La vida de Violet: el libro desconocido de Virginia Woolf
- Evelina Gil - Sunday, 11 Oct 2026 00:02
¿Quién era Virginia Stephen antes de convertirse en Virginia Woolf? ¿Cómo era y qué escribía cuando se le conocía como “la hija de sir Leslie Stephen”, un padre crítico literario al que resultaba muy difícil complacer, en todos los sentidos? ¿Qué inspiraba a aquella primera asalvajada Virginia de melena rojiza que iniciaba algo tardíamente su convivencia con la alta sociedad londinense? ¿Quiénes eran sus amigos antes de ingresar al selecto club Bloomsbury?
Hasta hace muy poco tiempo, se creía que su primera obra era Fin de viaje, publicada en 1915, a los treinta y tres años, pero en 2018, un siglo más tarde, salió a la luz un original mecanografiado en una preciosa tinta violeta, encuadernado en piel, con una serie de enmendaduras tanto en lápiz como en pluma, con dos tipos de letra muy distintas que no podían pertenecer a una misma persona. Dicho manuscrito se remonta a 1908, contando Virginia veintiséis años, y si bien el simple hallazgo es un acontecimiento, tanto el contenido como la escritura y los personajes involucrados, hacen de La vida de Violet (título original del manuscrito que conserva en esta edición de rescate) una primeriza aunque notable obra literaria, conformada por tres relatos largos en los que, por igual, localizamos rasgos inéditos, tanto estilísticos como temáticos en la obra de Woolf, como lo sería su apasionado interés en las biografías femeninas que choca frontalmente con la afirmación de Thomas Carlyle de que “La Historia del mundo no es más que Biografía de los grandes hombres”. Avizoramos, asimismo, reconocibles gestos autorales de la autora británica, incluidos personajes que inspiraron obras de la etapa madura, como Kitty Maxe (Katherine Lushington Maxse), popular anfitriona social, muy allegada a la familia Stephen, de donde Virginia extrajo a la desdichada señora Dalloway. A quien debemos tanto el descubrimiento como la edición y la labor de rastreo de las diversas figuras históricas involucradas en este trabajo, es a la estudiosa estadunidense de origen indio Urmila Seshagiri, que además aporta un prólogo que, incluso para quienes detestamos los
prólogos, resulta pertinente amén de cautivador.
Ahora bien, ¿quién es la Violet del título? Apenas abrir el ejemplar nos embosca el retrato de una dama de rasgos nobles y ojos casi traslúcidos, bajo el que se lee su firma “Violet Dickinson”, con fecha 1885. Cuenta veinte años en dicha imagen. Estamos, pues, ante un personaje concreto, con quien una joven Virginia Stephen mantuvo una entrañable amistad de juventud. Es muy poco lo que se sabe de Violet Dickinson, a quien se le presenta como una joven socialité que gustaba de rodearse de amigos, incluso viajar con ellos. Se mencionan con insistencia ciertos rasgos físicos, como suele suceder con las mujeres: con una estatura de un metro ochenta, en una época en que lo más apreciable en una mujer era su gracia y su delicadeza, Violet resultaba intimidante hasta que se la trataba personalmente. La Giganta poseía múltiples virtudes que hacían de ella una entrañable anfitriona, mismas que inspiraron a Virginia tres relatos largos, que empezó a redactar en algún momento de 1907, en los que plasma a su querida amiga como un ser fantástico, mitológico; como si exponerla tal cual resultara imposible o, en su defecto, experimentara la urgencia de representarla tal como la veía: no una amable giganta, sino como un ser demasiado especial para corresponder a la aburrida especie humana. Tenemos, pues, que la real incursión literaria de Virginia Woolf fue a través del género fantástico, aunque muy probablemente su intención primaria consistiera en homenajear la singularidad de su amiga.
El primer relato, “Galería de amistades”, es el más breve y se trata, básicamente, de una presentación de personajes y, más concretamente, de “la giganta” Violet, a la que Virginia embroma en forma amorosa. Como, por ejemplo, cuando señala que, al llegar Violet al mundo, el médico partero no solicitó una báscula sino una regla. Antes de cumplir los ocho años, señala la narradora, la señorita Dickinson ya era del tamaño de la más alta malvarrosa
del jardín. El tamaño de Violet era, ciertamente, una desventaja que la alejaba de la posibilidad
de un compromiso matrimonial ‒de hecho, murió soltera‒ lo que habla más de la inseguridad de los potenciales pretendientes que de ella como ser humano. Era, en cambio, muy solicitada como amiga, confidente y compañera de juegos. A través de estos relatos, Virginia exhibe la frivolidad de una sociedad que no perdona la más leve variante en su arquetipo de doncella deseable y, al mismo tiempo, hace de la estatura de Violet un rasgo que la coloca más allá de la especie humana; una criatura fantástica, de formidables dignidad y sentido del humor que, supongo, no son parte de la invención: “pero aquí no estamos escribiendo una novela sino la esencia de la verdad […] Los novelistas sentimentales siempre adornan con muchas palabras el día después del baile para lograr un contraste efectista; no sólo cambia el escenario y alivia la tensión de una atención prolongada – comparto estos secretos, los mejores que poseo‒ sino que revela de forma natural una faceta distinta del carácter del héroe. Y lo mismo ocurrió con mi heroína, si es que una mujer de carne y hueso puede calificarse de
tal modo”.
