápidamente.” El símbolo más visible de esta tendencia fue, indudablemente, el nicaragüense Carlos Mejía Godoy, aunque desde los tiempos del obispo Sergio Méndez Arceo se atisbaron los cambios litúrgicos como consecuencia del Concilio Vaticano II. Centro y Sudamérica fueron espacios en donde creció ese impacto. Prueba de ello fue la enorme difusión de la Misa campesina nicaragüense, que Mejía Godoy compuso junto a Cardenal.
En suma, señala Esteban: “La música popular en las celebraciones religiosas, muchas veces unida al espíritu ecuménico y comprometido de la TL, fue algo más que un movimiento ligado a ciertos líderes o agitadores. Supuso un cambio profundo en la forma de entender las experiencias de espiritualidad emanadas del Concilio.” La conclusión afirma la relevancia de esta vertiente de la influencia teológica liberadora, pues, para él, “puede afirmarse que la música popular escribió un capítulo muy importante en la modernización de los fenómenos religiosos comunitarios”