Biblioteca fantasma / El Quijote en Patagonia
- Evelina Gil - Sunday, 04 Oct 2026 18:50
Nombrado muy recientemente miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Armando González Torres (Ciudad de México, 1964) expone, a través de su más reciente libro, La tiranía de los Quijotes (JUS, México, 2026) los atributos que lo han llevado a ocupar la silla número XXV, otrora perteneciente a la científica Julieta Fierro. En honor a la verdad, el nombre de este notable ensayista, que también ha brillado en los territorios del aforismo y la poesía, suele pronunciarse con frecuencia cuando de aludir
a criterios privilegiados, y plumas de respeto en agrestes campos como la crítica literaria, se trata.
La tiranía de los Quijotes va mucho más allá de analizar tanto a la obra cervantina como al personaje más amado (¿incomprendido?) de la literatura en español. Don Alonso Quijano nos ha influido tanto a nivel literario como social. El Quijote no sólo es el idealista incomprendido por antonomasia: es el Gran Lector impregnado de sus lecturas, que pierde piso y asume que las hazañas de sus héroes literarios (caballeros de reluciente armadura que ofrecen sus empresas al mechón de cabellos de la amada conservados al interior de un relicario) son posibles y hasta superables. El desvarío de Don Quijote propicia que reinterprete la vulgaridad de la vida real y la blinde de aliento épico. No es, por supuesto, el único lector enfermo de literatura (imposible no aludir a Madame Bovary), pero a lo que González Torres pretende llegar es a la trascendencia del espíritu quijotesco que el autor observa claramente en personajes históricos como, entre otros, Simón Bolivar y Miguel Hidalgo y Costilla. Aunque el parangón no es descabellado en lo absoluto, habría que preguntarse (y aquí es donde el autor propone un diálogo con su lector) dónde surge un genuino espíritu de rebelión y hambre de libertad, y cuándo el enemigo a derrocar se confunde con los molinos de viento. En el caso concreto de Miguel Hidalgo, se señala aquí, los caricaturistas de la época tendían a representarlo con aquella armadura oxidada que no requería acotación alguna.
La figura del Quijote se ha ido acoplando a los tiempos. Comenzó como un personaje patético no exento de dignidad e incluso de ternura. Las percepciones posteriores han ido variando: el hombre (que también puede ser mujer, como el Quijote de Kathy Acker) que opta por abandonar la comodidad del sillón para transformar, más que reescribir, un mundo con el que no está satisfecho; el héroe mesiánico para el que los puñetazos, puntapiés y escupitajos forman parte del trayecto hacia la victoria; el lector ejemplar que no se conforma con soñar, etcétera. Lo más apasionante del brío quijotesco, según lo demuestra admirablemente González Torres, es que se adapta con impresionante facilidad tanto a la izquierda como a la derecha, y ambos bandos han hecho uso tanto de su figura como de su discurso: ahí está la película “aleccionadora” del cineasta franquista Rafael Gil que manipula al personaje y la trama misma para agradar a los simpatizantes del dictador ferrolano. Asimismo, tanto los rusos, que encontraban conmovedor al escuálido caballero resuelto a “desfacer entuertos”, como los mexicanos y latinoamericanos en general, aludían de continuo al Quijote en sus discursos libertadores: “América lo ha hecho más loco (al Quijote),
en el sentido de su ambición y presunción característica. Su locura ha cambiado de tema, pero no de naturaleza. En vez de ser el Quijote de la Mancha, ha sido el Quijote de la Patagonia (el mundo) donde las utopías se ponen a prueba, y donde los cuerdos se vuelven un poco Don Quijotes.”
Si el lector se asume “experto” en Don Quijote, créame: González Torres alberga sorpresas y descubrimientos que hacen de La tiranía de los Quijotes una lectura hipnótica y apasionante. Para concluir: nunca, como ahora, el quijotismo ha estado más involucrado en la vida política, sin discriminación de ideología.