Tecnofeudalismo y servidumbre digital: el nuevo sistema

- Alejandro Montes - Sunday, 04 Oct 2026 18:29 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
La coyuntura tecnológica, económica y cultural, además de política de nuestra época, requiere una seria reflexión sobre las consecuencias que genera en la vida humana y la del planeta mismo. En este sentido, los conceptos de tecnofeudalismo y extractivismo son el centro de las reflexiones en este artículo: “Con el extractivismo, el tecnofeudalismo se adjudica bienes culturales para procesarlos, comercializarlos y, en grados muy desvergonzados, banalizarlos por medio de sus plataformas. Así los subordina a intereses particulares de grupos empresariales.”

 

Consolídese el tecnofeudalismo

Se ha mencionado que la época del tecnofeudalismo es una realidad. Según el economista griego Yanis Varoufakis, el tecnofeudalismo es el nuevo sistema económico que domina en la actualidad por medio del capital de la nube o cloud computing (servidores de internet que procesan con algoritmos bases de datos de manera remota sin encontrarse físicamente en un hardware específico, pero utilizan una infraestructura costosa como almacenes de datos, fibra óptica, sensores…). Los componentes básicos de este concepto son claros e hilados perfectamente: a) la comercialización digital se realiza por plataformas privadas que se establecen como feudos digitales; b) esto conlleva una renta o comisión estipulada por los dueños de esas plataformas para conceder acceso a dichos servicios digitales; c) la consecuencia es la generación de una masa consumidora cautiva o siervos digitales a nivel mundial.

Este comercio digital ha provocado cambios desde la economía mundial (plataformas de compra de artículos como Amazon han desplazado mercados tradicionales) hasta en el comportamiento cotidiano de las personas (se ha naturalizado el uso habitual de redes sociales o streaming
como nuevas prácticas sociales). En el marco del lenguaje de la tecnificación digital, se ha llamado “ecosistema digital” al entorno virtual donde usuarios pueden interactuar con diversas plataformas en línea, ya sea para contratar servicios, comprar mercancías o disponer de dinero electrónico por la banca móvil. El conjunto de lo anterior ha establecido nuevos roles y actores que, sin caer en exageraciones, reconfiguran la realidad actual.

Si la lógica del feudo implicaba la relación de poder del señor por encima del siervo y del vasallo, donde se devengaba la explotación de bienes naturales como la tierra y el agua para cultivar o se cobraba la renta para el ejercicio de oficios como el de carpintero o herrero, así como el funcionamiento de establecimientos como molinos u hosterías, entonces en el tecnofeudalismo también existen señoríos que explotan todo lo que esté a su alcance: recursos naturales, bienes sociales, culturales… para lucrar con ellos de manera digital.

Varoufakis cataloga roles principales en el tecnofeudalismo: los señores de la nube (nubelistas) son los dueños de las plataformas; los capitalistas vasallos (empresarios, comerciantes o fabricantes) comercializan sus productos por medio de la renta de la nube; los proletarios de la nube (trabajadores precarizados como repartidores o empleados de almacenes), cuya labor es dictada por un algoritmo o “algojefe”; y los siervos de la nube (usuarios sin remuneración económica) alimentan las plataformas con su información personal, que utilizan para interactuar con ellas. Para Varoufakis, el tecnofeudalismo conlleva una característica muy propia: la modificación del comportamiento por el mando algorítmico.

Extractivismo, instrumento ideal
del tecnofeudalismo

Los señores de la nube apostaron a ganar y lo lograron al máximo con esa tecnología, pues entendieron muy bien que cada época tiene sus propios sistemas de comunicación que se caracterizan por tipos de soportes (antes eran tablillas de barro, papiros, pergaminos, papel…; ahora son pantallas con conectividad a internet). Comprendieron el principio histórico que se repite desde la Antigüedad hasta el día de hoy: el que tiene las plataformas de comunicación (sean físicas o digitales), lo tiene todo. Carlos A. Scolari lo resume: “Si hace dos mil años los Estados se confrontaban construyendo enormes bibliotecas o limitando la circulación del papiro, hoy las superpotencias están enzarzadas en una lucha tecnológica que incluye entre sus campos de batalla a las nuevas plataformas de comunicación.”

También calcularon que su tecnofeudalismo sería imprescindible para la geopolítica actual y, por lo tanto, debía tener un ariete útil: el extractivismo, tanto en los recursos naturales como en los bienes culturales. Con este instrumento, por un lado, se apropia de recursos naturales como minerales (litio, cobre, oro, acero…), agua (utiliza millones de litros para enfriar el gran calor producido por sus servidores), tierra (para explorar y explotar nuevos recursos naturales)… que pertenecen, en la mayoría de los casos, a comunidades o pueblos originarios. El tecnofeudalismo hace lo anterior porque requiere una materialidad biofísica para hacer funcionar su infraestructura tecnológica.

