El arte de la traducción: otro cuerpo, otro aliento

- Mario Bravo - Sunday, 04 Oct 2026 18:27 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
A mediados de este año, el Premio Bellas Artes de Traducción Literaria Margarita Michelena 2026, en la categoría de ensayo, fue otorgado a Melina Balcázar (Ciudad de México, 1978) por su traducción de Crítica del juicio, de Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948). En esta entrevista, la traductora y académica del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México, doctora en Literatura Francesa por la Université Sorbonne Nouvelle, conversa acerca de los puntos ciegos, los gozos y las complejidades de su oficio.

 

 

Lectura para vivir

“En la traducción de Crítica del juicio no es mi deseo el que está ahí, sino el deseo de Quignard, su fuerza vital de surgir y vivir en la frase. Ante ciertos textos, quien traduce se vuelve un cautivo enamorado y se pliega a un deseo que no es el suyo. Mi primera lectura de Crítica del juicio fue distinta en comparación con otros libros de ese autor, pues a él lo he leído en momentos míos de gran tristeza y de vasta alegría. Su escritura me ha acompañado durante los últimos veinticinco años de mi vida. Leyéndolo encuentro cosas que me ayudan a vivir”, afirma la profesora del
Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México.

–¿Cuál es el registro de la escritura de Pascal Quignard?

–Además de su erudición, la gran dificultad para traducir a Quignard es justamente que esa erudición convive con una vivencia muy contrastada de la lengua: en él encuentras una parte muy erudita y, al mismo tiempo, un rasgo coloquial. Le gusta este contraste, pues pertenece a un tipo de autores que hacen rechinar la lengua. En su escritura, la puntuación es fundamental: en francés existe una manera de utilizar la puntuación, pero él la adapta a su modo y revive usos procedentes de los siglos XVI y XVII. También puede usar una palabra emparentada con la lengua contemporánea; sin embargo, uno descubre que proviene del francés renacentista.

–¿Qué dificultades halló en la traducción de Crítica del juicio?

–Algo muy particular me pasó tanto con Quignard como con otro autor, Pierre Klossowski, de quien traduje Cuadros vivos. Ensayos de inmoralidad estética (1936-1983): a veces no entendía qué estaban diciendo. Eso es lo peor que puede pasarte. Intuía, pero un traductor no puede intuir. Un traductor debe hacer lo más posible para entender desde su interpretación, desde quien es, desde su lectura y su investigación. Con ambos autores hubo cinco pequeños momentos en que no entendía lo que decían. Y ahí recurrí a los diccionarios, aunque no fueron de gran ayuda. Fue rarísimo. En la traducción de Quignard, intenté producir el texto en francés, es decir, entender sus gestos: ¿qué quería causar en sus lectores en francés? Intuía; sin embargo, cuando no entendía, entonces me preguntaba a mí misma: “¿No entiendo porque no soy nativa o porque no soy lo suficientemente culta?” ¡Debía entender por qué no entendía!

–¿Cómo encaró esa incertidumbre?

–Recurrí a la investigación y a los diccionarios. También eché mano de alguien muy querido, cuya lengua es la francesa. A veces acudo a esa persona que no habla español y le digo: “¿Qué te produce esto? ¿Se lee natural o raro en francés?” Actualmente ya entiende lo que busco, pero me costó mucho tiempo entrenarlo como a mi autóctono preferido [risas]. Además, tengo dos amigas
que traducen del español al francés, Maïra Muchnik, traductora de la obra de Leila Guerriero, y Anne Picard, traductora de Silvina Ocampo, Gabriela Mistral y Octavio Paz. A ellas les dije: “¡Ayúdenme! No entiendo.” Es muy importante que forjes una red de lectores. Esto lo hago antes de que el texto traducido llegue a mi editora, Fabiola Ruiz: mi gran cómplice. Mi último recurso es preguntarle al autor, en este caso a Quignard. Así que le escribí. Lo pensé mucho. Esta posibilidad la reservo para verificaciones y al autor siempre le planteo soluciones. Entonces, formulé cinco preguntas. Entre sus respuestas sólo dos me ayudaron porque en las otras sentí que no me había entendido. Porque también los autores no entienden: debes aprender a preguntarle al autor porque ellos piensan que les consultas qué quieren decir. Y a mí no me importa lo que quieren decir, sino cuál efecto quiso lograr.

Embelesamiento y amor

–En este texto comprendí que Quignard se atreve a hacer cosas con la lengua. Entonces, yo también debía hacerlo. Cuando nos vimos, me dijo: “Quiero que usted se atreva. Quiero que se atreva conmigo a lo que usted quiera. No me consulte ni me pregunte. Tiene usted mi bendición.” Entendí que es necesaria una devoción y cierta sumisión al texto que traduces. Pero no te vas a someter pasivamente. Esto es parecido a un enamoramiento, donde el sometimiento es creativo. No porque Quignard utilizara una voz pasiva en su escrito, obligatoriamente yo debía usarla; no porque él empleó algunas repeticiones, yo también lo haría”, explica la doctora en Literatura Francesa, graduada en la Université Sorbonne Nouvelle.

