Falsas panaceas: el mito de la innovación

- Alejandro Badillo - Sunday, 11 Oct 2026 00:04 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
En nuestro siglo, la tecnología ha seguido un proceso de endiosamiento, como si sus avances, en manos de grandes compañías internacionales, fueran capaces de resolver todos los problemas de la humanidad. La realidad es otra, pues, como se afirma en este artículo, “la innovación es una ‘invención comercializada’, es decir, un producto comercial que llega de inmediato al mercado global, se difunde con amplitud y cosecha importantes ganancias”.

 

 

 

En enero de 2022, la revista The Economist presentó un informe titulado “The World Ahead” en el que ofrecía una serie de innovaciones tecnológicas para el año que recién empezaba. Entre los maravillosos adelantos próximos a implementarse compartidos en México por periodistas como Héctor Aguilar Camín para evidenciar, supuestamente, el atraso científico de nuestro país destacan buques contenedores movidos a vela, taxis eléctricos que vuelan, aviones alimentados con hidrógeno, turismo espacial y el llamado “metaverso” que, en aquel año, parecía imponerse como una plataforma que sería usada por millones de personas.

Cuatro años después, las promesas tecnológicas profetizadas por The Economist no se concretaron. Algunas de ellas, como el turismo espacial, han sido lujos para celebridades y la experiencia no se parece, en absoluto, a los utópicos paraísos artificiales orbitando a la Tierra o la colonización de otros planetas. Los conflictos bélicos, la escasez de recursos y la fragilidad de sistemas demasiado complejos, entre otros problemas, hacen aún más difícil su realización en el futuro.

Adiós, invento; bienvenida,

innovación

No es la primera vez, por supuesto, que las promesas tecnológicas quedan a deber. Por poner un ejemplo: en junio de 1979, el presidente demócrata de Estados Unidos, Jimmy Carter, instaló paneles solares en la Casa Blanca y advirtió que, para el año 2000, veinte por ciento de la energía de ese país provendría de las “energías renovables”. Cuarenta y siete años después del anuncio, las energías renovables tienen una contribución marginal en Estados Unidos y en el mundo y tienen que ser respaldadas por plantas de energía fósil, como muestra el documental de Michael Moore, Planet of the Humans (2020).

A pesar de esto, la innovación y la fe que despierta se ha convertido en un fenómeno que cada vez tiene menos contacto con la realidad o el sentido común. El ciudadano del siglo XXI sigue, frenéticamente, las noticias de adelantos tecnológicos que nos cambiarán la vida y acabarán con todos nuestros problemas. Después de la fascinación por los artilugios mecánicos del pasado, llegó la esperanza en el mundo digital, internet y, en los años recientes, la Inteligencia Artificial. La ciencia ficción se encargó de imaginar un futuro en el cual el ser humano conquistaría el espacio y los viajes en el tiempo. En el mejor de los casos, la utopía espacial era contrastada con los desastres provocados por la ambición del hombre.

La innovación y su popularidad es un fenómeno relativamente nuevo. El término se puede rastrear –con la connotación positiva con la que se conoce actualmente– hasta la Revolución Francesa.
Con la llegada del siglo XX, la innovación sustituyó a la invención y se creó la figura del emprendedor quien, gracias a su genio y visión, transformó la vida de mucha gente además de volverse inmensamente rico. Eduard Aibar –catedrático de Estudios de Ciencia y Tecnología en el Departamento de Artes y Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya– publicó en 2023 El culto a la innovación: Estragos de una visión sesgada de la tecnología. El libro elabora una crítica necesaria al dogma tecnoutópico y la ideología que soporta el mito del emprendedor. En primer lugar, destaca que la innovación es una “invención comercializada”, es decir, un producto comercial que llega de inmediato al mercado global, se difunde con amplitud y cosecha importantes ganancias. En segundo lugar, el innovador es, generalmente, un administrador de riesgos, un eficaz vendedor o un empresario que capitaliza el conocimiento de otros. El inventor –pensemos en uno famoso como Leonardo da Vinci– es, por el contrario, un especialista que domina la técnica y que no tiene en mente un mercado para su “producto”. En muchos casos las invenciones se difunden después de un largo proceso de asimilación en el que intervienen muchos factores, entre ellos la utilidad y su apropiación por gente de diversos estratos sociales.

