J.M.G. Le Clézio: la escritura y la exploración del colonialismo

- Ayşegül Sert - Sunday, 27 Sep 2026 00:40 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
El narrador, profesor y ensayista francés J.M.G. Le Clézio (Niza, 1940), Premio Nobel de Literatura en 2008, es uno de los autores más prolíficos desde mediados del siglo XX, autor de más de cuarenta títulos, entre los que destacan Desierto, El pez dorado, La cuarentena, Onitsha, El africano y Revoluciones. En 1983 redactó una tesis acerca de los inicios del México Colonial, titulada La conquista de Michoacán. Viajero dotado de una curiosidad interminable –a los setenta años empezó a estudiar chino– en esta conversación deja ver su relación con la literatura, autores y épocas, y de su manera de trabajar: “Me gusta trabajar sobre un manuscrito, me gusta el tacto del papel, me gusta empuñar el bolígrafo, la fluidez de la tinta.”

 

‒Quisiera iniciar con una afirmación que hizo en 1980. Para entonces usted había publicado quince libros, tenía cuarenta años y, en el programa de televisión Apostrophes, dijo: “Un escritor es otro con cada libro. No se trata de un libro nuevo sino siempre de un nuevo escritor”. ¿Qué escritor tengo delante de mí?

‒Era otra época de mi vida. Tuve la oportunidad de vivir con una comunidad indígena en la selva de Panamá, en el Darién, en la frontera con Colombia. Es gente que vive de acuerdo con sus tradiciones, como lo han hecho desde siempre: dispersos a lo largo del río, con la unidad de su cultura basada en la estructura familiar y no bajo el concepto de nación. No hay un jefe como tal. Es una población completamente anárquica, disfruté mucho de mis estancias allí. Aprendí el idioma, descubrí una era que me vinculaba con un periodo de mi pasado cuando era estudiante y estaba realizando una tesis de investigación universitaria sobre Henri Michaux.

‒Michaux también tuvo una etapa en su vida en la que se interesó por las culturas no occidentales, desde Asia hasta el Ecuador, y escribió ensayos sobre el uso de plantas alucinógenas como medio de investigación.

‒La gente lo criticaba muchísimo, argumentando que se estaba perdiendo a sí mismo. Cuando estuve en esta selva había curanderos que utilizaban plantas naturales, y recuerdo a un “médico” llamado Colombia ‒ese era su apellido porque había estudiado en aquel país‒, un personaje extremadamente sensible e intrigante, y la gente acudía a consultarlo. Su especialidad eran las visiones acerca del futuro inmediato; tomaba la savia de la Datura stramonium, una planta que crece en el lugar, y tenía visiones peculiares. Después hacía su predicción. Tenía el don de predecir inundaciones, lo cual es muy valioso cuando, como ellos, se vive junto al río. Avisaba a la comunidad de una inundación inminente, y la gente tomaba sus objetos de valor, buscaba refugio temporal en las colinas y regresaba sana y salva a sus hogares después de la inundación. Pasé mucho tiempo con él. Un día me dijo: “Sería interesante que vieras lo que yo veo.” Así que me dio Datura durante tres noches consecutivas: la primera noche no ocurrió nada, en la segunda estuve de mal humor y en la tercera vi lo que él veía. Escribí Midriasis (1973), porque él me abrió los ojos.

‒En Francia, Midriasis se publicó en 1973 y Hacia los icebergs en 1978. Aquí están ‒más de cuatro décadas después‒, llegando a los lectores de lengua inglesa.

‒No he vuelto a leer estos textos desde que los escribí. Para mí están muy lejanos. Siempre es impresionante que un traductor dedique tiempo a trasladar tus palabras a otro idioma. La traducción es algo muy difícil, particularmente en el caso de estos dos textos, porque son casi abstractos. Cuando se publicó por primera vez Hacia los icebergs, Michaux me envió una carta muy amable, haciéndome saber que le había gustado. En aquel tiempo no vivía en París y cuando iba a la ciudad tenía varias personas a las que visitar, y él siempre era una de ellas. Era un hombre muy interesante. Él siempre tenía, como todos los viajeros, grandes historias que contar.

