Pensar en voz alta: el regreso de la oralidad
- José María Espinasa - Sunday, 04 Oct 2026 18:31
Es probable que la demora que tuvo la técnica para reproducir los sonidos y la voz en relación con las imágenes tenga que ver con que lo oral está allí y su fugacidad no es una preocupación. Reconozco una voz años después de haberla oído y olvido la puesta de sol del día de ayer. Los historiadores del arte y la cultura coinciden en que, al finalizar el siglo XIX, con la filosofía de Nietzsche y la poesía de Mallarmé, algo cambió, y hoy más de un siglo después aún no sabemos qué tan profundo fue ese cambio.
Un elemento a la vez circunstancial, elemental e incluso trivial es también el factor del cambio en su mayor hondura: el cine. Y lo hizo de manera voraz al fascinar a los espíritus más creativos, a la vez que se volvía un producto de consumo masivo. Nadie puede ignorar al cine; este lenguaje, se pensó al principio, se metía por los ojos. En realidad fue sólo un impasse, pues luego se metió por los oídos. Lo oral dejó, aparentemente, el lugar a lo escrito y a lo visto –se lee con la mirada–, pero hoy, justamente por esa senda abierta por el cine, está de regreso de forma omnipresente, devoradora: la civilización del libro será un pasaje, breve, al fin y al cabo, en la historia de la civilización. Pido de antemano perdón si alguien piensa que es una mirada apocalíptica, no es puramente descriptiva. Lo curioso es que estas reflexiones surjan de un entusiasmo –se suele decir, aunque tal vez no sea cierto, que los entusiasmos nos vuelven optimistas, mientras que las decepciones llaman al pesimismo.
Voy a las causas de mi entusiasmo. En los años ochenta el filósofo Gilles Deleuze le dio una sorpresa a sus sectores: su díptico sobre el cine, La imagen-movimiento y La imagen-tiempo, tal vez los textos más importantes escritos hasta ahora sobre ese lenguaje. Recientemente se publicó un tercer tomo expresivo. Fascinantes reflexiones de un espectador sobre su gusto y frecuentación del cine, como un excedente de sus densas reflexiones sobre el psicoanálisis y sus revisiones de la historia del pensamiento. Por más que de Platón a Bergson el cine rondara el pensamiento contemporáneo –sí, Platón es nuestro contemporáneo–, nadie se había aventurado a entrar en él como un referente inevitable, no como un medio de publicidad, un termómetro de las búsquedas experimentales y del gusto masivo, sino todo en conjunto como una reflexión crítica y como horizonte del placer estético.
En los filósofos franceses del ’68 hubo pulsiones políticas y docentes muy manifiestas. Barthes, Foucault, Derrida… recuperaron el aliento escrito, y no sólo la voluntad ideológica de Nietzsche y Bergson, pero también el impulso oral: pensar en voz alta. La noción de seminario, que proviene del éxito público de Bergson en su momento, se renovó. Y, además, ciertas expresiones culturales espurias conquistaron su espacio. Así la moda en Barthes, el cine en Deleuze. Las revistas fueron una prolongación del aula universitaria pero también, en sentido inverso, de la prensa diaria. De la NRF a Tel Quel, pasando por Les Temps Moderns, Espirit, y el seminario se volvía plaza pública, como los de Lacan y Barthes.
La aparición de Cine III, Verdad y tiempo, potencias de lo falso sugiere muchas reflexiones. Las más inmediatas: no se trata en toda la regla de un tercer tomo sobre el cine, sino de la transcripción de las grabaciones de sus seminarios y el espléndido trabajo realizado conserva de manera notable la condición hablada y nos hace oír el pensamiento de Deleuze sobre la marcha de su acontecer. De haberlo escrito, y no hablado, el libro sería muy distinto. Nos recuerda ante todo la nueva dimensión que cobra la voz y de allí surge esta crónica de lectura. La mutua admiración entre Deleuze y Foucault los llevo a proponer, en homenaje reversible, que el futuro de la filosofía sería foucaultiano/deleuziano o no será. Desde el último, ese será ya es. Su suicidio, aquejado por una insuficiencia respiratoria –lo traduzco como cáncer de garganta– lo llevó a lanzarse desde su departamento, un sexto piso.
Sin embargo, mores de la contradicción, Deleuze habría pensado que el futuro sería cinematográfico y ahora sabemos que ya no fue, o que ya no lo es –presente y posibilidad son conceptos fundamentales en su filosofía. La vivencia del cine como sus ideas sobre el tiempo no parecen pertenecer a nuestra época en la que, sin embargo, nos resulta tan necesario ese pensamiento en voz alta. En la transcripción del texto se señalan, de manera pertinente, las risas cuando las hay. Ese pensar en voz alta es también un pensamiento sonriente. Y la risa ante todo se oye.
El cine tenía, cuando muere el autor de Kafka, por una literatura menor, cien años recién cumplidos. Me pongo mesiánico y pienso que lo que ocurrió quinientos años antes, con el Renacimiento, estaba encaminado a crear el cinematógrafo. Si Leibnitz al fin y al cabo pensaba en la creación como una elección del demiurgo por el mejor de los mundos posibles, el acento de la frase ya no está en mejor sino en posible. Y esa posibilidad, perdida fue (o es aún) el cine.