La otra escena / Daniel Giménez Cacho, el atleta de Nocturno
- Miguel Ángel Quemain quemain@comunidad.unam.mx - Sunday, 27 Sep 2026 01:32
Nocturno, del dramaturgo estadunidense Adam Rapp, bajo la dirección de Francisco Franco Alba y la actuación de Daniel Giménez Cacho, es un montaje histórico en nuestro teatro, porque es una muestra de la máxima calidad actoral, enmarcada en un conjunto de exigencias que sólo puede cumplir un actor del peso y la calidad de Giménez Cacho.
La universalidad de la historia, su actualidad político-cultural, la exigencia técnica en cuanto al despliegue de recursos actorales, voz, manejo del espacio, un dominio total de la fatiga y su relación expresiva, la cercanía emocional con el personaje y la sabiduría escénica para nunca perder contacto con el público, lo proponen como uno de los montajes más poderosos en nuestra lengua.
Giménez Cacho y Franco Alba tejen una forma de conversación y escucha como si el público fuera un terapeuta comprometido, un amigo entrañable, alguien con quien se sostiene un vínculo amoroso, que convence de que su relato se dirige a alguien que le importa y a quien persuadirá de escucharlo, porque es portador de un conjunto de formas de verdad a menudo invisibilizadas por el pudor ante el propio dolor, el miedo, la vergüenza, la culpa y las formas de duelo que en apariencia sólo tendrían que afectar al doliente.
Sobre la escena se encuentra un actor en plena forma física y emocional, capaz de administrar su energía y jugar con ella en una escenografía que le permite recursos de cercanía y, al mismo tiempo, una gran capacidad de síntesis que impide distraerse, para poder ver su imagen multiplicada en los reflejos gris plata que la iluminación proyecta como si se tratara de un cuarto de espejos muy sutiles.
Se trata de un trabajo sobre el espacio que muestra que el teatro que depende de la taquilla no está marcado por la voracidad de lo comercial, y es capaz de sacrificar cuatro filas de butacas para mantener cerca uno de los desempeños actorales más ricos de nuestro momento.
Desconozco el proceso que llevó a Francisco Franco Alba a dirigir a Giménez Cacho y a Giménez Cacho aceptar vivir con Franco este proceso que arrancó en octubre pasado, en el largo aliento de un bordado creativo que sólo puede emprender un actor de esta calidad, a esta edad, con esta experiencia escénica, y que admite que su vida artística está moldeada por el cine, la televisión y el teatro.
Tras admirar los últimos diez años de intervenciones de Giménez Cacho en cine y televisión, pero sobre todo sus exploraciones sobre lo teatral, emprendidas con la gran actriz Laura Almela, abrazados con la poesía escénica de Shakespeare y los múltiples poetas que los habitan, es posible dar cuenta de que la experiencia de Francisco Franco Alba era indispensable para reunir a todos los actores que viven en este actor mexicano nuestro.
Fui a ver la función en sábado. Fue un función doble; cuatro horas en escena con apenas unos 20 minutos de descanso, y me llamó la atención el público de ese día: actores, directores, artistas que me atrevo a intuir que saben que se trata de uno de los montajes más memorables que podremos ver en los últimos tiempos, y que la figura de este actor es totalmente inspiradora para quienes pretenden hacer un teatro de valía. Fueron a verlo para contagiarse de esa manera de vivir el teatro, la escena, desde hace más de cuarenta años, con un rigor creciente e ininterrumpido.
La obra de Adam Rapp es una expresión de lo Nocturno contemporáneo, demasiado anglosajón para nosotros, emparentada con la gran narrativa británica, sobre todo en su aproximación al dolor: Ishiguro, Amis, Barnes, Swift, Chandra, Kureishi, McEwan. Todos
ellos inconsolables, como en la gran novela de Ishiguro Huérfanos; como la premisa de Kureishi. Pero tenemos que aceptarnos como seres poseídos por una arista de desconsuelo y dolor; aceptar que ese dolor puede venir tanto del mundo contingente de lo accidental como del horizonte de la responsabilidad. Extraordinaria.