A 50 años de su muerte. José Revueltas y la crónica

- José Manuel Mateo* - Sunday, 04 Oct 2026 18:18 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
El enorme talento narrativo de José Revueltas (1914-1976) ha quedado más que demostrado en toda su obra, sobre todo las novelas y cuentos, pero también fue editor, columnista y reportero. En este espléndido ensayo se explora su faceta como cronista de “YO VIVÍ EL DRAMA DE BONAMPAK!”, la famosa expedición realizada en 1949, en la que él no participó. Sin embargo, “consigue entregarnos de manera fidedigna la experiencia de un tercero que es, además, su amigo: Manuel Álvarez Bravo, cuyo nombre también aparece en la crónica de la revista Hoy.”

 

 

Profanar, destruir… leer

José Revueltas puede ser el monstruo sagrado del cuento (y de muchos otros géneros narrativos, fílmicos, dramáticos y ensayísticos). José Agustín lo dijo, pero lo importante no es la magnitud sustantiva sino el adjetivo: si hemos de comprender lo sagrado habrá que profanarlo. Así lo sugiere el mismo Revueltas cuando se confronta con sus recuerdos. Aunque tal vez convenga suavizar la cuestión y emplear términos menos teológicos: para comprender la entera magnitud de su obra (que es, por otra parte, una obra vivida, plena de experiencia) es necesario desmitificarla. Y de nuevo Revueltas da el ejemplo: en 1973 Magdalena Saldaña lo entrevistaba porque el INBA había organizado un homenaje de cuatro martes consecutivos con la participación de varios escritores (entre ellos José Agustín). La entrevista finaliza con esta pregunta: “¿Qué piensa del mito en torno a José Revueltas?”; la respuesta semeja un relámpago: “Que si existe hay que destruirlo.”

Profanación, desmitificación y destrucción tienen su equivalente en algo menos terrible a los oídos, pero igual de eficaz para distribuir de nuevo lo pensable y lo decible: es necesario leer, procurar un rastreo que no implique comerle las entrañas a Revueltas sino aprender a conservar el fuego de lo escrito por él. Están ahí sus obras completas y las reunidas, pero también contamos con todo ese bagaje que no ha sido todavía objeto de acopio ni antología. Está, por supuesto, lo conservado en el archivo que lleva su nombre en la Universidad de Texas, en Austin; pero más cerca tenemos la Hemeroteca Nacional y lo que, de pronto, ahí encontramos puede entrar en relación con la parte de la obra más conocida.

Antes del nuevo periodismo

No poco se ha dicho y publicado sobre la crónica y sus antecedentes estadunidenses o los que tienen que ver con el periodismo de Gabriel García Márquez y la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. También se reconoce la enorme contribución de Rodolfo Walsh y los esfuerzos de balancear la producción noticiosa que implicó la fundación de la agencia Prensa Latina. A esos recuentos y reflexiones añado la escritura literaria y periodística de José Revueltas publicada bajo la denominación de reportaje, término que puede ser, según entiendo, el otro nombre del llamado periodismo de investigación y de la crónica.

Por buenas y malas razones, entre ellas la industrialización de la literatura en el siglo XIX, se mantuvo una tendencia a separar lo literario de lo periodístico y a promover una suerte de boxeo de sombra para reivindicar o mixturar ambos territorios. Aunque sin duda se verifican distancias y diferencias con fines legítimos de análisis o comprensión, baste decir que la literatura se ha hecho en diarios y en todo tipo de publicaciones periódicas, e incluso las escritoras y escritores menos asociados a esos medios mantuvieron colaboraciones frecuentes antes o después de volverse célebres. Dos nombres actuales dan cuenta de la valía de la literatura
en la prensa: Elena Poniatowska y Svetlana
Aleksiévich.

