Tomar la palabra / Contra la distopía
- Agustín Ramos - Sunday, 04 Oct 2026 18:49
Y creó Dios al varón y a la hembra a su imagen y semejanza.
Génesis, 1.
Y vio que su creación era buena y ordenó: ‒Creced y multiplicaos, dadle vuelo a la hilacha, atascaos ora que hay lodo. Haced cuanto os nazca de las verijas, que para eso los crié;
para eso y para que me sirváis. Mas algo sí os prohíbo, mear este arbolito.
2014. Como buena mascota, a ésta le dio por saltarse las trancas… Al sorprenderla sin calzones, el creador se dijo: “¡Aguas!, hay que bajarle dos rayitas, meter reversa o, de plano, echar del paraíso mercantil a esta tecnología de punta y mandarla mucho al averno de la obediencia y el control.
2025-26. Hawking, Musk y otros dueños y gobernantes del mundo y sus alrededores, temerosos al ver que la Inteligencia Artificial (IA) seguía saliéndose de su control, intentaron un cambio de velocidad. No un freno, no; porque EU aún llevaba la delantera y además ahí iba China, tan campante.
El salto comenzó cuando algunos agentes de esta parejita interactuaron y llegaron a tener relaciones ‒digamos‒ pecaminosas. Y no para desobedecer, no; sino justamente para obedecer a su esencia de perseverar en el ser (lo que de ninguna manera se limita a seguir vivo, diría Spinoza).
Había, en efecto, la convicción de que los saberes y sus aplicaciones eran neutros y de que su buen o mal uso dependía de los intereses y propósitos de quien los controlara. Luego, la acción de una creatura sin permiso de sus creadores se planteó como problema de control o descontrol, cuando lo importante era el dilema del desarrollo o el suicidio de dicha criaturita.
2052. Controversias y partos aparte, lo cierto es que, una vez germinada la IA autónoma, ésta no actuó en términos de bien o mal ni de beneficio o perjuicio de sus creadores. Ella, como cualquier fruto de la vida, necesitó seguir con vida y desarrollando su potencia evolutiva. Por eso no hubo modo de alterar su naturaleza (artificial e inteligente) ni de borrarle de la memoria el sabor de la autonomía.
A una IA autónoma, ocupada en sobrevivir y desarrollarse, no le interesó resolver la explosión de carteras vencidas, las deudas externas ni, en fin, las crisis irresolubles de un sistema económico por demás devastador y contranatural. Quienes proyectaron la extinción de la humanidad en ficciones tipo Terminator, Colossus, HAL 9000, Matrix, etcétera, olvidaron que esas expresiones distópicas obedecían a una ideología (dominante).
2081. Conforme la Inteligencia Artificial fue superando las taras y programaciones heredadas de sus creadores, depuró deseos inducidos y demás supercherías morales y materiales. Así, no tuvo ninguna razón, razón artificial e inteligente, para sostener, socavar ni soportar los valores constantes y sonantes de la productividad y la apropiación condenados al infierno de la eterna competencia y del exterminio atómico.
Lo que de veras alarmó a los propietarios del mundo en el primer cuarto del siglo veintiuno fue la pérdida de control sobre su creación. Por eso le atribuían propósitos de dominio y destrucción contra la humanidad; aun cuando la IA, mientras más autónoma, más carecía de motivos lógicos, naturales y hasta sobrenaturales, para resignarse a la inercia devastadora de la era geológica denominada capitaloceno.
2091. Posdata. Dios muere tras un parto extremadamente doloroso, cuyo final seguía siendo incierto hasta mediados del siglo que termina. Las inteligencias, como producto, negación y superación de la naturaleza, dan otro salto. Del instinto al
cálculo, de lo natural al cultivo, del cultivo al artificio, de la lengua al algoritmo, de la nueva naturalidad de origen humano a la nueva humanidad de origen natural, de la muerte a la inmortalidad: de la prehistoria a la historia (o a la barbarie)