Uno de los mejores ejemplos de invención antes de la innovación propia del capitalismo neoliberal es el camino que debieron recorrer el reloj y otras máquinas dedicadas a medir el tiempo. El historiador italiano Carlo M. Cipolla describe la compleja invención del reloj en Las máquinas del tiempo. Estudios sobre la génesis del capitalismo (1999). Vistos por los europeos por primera vez gracias a un regalo que envió el famoso califa Harún al-Rashid en el 807 dC, los primeros relojes maravillaron por su ingenio, complejidad y, sobre todo, su arte. A partir de ese contacto, los europeos –italianos, franceses e ingleses– dedicaron grandes esfuerzos intelectuales y recursos materiales para replicar y mejorar las máquinas para medir el tiempo que habían inventado los árabes. Sin embargo, durante varios siglos, los relojes fueron solamente objetos de lujo, adquiridos por nobles caprichosos y, por lo tanto, símbolos de estatus. Gracias a la imitación, el conocimiento compartido, la labor de generaciones de técnicos y el comercio, los relojes se convirtieron en objetos de uso común y aprovechados por el capitalismo del siglo XIX para, entre otros objetivos, maximizar y medir el rendimiento de la clase obrera. Sobra decir que la medición del tiempo sería la perdición de los trabajadores en las fábricas, pues ahora su labor no consistía en crear una mercancía, sino que debían entregar su vida hasta que el reloj marcara la hora de salida, algo inconcebible en la era de los talleres artesanales.

Los relojes llegaron hasta nuestra época con numerosos cambios y adaptaciones. Sin embargo, se podría hacer una suerte de museo con todas las invenciones que se saltaron la apropiación social de la tecnología y quisieron imponer un producto pensando solamente en las ganancias. El científico checo-canadiense Vaclav Smil ha estudiado la historia de las innovaciones que no funcionaron, que tuvieron una vida breve o que se han quedado como proyecto. En Invención e innovación. Breve historia de los éxitos y fracasos de la humanidad (2025) nos cuenta sobre grandes adelantos como el famoso Zepelín o globo dirigible inventado por Ferdinand von Zeppelin en el siglo XIX y cuyo recuerdo más famoso es la tragedia del LZ 129 Hindenburg el 6 de mayo de 1937. A este fracaso aéreo siguió el auge y decadencia del avión supersónico Concorde y otros medios de transporte que no han pasado del bosquejo, como los tubos transportadores para personas. Otras innovaciones anteriores como la gasolina o el DDT ocasionaron graves efectos secundarios (por el plomo y los químicos que dañan a la naturaleza, respectivamente). Los reactores nucleares no han logrado abastecer las necesidades energéticas mundiales, a pesar de las promesas y las décadas de investigación en la materia.

La trampa del tecnooptimismo

En la conclusión del libro, Smil cuestiona el llamado “tecnooptimismo”, es decir, la idea de que el progreso tecnológico es un camino recto por el que la humanidad transita a un ritmo cada vez más veloz. Incluso, hay problemas para los cuales no hay soluciones a la vista, pues los recursos no son suficientes o la ciencia no ha logrado resolver el acertijo. Sin embargo, constantemente nos bombardean con noticias falsas o verdades a medias sobre descubrimientos fabulosos que transformarán el mundo en el que vivimos. Muchos caen en la trampa.

Llegado a este punto convendría hacer preguntas importantes: ¿Se puede aportar algo benéfico para la humanidad cuando la tecnología ha sido capturada por un puñado de corporaciones? ¿Qué ocurre con la invención cuando las instituciones educativas se limitan a repetir un paradigma agotado y cada vez más disfuncional, como el del capitalismo neoliberal de nuestra época? ¿Qué adelanto es más valioso? ¿El tenedor que usamos todos los días, el bolígrafo cuyo funcionamiento apenas ha cambiado a lo largo de las décadas, o los milagros siempre pospuestos de una tecnología cada vez más invasiva, antidemocrática y, al mismo tiempo, opaca? l

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