Con la vida en el centro: resistir y construir en comunidad

- Mario Bravo - Sunday, 11 Oct 2026 00:07 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La filósofa, escritora, académica, feminista e historiadora marxista italoestadunidense Silvia Federici (Parma, 1942), profesora emérita de la Universidad de Hofstra en Nueva York, su ciudad de residencia, es autora de libros fundamentales como Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo y Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes. En esta entrevista expresa su rabia ante las injusticias que acontecen tanto en el país donde radica, Estados Unidos, como en el resto del mundo. Asimismo, deja en claro que el entusiasmo y la esperanza son centrales en su manera de vivir.

 

 

Genocidios aquí y allá

–El capitalismo está consumiendo la vida de la gente, así como destruye las aguas, los aires, los montes y los bosques; nos roba lo más necesario para el sostenimiento de la vida –expresa Silvia Federici, y continúa con su diagnóstico social–: En Estados Unidos están cortando los servicios sociales, además se incrementa el encarcelamiento y la deportación de migrantes: se les quitan todas las garantías constitucionales. Vivimos un momento muy duro. Hablo de Estados Unidos, el país más fuerte y rico del mundo, aunque aquí hay millones viviendo en el empobrecimiento total y en el miedo cotidiano, sobre todo migrantes y negros. Existen miles de personas que durante años han vivido en Estados Unidos; no obstante, ahora tienen miedo de salir de sus casas y de mandar a sus hijos e hijas a la escuela. Prácticamente son secuestrados y desaparecidos en la calle. Es una locura increíble.

Pero también veamos casos extremos como los genocidios en Gaza, Líbano y Sudán. Incluso los pequeños genocidios cotidianos que no se producen solamente por la guerra y las bombas, sino cuando no puedes pagar la consulta médica ni cuidar tu salud. Otro ejemplo son las mujeres cuidadoras, mayoritariamente migrantes, que trabajan veinticuatro horas al día en Nueva York, pero solamente les pagan trece. ¡Increíble, en pleno 2026! En Estados Unidos, un país con riqueza donde no hay una guerra abierta ni caen bombas, existen millones de personas trabajando todo el día.

–Desde 2002, usted ya afirmaba que Palestina es el mundo.

–Sí, eso lo escribí porque podía ver que lo ocurrido allí era una forma muy visible, concentrada e intensa, de tantos procesos simultáneos en otras partes del mundo, pero invisibilizados. Por ejemplo, la gran expansión del hambre y de la deuda, ocasionada por los programas de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Esto ha creado hambre, desplazamientos y muertes. Otro caso: desde África zarpan barcos que cruzan el Mediterráneo con el objetivo de arribar a Europa, pero muchas personas mueren ahogadas. El Mediterráneo es un cementerio. Allí está el significado de “Palestina es el mundo”.

Resistir no basta: hay que construir

–Si bien existe resistencia, nos falta coordinación y contar con la capacidad de un movimiento amplio que junte todas las luchas sociales, aquellas que construyen una nueva vida porque no es suficiente resistir. Necesitamos, cada día, construir relaciones de vida diferentes. En América Latina, las compañeras dicen: “poner la vida al centro” –enfatiza la teórica marxista, y agrega–: muchas veces he dicho que el movimiento feminista se ha indigenizado en Latinoamérica. No
sé si es por la historia de quinientos años de colonización que los movimientos feministas conocen muy bien qué es el capitalismo y el colonialismo. Quizás esto se debe a la propia influencia de
los pueblos indígenas, que siguen en pie de maneras creativas, cambiando y siendo un ejemplo para crear nuevas formas de vida.

–Las luchas indígenas en América caminan con otro reloj, en otro tiempo, distinto al del capital y el del Estado-nación.

–Sí, los zapatistas, por ejemplo, tienen una concepción diferente del tiempo y han sido capaces de construir un pequeño mundo, autogobernado. Presentan bastantes dificultades y contradicciones, pero siguen siendo una inspiración.

–¿Qué papel desempeña la tecnología en la construcción de otras relaciones de vida?

–No existe la mala tecnología, sino que hay tecnologías diferentes. La historia de la tecnología capitalista nos dice que siempre ha sido inventada para destruir las formas de lucha, dividir a la gente y crear modos más intensos de explotación. No existe una tecnología neutral. La tecnología capitalista es política y siempre surge en momentos de respuesta a luchas sociales. Entendamos: el capitalismo es una gran construcción de mentiras. Hoy lo constatamos, una vez más, con la inteligencia artificial (IA), la cual destruye la naturaleza al consumir millones de litros de agua que necesitan los servidores de los centros de datos. Además, aseguran que la IA reemplazará a los trabajadores. Esto es mentira, pues la mayor parte del trabajo que hoy se realiza en el mundo es el doméstico y el vinculado a los cuidados. ¡Los robots no pueden hacer estas labores! ¿Quién dejaría en manos de un robot a la persona que ama? Nos dicen que la IA puede construir un coche o laborar en la agricultura. Mienten. Es una forma de terrorismo psicológico para decirnos que no valemos nada, así desvalorizan nuestras vidas y nuestro trabajo. Quieren atemorizarnos y obligarnos a aceptar cualquier miseria a cambio de nuestra fuerza de trabajo; hoy ese es el discurso alrededor de la tecnología. Sin embargo, debemos estudiar sus diversos usos. Necesitamos comprender qué es para poder defendernos, porque la usarán contra nosotros.