Como se sabe, Revueltas fue editor, reportero y columnista de El Popular, el periódico de carácter sindical más longevo y de mayor alcance. Menos conocido es que en 1944 trató de llevar adelante un proyecto propio: El Insurgente, un “quincenal de divulgación política” del que sólo se imprimieron tres números (el cuarto quedó en índice). La mayoría de las colaboraciones aparecían sin firma, pero sí apareció impresa allí la rúbrica de Efraín Huerta, entre otros. Con lo dicho sólo anoto un par de ejemplos de la participación de Revueltas en numerosos órganos militantes y en diversos diarios y revistas. Ahora mismo lo que interesa destacar es un reportaje imaginario publicado en el número 639 de la revista Hoy.

Gide y Revueltas: el periodismo fidedigno

André Gide llegó a perfeccionar el arte de otorgar textura ficcional a sus ejercicios reflexivos mediante la práctica de entrevistarse a sí mismo. Entre noviembre de 1941 y abril de 1942 publicó en Le Figaro las conversaciones que sostuvo con un par de reporteros ficticios que para nada le daban por su lado. El material fue reunido y publicado como libro. En español apareció en 1944 bajo el sello de Emecé Editores y traducción de Margarita Abella Caprile y Marta Acosta van Praet. Se trata, en efecto, más de entrevistas imaginarias que de reportajes, y ese era el título en francés: Interviews imaginaires. Sin embargo, el reportaje equivale a una investigación y la entrevista puede ser parte de ella o constituir la técnica y el resultado del acto de averiguar. La crónica sería una pesquisa narrada o el relato de una exploración. Precisamente esto hace Revueltas en “YO VIVÍ EL DRAMA DE BONAMPAK!”, pues da cuenta de la expedición realizada en 1949 (entre finales de abril y la primera quincena de mayo) a esa zona arqueológica, hoy famosa por sus dinteles, estelas, monumentos labrados, pero, sobre todo, por sus pinturas murales, arte que la distingue de las ciudades próximas al Usumacinta, reconocidas todas ellas por su arquitectura.

Tomando en cuenta que Revueltas viajó con fines periodísticos dentro y fuera de México, el
lector podría entusiasmarse de entrada (como
me ocurrió a mí) y pensar que él mismo formó parte de la expedición, dado que el título muestra una declaración en primera persona seguida de un epígra
fe (o resumen) y el crédito de autor. A este efecto contribuye el tono sensacionalista, amplificado por la centralidad de la palabra drama, el signo final que sugiere conmoción o sorpresa e, incluso, la composición en mayúsculas del titular. Sin embargo, José Revueltas no vivió en carne propia el drama de Bonampak, así considerado el suceso porque dos integrantes de la expedición murieron ahogados en el río Lacanjá. No obstante, podemos decir que el escritor toma el enunciado bajo su responsabilidad y consigue entregarnos de manera fidedigna la experiencia de un tercero que es, además, su amigo: Manuel Álvarez Bravo, cuyo nombre también aparece en la crónica de la revista Hoy, pues las fotografías que aparecen en esas páginas publicadas el 21 de mayo de 1949
son suyas.

La sobrevida de lo escrito

La crónica, en tanto pesquisa narrada o relato de una indagación, se adentra en los espacios geográficos y sociales pero, como bien se nota en las entrevistas, el rastreo a veces no lleva a incursionar en un territorio sino en las personas, pues con frecuencia se viaja sólo para realizar este rastreo subjetivo. Así, por paradójico que resulte, inmersiones como ésta sólo ocurren cuando se abren los sentidos a la sonoridad de la palabra ajena y a todos los signos exteriores que la acompañan (los gestos, los silencios, los aromas, los ruidos que interrumpen o aderezan el relato o los enunciados sueltos) y cuando todo ello queda engarzado por la experiencia activa de quien escucha vivamente. Es por eso que José Revueltas puede llevarnos desde la comodidad urbana de una estancia hasta la selva de Chiapas y lo hace como quien practica un movimiento instrumental de transición que une
y contrasta.