–Por sumisión, ¿usted entiende un acto de dejarse seducir por el texto?

–Totalmente. Traducir es un momento de embelesamiento. Después conoces más el texto y del enamoramiento pasas al amor. Cuando hablo de sumisión, asumo que soy autora de mi traducción, pero no soy autora del texto: mi escritura no está rivalizando con la de Quignard. Lo que creativamente pueda hacer será para que Quignard tenga una voz en español. Desde luego, esa voz se mezclará un poco con la mía, pero no será la mía. No debo incluir mis tics de lenguaje ni mis palabras favoritas, tampoco usar mis giros. Debo ir hacia el autor. En Crítica del juicio, cuando ya había traducido algo, lo leía en voz alta para ponerme a Quignard en la oreja. Así, cuando siento que algo no está funcionando vuelvo al francés, pero no tanto al sentido sino a la frase.

–Para lograr que la respiración del autor prevalezca tras la traducción, ¿usted hurga en la biografía del escritor o eso contamina su labor?

–La biografía no ayuda a traducir, eso es algo que les digo mucho a mis alumnos. Quizás sí lo haga en algunos momentos, pero lo importante no es el hombre, porque el Pascal Quignard
que me importa se halla ahí, en su escrito. Lo que sí me ayudó fue escucharlo leer en voz alta. Eso le pido a los autores. Así veo cómo hacen respirar
su texto y descubro si leen bajito o alto, si se
detienen, a qué le ponen énfasis: eso me revela muchas cosas.

Traducir, invocar…

–No me gusta la nota al pie de página, a pesar de que pueda partir de una buena intención: introducir y ayudar, abrir a un lector hacia una época o un ámbito cultural poco conocido, por ejemplo. Pero también hay otra nota, la que más abunda, en donde el traductor le explica el texto al lector, con autoridad: “Debes leerlo así.” En Crítica del juicio yo quería que las lectoras y los lectores en español tuvieran la misma libertad que Quignard dejó a sus lectores en francés”, expresa Balcázar.

–¿Cómo procede ante un texto escrito por alguien que ya murió?

–Así sucedió con Klossowski. Entonces, le pregunté a Philippe Blanc, amigo mío y especialista en la obra de ese escritor. En casos de autores ya fallecidos, mucho menos pongo una nota al pie porque me sentiría sin legitimidad. En esas circunstancias, ante autores como Klossowski o Félix Nadar, recurro a sus correspondencias y entrevistas: me importa la huella escrita, pública.

–Traducir también es ir detrás de algunas migas de pan que dejan los muertos en su recorrido por la vida…

–¡Sí! En el caso de Claude Simon, por ejemplo, trabajé con sus archivos, entonces conocía su letra y su correspondencia, además había escuchado entrevistas que le realizaron: ¡lo tenía muy en la oreja! Los manuscritos, por ejemplo, te demuestran qué es lo que le importa a tal autor porque ves lo que raya y cómo estructura. Eso es más interesante que su biografía.

–¿Traducir es invocar a los muertos?

–Hay mucho de eso. Quignard también fue traductor y él cuenta que, alguna vez, Paul Celan lo incitó a traducir un libro del antiguo poeta griego Licofrón. A sus veintiún años, Quignard lo tradujo estando completamente deprimido. Y enfatiza que, justamente, trayendo la voz de los muertos, recobró un poco de vida.

–Para usted, ¿hubo algo intraducible en
Quignard?

–No creo que exista algo intraducible. Aunque todos los traductores y las traductoras, a veces, decimos: “¡Está imposible! Esto es intraducible.” Eso es parecido a lo que te decía hace un rato: cuando ves a alguien que te gusta mucho, lo miras como inalcanzable. En el caso profesional, me pregunto: ¿cómo este texto no va a ser para mí?

–En el amor también existe la resignación ante lo inalcanzable. Pero entiendo que, en la traducción, usted no procede de esa manera.

–No. Para mí, en la traducción no hay nada imposible, aunque sé que el resultado será diferente al original. En Crítica del juicio está Quignard, pero no sólo Quignard.

–Traduttore, traditore [traductor, traidor], reza un viejo proverbio.

–Ni siquiera se trata de una traición, sino de entender que operamos desde la diferencia. Y esa diferencia tenemos que pensarla como una oportunidad de libertad. Pensemos que el autor produjo algo que tampoco existía en su lengua.

La experiencia

–Jean-Baptiste Para, gran traductor del ruso y el italiano al francés, alguna vez me dijo: “La traducción es una profesión un poco ingrata porque no puedes capitalizar realmente lo que aprendiste en tus traducciones anteriores.” Siempre se trata de otro cuerpo, otra respiración y otra problemática con la lengua”.

–Nadie se baña dos veces en el mismo río.

–Hace tiempo impartí el curso “Prácticas de la traducción”, en El Colegio de México. Era muy justo que ese espacio se llamara “prácticas” porque no puedes enseñar la traducción, pues es un acto de experiencia, bajo un posicionamiento entre la lengua y tú mismo. Esto solamente lo aprendes traduciendo y cuestionándote. No hay texto perfecto. La lengua puede moverse y permitirte cambiar cosas.

Versión PDF