Por otro lado, también se apropia de bienes culturales. Hay ejemplos evidentes de extractivismo empresarial sobre bienes culturales: uno de ellos es el de firmas transnacionales de ropa de lujo que roban diseños de pueblos originarios, como el de los huicholes o comunidades indígenas oaxaqueñas, para lucrar al máximo con esos bienes culturales, sin destinar siquiera un mínimo porcentaje de la ganancia para el desarrollo educativo o de centros de salud de esos grupos humanos. Con el extractivismo, el tecnofeudalismo se adjudica bienes culturales para procesarlos, comercializarlos y, en grados muy desvergonzados, banalizarlos por medio de sus plataformas. Así los subordina a intereses particulares de grupos empresariales.

La transformación de bien cultural a capital digital se da porque las plataformas necesitan de contenidos para tener valor de uso y valor de cambio. Música, fotografías, obras de arte, literatura…, pero también expresiones populares, videos caseros, noticias, historias personales, chistes, chismes… todo sirve de combustible para voracidad digital. Ese contenido se produce por miles de personas que, sabiendo o no, confían su información para que sea procesada algorítmicamente y así obtener datos que sirvan como indicadores de tendencias en la configuración de gustos o fobias, maneras de comportamiento y consumo, preferencias ideológicas o manipulación política.

El extractivismo de información social de las plataformas digitales aparenta una cara amigable con los siervos de la nube: cualquiera con acceso a ellas puede interactuar y dejar su huella digital sin que nadie diga nada. Pero esto obliga a recordar el precepto capitalista: cuando la comida no se cobra, es que uno es la comida.

Extractivismo cognitivo: más rápido, más grande, más fuerte… más deshumanizado

El tecnofeudalismo –lo sabemos ad nauseam– utiliza sus plataformas para obtener los bienes culturales, entrenar con ellos a sus algoritmos y después emplearlos para modelar conductas, servicios o productos. Este proceso provoca la descontextualización y despolitización del bien cultural porque lo despoja de valores artísticos, comunitarios, éticos, lingüísticos, sociales…, así lo desarraiga de su origen –no lo universaliza– y lo subsume como producto a la lógica del mercado.

En este marco, el extractivismo tecnofeudal aplica especial atención a la sustracción de conocimiento de todo tipo: científico, tecnológico, social, humano, así como de cualquier parte del mundo donde se genere y sea “subido” a la red. Es fundamental no olvidar que el conocimiento es producto de una construcción social histórica y progresiva. La articulación sistematizada de experiencias de miles de hombres y mujeres, información variada de diversos temas, razonamientos lógicos y dialécticos, experimentos logrados o fallidos…, convertidos en saberes, se conceptualiza para establecer el conocimiento humano. Ante lo anterior, se podrá afirmar que la construcción social del conocimiento siempre ha sido objeto de comercialización de industrias de diferentes tipos (editoriales que venden libros
con diversos tipos de conocimientos, universidades que cobran a los estudiantes para formarlos en diferentes áreas de conocimiento, investigadores que hacen de sus conocimientos una moneda de cambio para obtener apoyos o becas…) y, por ello, el extractivismo tecnofeudal se inscribe en la vieja tradición económica del conocimiento, es decir, en el usufructo de éste porque su producción y posesión se convierte en negocio y, por lo tanto, en mercancía.

La diferencia entre el extractivismo cognitivo del tecnofeudalismo y otras formas de rapacidad intelectual se verifica por la privatización de conocimientos y saberes en capacidades de yottabyte, velocidades extremadamente vertiginosas, procesamientos de minería fina de información, cero consentimiento con el que las plataformas capturan saberes colectivos sin retribución alguna…, pero principalmente en convertir al conocimiento en una fuente de datos que pertenece exclusivamente a los nubelistas. Imagine usted, amable lector, el poder económico, político y militar que tiene el poseedor de la base de datos de los flujos de operaciones bancarias de dinero lícito e ilícito de empresas estadunidenses y entenderá que el tecnofeudalismo es la nueva cara del imperialismo mundial (ahora se comprende la razón de fondo del porqué los mejores “amigos” de Donald Trump son los señores tecnofeudales).

Vale la pena traer en este momento las palabras de Armando Bartra, de su libro Goethe y el despojo, porque nos invita a reflexionar sobre el sentido fáustico del extractivismo cognitivo como herramienta operativa del tecnofeudalismo:

La inquietud de la modernidad es espiritual, pero sobre todo es material: es técnico-económica. Y en ella se condensa no la codicia concreta por la que los antiguos atesoraban riquezas específicas, sino por la codicia abstracta, cuantitativa, y por lo tanto imposible de colmar, propia del gran dinero. La ambición de un capital que, como los tiburones que al detenerse se asfixian, muere en el momento en que deja de expandirse, en que deja de acumular.

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