La lectura de estos relatos deja la sensación de que la narradora mira hacia arriba a su heroína, y no precisamente por su estatura. Violet amerita la admiración de Virginia por motivos menos peregrinos que su físico, o su excelente gusto al vestir que debió sentarle de maravilla a su figura alta y espigada: se trata de una mujer culta, muy afecta a la literatura y a la redacción de cartas líricas, además de, escrito por la propia Virginia: “historia, literatura, aritmética, lenguas modernas, música y humanidades”. En este mismo texto, la narradora recalca su renuencia a seguir los convencionalismos exigidos en biografías femeninas, particularmente tratándose de alguien tan extraordinaria como Violet; alguien que, pese a su gran capacidad para socializar, buscaba con ahínco un rincón solitario junto con seis libros; un oído con alcance para descifrar la cháchara de los insectos y una rauda pupila capaz de captar al instante la caída de un pájaro cuyo corazón ha parado en pleno vuelo: “Pero hay que reconocerle a Violet el mérito de ser alguien capaz de convertir en hechos una paradoja estéril; alguien que demuestra que las Duquesas son tan verdaderas como ruiseñores.”
“El jardín mágico” es un retrato poético y
prodigioso de esa misma mujer que no logra
describir como a un ordinario ser humano; imposible deducir si porque, en efecto, Violet era una fuera de serie, más allá de su presencia física, o porque el inmenso cariño de Virginia hace de ella un ser hiperbólico. Un rasgo llama poderosamente la atención: siempre vincula a Violet con la escritura y la lectura. A menudo la describe enfrascada en una u otra actividad, lo que nos hace inferir que, muy posiblemente, Violet aspiró a ser escritora, “escribía en la eterna libreta que siempre llevaba consigo, como si su camino por la vida estuviera lleno de apuntes”. Una vez más se alude a cualidades sensoriales que son casi superpoderes y tienen que ver con la capacidad de observación y de atención a pequeños detalles de la naturaleza. Violet jamás se dio a conocer como escritora, ni Virginia alude directamente a algún posible texto inédito, pero a través de estas líneas nos hace saber que conoce esa parte de la intimidad de su querida amiga, que incluso encuentra una gran belleza en esos hipotéticos textos. No le es posible aludir a lo que todavía no existía (ni existirá) como obra literaria, pero sí de las cualidades artísticas de quien, acaso tímidamente, la hizo partícipe de su escritura secreta, “todo conduce a demostrar que la vida de la señorita Violet Dickinson es una de las más singulares, así como una de las prolíficas y menos escandalosas en nuestra época”.
“Cuento para dormir” es el más precioso del volumen, pese a la crítica anotada por Seshagiri respecto a la “apropiación cultural” y la “arrogancia racial” de Woolf con respecto a la cultura japonesa, cuando su única referencia, a decir de la estudiosa (yo lo dudo) eran “las pretensiones llenas de errores de la ópera de Puccini de 1904, Madama Butterfly”. Encuentro un tanto rígida esta postura, ya que la intención de la autora es clara: imaginar a modo de cuento de hadas un viaje que su amiga emprende con una familia amiga de la suya. En esta, la más hiperbólica representación de Violet Dickinson, Woolf no deja de representarla como una escritora, más aún: una diosa de la escritura, “había tallado con fuerza unos versos en una tablilla de marfil que estaba colgada delante de su templo y había que aprendérselos para poder entrar”. Una diosa polimorfa capaz de presentarse en las más fabulosas maneras, incluso una que me hizo escribir en la esquina de la página “Godzilla”. Cierto: Virginia recrea tanto Japón como China con absoluta soltura. Son culturas insertas en una ficción fantástica que fluctúan según convenga a ésta. No es la precisión lo que importa, sino la narración, y la protagonista de la misma en particular.
La vida de Violet (Lumen, México, 2026, traducción de Ana Mata Buil) ha sido un deslumbrante descubrimiento; una (permítaseme ser coloquial) genuina gozada. Es confrontar a Virginia Woolf, no en estado larvario pues estas páginas se escribieron por una pluma entrenada: lo confrontado es una Virginia Stephen que todavía no conoce el que será su nombre de pluma, con el que trascenderá para la eternidad, y que, sin embargo, deja, al correr de su largos y esbeltos dedos, las semillas del genio en que habrá de convertirse. Y aunque Violet Dickinson no haya seguido ese tramo, trasciende asimismo en calidad del personaje que hizo estallar la pirotecnia en la cabeza de una joven bendecida con uno de los genios más excepcionales del siglo XX.