Bemol sostenido / Sombra de ti, Shakira

- Alonso Arreola @escribajista - Sunday, 11 Oct 2026 00:25 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

 

Entrevistamos a Shakira a finales de los años noventa, cuando llegó a México presentando su álbum ¿Dónde están los ladrones? Recordamos bien aquella charla en que nos impresionaron su lucidez, cultura y talento. Lo que le vino después fue producto de ello. Sin duda.

Empero, en su largo ascenso ha sufrido caídas, no sólo emocionales sino estéticas y de calidad. Pensábamos en ello cuando llegamos al llamado Estadio Shakira, ubicado en el norte de Madrid. El espacio se llama, en realidad, Iberdrola Music. Fue originalmente pensado para macro festivales y experiencias culturales de gran formato (de hasta cien mil personas). Es allí donde, por un mes, se ha establecido la residencia de doce presentaciones que la colombiana imaginó para el regreso a una tierra que la quiere, pese a sus avatares amorosos y fiscales. ¿Cuáles son las novedades?

Se trata de dieciocho hectáreas destinadas no sólo al emplazamiento de gradas y escenario con capacidad para 55 mil asistentes (a nosotros nos han regalado las entradas); además, según presume la promoción, es el terreno de Macondo Park, una ciudad efímera que convertiría su concierto en una experiencia artística y comercial de mayor amplitud.

Para su intento, según vimos, hay distintos pabellones reuniendo música, literatura, gastronomía, moda, belleza y entretenimiento. A la vez, cada uno está asociado con diferentes patrocinadores o aliados. Verbigracia: La Sala, con Occident; La Biblioteca, junto a Penguin Random House; El Taller, donde participan ÍSIMA, Cantabria LABS, Heliocare y distintas firmas de moda; El Mercado, con propuestas latinoamericanas como P.A.N.; y el Museo de Shakira, desarrollado con Amazon Music. Para los niños está Macondito, asociado con Disney, mientras Club Loba se enfoca en la comunidad de seguidores.

Suena bien, lectora, lector, pero el resultado está lejos de cumplir promesa. En el rato que permanecimos allí no pudimos ver ni hacer prácticamente nada. Las rutas eran inciertas y los servicios deficientes. Tal como en un parque de diversiones o en un mal festival: filas interminables, pocos y distantes baños, alimentos y bebidas insuficientes. Tampoco se sentía la prometida energía latinoamericana.

Nos impresionó, eso sí, que las mujeres asistieran en aplastante mayoría, ostentando una hermandad y solidaridad evidentes. Sin embargo, llegada la hora del inicio, también nos sorprendió el conflicto entre dos señoras que ‒bastonazos en la cabeza incluidos‒ peleaban porque una no dejaba ver a la otra. Y justo en medio, nosotros, con gran parte del concierto arruinado a causa de su reyerta interminable.

Así quedaba nulificado el efecto amoroso que salía del escenario. Un despliegue gigantesco de pantallas, luz y sonido que no ayudó a dar profundidad a la experiencia. Shakira bailando, doblando su voz grabada. Shakira bailando, cantando desafinada. Shakira bailando, con una gran banda de apoyo. Con bailarinas hermosas. Por momentos perfecta pero haciéndose pequeña, sin buen calado conceptual. El mejor momento llegó en la doble colaboración con Alejandro Sanz, quien elevó la vara en “La tortura” y “Corazón partío”. Como imaginará, lectora, lector, escapamos antes de que terminara el concierto, sin presenciar la propuesta de su carnaval postrero. La previa nos puso alertas para evitar un posible caos en los vomitorios del estadio. Así fue como, alejándonos de una multitud a la que le faltó entusiasmo, terminamos recordando de nueva cuenta aquel primer encuentro con Shakira, treinta años atrás. Nos preguntamos si esto le habría gustado a aquella joven de cabello negro y trenzado; curiosa, preguntona y desenfadada. No lo creemos. Buen domingo. Buena sonidos. Buena semana.

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