–Usted cuida diariamente a su compañero de vida, quien padece algunos problemas de salud. La vejez también ha sido violentada por los mandatos del capital y del mercado.

–Soy afortunada porque durante varios años hemos construido una comunidad cerca de nosotros. Raramente estamos solos. Me imagino qué es de la vida de millones de ancianos completamente solos en Estados Unidos, o de quienes viven en lugares creados por el Estado en donde prácticamente van a morir. Aquí ves mucha gente vieja viviendo en la calle: perdieron todo, pasan sus últimos años en la calle o solos, en su casita, comiendo la comida de los gatos porque no pueden alimentarse con comida real. ¡Es una vergüenza! Para el Estado capitalista, hoy los cuidados son una pérdida y un lastre; a diferencia de otras sociedades del pasado, en donde los viejos, las viejas, eran sinónimo de riqueza porque tenían conocimiento, memoria y experiencia. Hoy, vejez es una palabra usada con desprecio: ¡siento mucha rabia!

Hacer comunidad: la lucha

constructiva

–Usted ha reflexionado sobre las formas colectivas de organizar la vida, producir, cuidar y decidir: los comunes. Estas experiencias, presentes, por ejemplo, en las comunidades zapatistas y en el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, ¿pueden contribuir a revertir el desastre en el que estamos sumidos como humanidad?

–Debemos crear un nuevo mundo y necesitamos pensar cómo abriremos un camino. La construcción de los comunes es parte del camino. Esto no es solamente una visión de la sociedad que debemos construir. Crear los comunes representa una condición de lucha. No solamente se trata de decir “no”, de resistir, sino que la lucha requiere de construir algo diferente cada día. A esto le llamo lucha constructiva: un terreno de experimentación y construcción de una nueva sociedad. Claro que hoy la correlación de fuerzas no está a nuestro favor; no es posible pensar en la revolución. Pero se puede crear un camino donde cada día sea un momento de transformación. Hoy no se puede luchar si no se crean formas más comunitarias, solidarias y colectivas de vida. Hay formas de lucha que transforman nuestra comprensión sobre qué es el capitalismo y cuáles son las luchas que necesitamos emprender, cuáles son los terrenos donde podemos hacer comunidad. Hay luchas que nos hacen comprender la importancia de juntar lo ecológico con la resistencia de quienes trabajan en el campo de la salud y la educación. También está el movimiento feminista que se ocupa de la reproducción social y engloba ámbitos como la educación, la salud, la agricultura, la comida y la cultura. Lo común es una condición para crear un camino revolucionario.

–A sus ochenta y cuatro años, ¿qué es para usted el amor?

–Lo es todo. Tengo ochenta y cuatro años y llevo cincuenta y tres junto a mi compañero, George. Durante ese tiempo hemos explorado, experimentado y vivido muchas formas diferentes de amor. Un amor sexual, en la juventud; otro amor desde el compañerismo, pues con George he escrito textos, luchado y creado cosas. Existe un amor como el de una madre con su hijo, otro amor similar al de una hermana… En más de cincuenta años he experimentado que el amor es tantas cosas. No es una costumbre, sino que cambia cada día. Sin el amor estaría muerta. Me enojo mucho cuando algunos jóvenes dicen que no tenemos esperanza. ¡Cómo puede ser! Las relaciones de poder no nos son favorables, pero cada día nacen nuevos seres humanos. ¿Qué les diremos? “Discúlpame, pero ahora no tenemos esperanza. Es una pena que hayas nacido ahora.” ¡No! Cada generación abre una nueva posibilidad. A mis veinte años pensaba que cambiaríamos el mundo. Estaba convencida. A pesar de que conocía la
historia de la segunda guerra mundial, del fascismo y del nazismo, eso resulta diferente cuando vives esas historias o cuando solamente lees o escuchas esos relatos de tus padres.

–La memoria es otra herramienta de lucha.

–Sí, es importante y fundamental. Aunque también lo es el olvido, en el sentido de olvidar las derrotas: cada nueva generación de jóvenes llega con una capacidad mayor de cambio social porque no traen el peso de todas las derrotas del pasado.

–¿De dónde proviene ese entusiasmo suyo ante la vida?

–No sé [ríe]. Me parece que es el único modo de vivir. Siempre me ha entusiasmado la idea de poder cambiar las cosas, las relaciones con la gente e imaginar un mundo diferente. Para mí, los comunes no representan una palabra muerta. Es algo que cada día llevo conmigo, en mi bolsillo.

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