Revueltas está en la casa de Álvarez Bravo, envuelto en la penumbra de un pequeño salón o estudio, entre objetos de cerámica y piezas arqueológicas. Doris, la esposa, aletea de un lado a otro, igual que una roja llama tibia, a ritmo de su falda de colores, con la chiquilla del matrimonio en brazos. Frente a Revueltas se ve a Manuel Álvarez Bravo, como recogido dentro de su propio cuerpo por obra de una voluntad sobrehumana que lo condensa, que lo organiza para proyectarlo después hacia fuera en inteligencia pura, incorpórea. Así lo dice Revueltas en la primera parte de su crónica y, enseguida, atribuye a los ídolos de cerámica que adornan el lugar un regocijo apenas perceptible, una especie de gozosa malicia a causa de haber rescatado o permitido que el fotógrafo regresara sano y salvo de la peligrosa expedición.

Revueltas atribuye a su amigo el procedimiento que él mismo pone en práctica para ofrecernos la crónica de un suceso que no presenció y en el que mucho menos participó; su modo de hacer presencia en lo vivido por su interlocutor consiste en apegarse al relato oral o, si se quiere, al testimonio del fotógrafo, que sobreviene a la manera de un trasunto de imágenes o un grupo de sensaciones o colores que toma forma con lentitud. Manuel Álvarez Bravo, que poco a poco hablará por boca José Revueltas, pide así no reparar en rigurosidad de fechas o nombres, sino atenerse tan sólo a este proceso casi onírico donde la evocación se irá estructurando con la irrealidad de un sueño increíble. “Allá –exclama con un aire de protesta– se pierde la idea del tiempo”. “Allá” es la selva.

Revueltas piensa que no hace sino “ver los toros desde la barrera” al describir la odisea de los expedicionarios de Bonampak a través de la narración de Álvarez Bravo. “Me sirvo así”, dice, “de su capacidad, de su sensibilidad, de sus dotes como observador, de sus ojos excepcionalmente educados para ver, en tanto escucho el extraordinario relato que me hace.” Pero no hay barrera ni distancia entre lo que se narra oralmente y lo que se escucha porque Revueltas, si algo tuvo, fue oído absoluto como narrador y de ahí que, entre otras cosas, su escritura preserve dichos, frases y palabras que habrían dejado de existir hace mucho tiempo o no habrían tenido la persistencia que hoy les conocemos: frases como pienso muy lejos o el lado moridor y la palabra apando significan algo para nosotros hoy en día porque las leímos en los escritos de Revueltas, pero él las escuchó de Ricarda Lopéz Rosales (mujer juzgada como filicida), del pueblo o en la prisión. Digamos que en este caso Álvarez Bravo y Revueltas se recombinan en un cuerpo plural dedicado a regenerar la experiencia: si el primero tiene (y lo diré bíblicamente) ojos para ver, el otro cuenta con oídos y manos para imprimir la huella de lo espectral, es decir, de lo que tiene una sobrevida porque está escrito y fue dicho (lo contrario, por supuesto, también sucede).

La plenitud de una imagen

El escritor oyó y vio con los sentidos del fotógrafo o Álvarez Bravo se escuchó testimoniar de modo fidedigno gracias a la sabiduría narrativa de Revueltas. O ambas cosas. La crónica publicada en 1949 destaca no sólo por componer un movimiento instrumental de transición entre la casa y la selva, sino por los pasajes donde se describe una experiencia sensorial que de otra forma habría permanecido en la inaccesible intimidad, en ese interior que, tarde o temprano, se disipa en el inconsciente o con la desmemoria y la muerte.

Para referirse a la selva, Álvarez Bravo no empleó los adjetivos “impresionante”, “abrumadora” o “fantástica”. Revueltas se admira cuando observa el procedimiento con el que el fotógrafo nos hace partícipes de la abrumadora experiencia del color vivo. No obstante, el procedimiento se puede notar en las novelas de Revueltas, sobre todo cuando genera imágenes tridimensionales mediante descripciones que implican numerosas gradaciones de la luz. El procedimiento narrativo es suyo pero los sentidos fueron los de Álvarez Bravo.

Dice Revueltas: Es curioso que me hable primero de los verdes, de cómo se penetra en los verdes y se les descubre, de sorpresa en sorpresa, hasta dar con un concierto infinito. Y si ha de penetrarse en el verde es por su densidad, por semejar una masa más bien oceánica: La obscuridad verde, del mismo modo que en las tinieblas, al primer instante no se percibe sino una masa total, monolítica, para que más tarde aquello se pluralice y haya una gama de negros, una liberadora negación del negro absoluto, en cuanto el ojo adquiere su plenitud. La experiencia de la selva es esto: la tiniebla del color. Y luego la negación, también, del verde absoluto, allá, en la selva: un vibrar sin término de todo el color verde del universo, tan inaudible como esa música pitagórica de las esferas, que sólo se percibe por la filosofía. Y en medio del verde, los hombres, su cobrizo color.

Esta dialéctica del color y la selva, esta conversación con las tinieblas del verde, recuerda el principio de Los días terrenales porque ahí también, del Caos primordial y de la tiniebla nocturna surgen los hombres, las cosas “monstruosamente humanas” y entre ellas, primero que nada, las voces.

Saber estar

No sobra añadir que las transiciones e imágenes narrativas empleadas por José Revueltas son parte de la forma que toma el asunto de la crónica-entrevista y que, a su vez, constituye el objetivo de la expedición por la selva. Todo tiene que ver con el color, con revertir la acumulación de materia que el tiempo dejó sobre las pinturas murales de Bonampak. La incursión de 1949 en la zona habitada por los lacandones fue de gran importancia por tratarse de la primera iniciativa nacional con fines científicos que reportó un amplio patrimonio documental y artístico. En parte, eso se debe a la composición del equipo, integrado con profesionales en arqueología, escenografía, museografía, arquitectura, química, pintura, dibujo y grabado, junto con periodistas, camarógrafos y fotógrafos. Los nombres de todos merecen aparecer impresos, pero el espacio dedicado a este escrito sólo da para insistir, como lo hizo la pintora Rina Lazo en una entrevista, en el nombre de Andrés Sánchez Flores, el químico encargado de estudiar la posibilidad de algún compuesto capaz de disolver la travertina, o sea esa substancia que recubre, con el paso de los siglos, la pintura de las ruinas.

En una expedición previa, de 1946, organizada por el Instituto Carnegie de Washington, se había rociado queroseno o gasolina blanca para retirar la capa de carbonato de calcio que cubría los murales, lo que no hizo sino deteriorarlos luego de un tiempo. Por eso, para Manuel Álvarez Bravo y sin duda para José Revueltas, el viaje a Bonampak, si no hubiese obtenido más fruto que demostrar la eficacia del procedimiento químico descubierto por Sánchez Flores para la recuperación de frescos arqueológicos, ya habría significado una de las más grandes victorias de la ciencia mexicana.

Mediante la ficción, Revueltas se apersonó en el drama de Bonampak y gracias a su comparecencia autoinducida sabemos el nombre de quienes conocían realmente la zona y condujeron a los foráneos. En su crónica, otorga buena parte del protagonismo al montero Pedro Pech y a quienes vivían en la Lacandona: Nabor, Obregón, José Pepe Chambor y Margarita, pareja de Carlos Frey, el explorador y jefe de campo que murió el 3 de mayo de 1949 en el río Lacanjá junto con Francisco Lázaro Gómez, joven grabador chiapaneco. La crónica ficcional de Revueltas tiene muchos otros méritos y cuestiones por tratar. Por ahora escuchemos junto con él ese cautivante, extraño crepúsculo de las selvas, que parece ser nada más una cosa auditiva. Primero un crecer de rumores indistintos, para enseguida tomar cada ruido una fisonomía autónoma, aunque confusa todavía… Después la luz se apaga, se empoza, se enmaraña y escapa de golpe, como por un resumidero telúrico, alguna grieta en el fondo del cosmos.

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