De Michaux a Salinger a Styron

‒Solía visitarlo en su casa de la Rue Séguier, no muy lejos de donde nos encontramos ahora. ¿Conoció primero al hombre o a la obra?

‒Comencé a leer a Michaux cuando tenía alrededor de quince años y recuerdo que pensaba que su escritura era perfecta. Fue un momento de mi vida en el que no estaba seguro de qué dirección tomar. Un profesor me aconsejó que buscara un tema de investigación literaria. Elegí a Michaux. Para mí tenía sentido trabajar sobre su obra. Le envié una carta que decía algo así como “estimado señor, estoy escribiendo una tesis, ¿podría ir a visitarlo?” Nunca me respondió, pero llamó a Gallimard porque había reconocido mi nombre. En mi carta no dije que era escritor, simplemente firmé con mi nombre. Michaux había dejado su número de teléfono a la operadora para que me lo pasara, y lo primero que dijo cuando llamé, fue: “¿Eres el escritor?” Le dije: “Sí, escribo libros.” Me dijo: “Muy bien, entonces ven a verme, aquí tienes mi dirección!” ¡Fui enseguida!

‒El guardián entre el centeno, de Salinger, lo inspiró enormemente para escribir El proceso verbal (1963), con el que Michaux lo reconoció.

‒Era la época del movimiento literario nouveau roman, que me irritaba. En Francia reinaba un clima literario arrogante. No quería ir en esa dirección, no me interesaba. Deseaba escribir algo distinto, más cercano a lo que yo vivía. Necesitaba una frase inicial y, por supuesto, no me atreví a escribir: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací.” Sentía una especie de veneración por este autor, el cual, en mi opinión, era muy diferente a los demás, ya que había logrado escribir un libro maravilloso y audaz. Quería escribir un libro que fuera la continuación de El guardián entre el centeno. Se podría decir que estaba obsesionado con él; tenía veintitantos años y recuerdo que incluso había empezado a boxear porque mi compañero de entrenamiento se parecía mucho a J. D. Salinger.

‒También conoció al gran escritor estadunidense William Styron.

‒Trabajamos en distintos momentos como lectores de manuscritos en París. Ambos lo hicimos para ganar algo de dinero que nos permitiera seguir escribiendo y viviendo. Recuerdo haberlo encontrado por primera vez en los pasillos de Gallimard. Hablamos de libros.

‒¿Suyos?

‒No me gusta hablar acerca de mis libros.

‒Hablemos entonces de los libros de Henry Roth, un escritor estadunidense que fue importante para usted.

‒Él vivía en una casa rodante en Albuquerque, Nuevo México. Había escrito un clásico absoluto, Llámalo sueño (1934), una magnífica novela en la que relata su infancia en los barrios marginales de Nueva York. Es un libro poderoso sobre el rito de iniciación. Era comunista en la época del presidente McCarthy y fue encarcelado; estaba destrozado cuando obtuvo la libertad. La esposa de Roth daba clases de piano en la casa rodante y recuerdo que, cuando los visité, tuve que agacharme para pasar por debajo del piano de cola. Eran personas asombrosas. Cuando su esposa falleció, Roth cayó en depresión y un amigo suyo le aconsejó que volviera a escribir, lo cual hizo, a la edad de ochenta años. Me gustó mucho Una estrella brilla sobre Mount Morris Park (1996).

‒¿Qué es lo que más recuerda de los años que vivió en Estados Unidos?

‒Tuve dudas al principio, pero después me sedujo la cultura estadunidense, por su forma de vida, por la amabilidad de la gente, no en todas partes, claro está, pero las primeras interacciones ‒al menos con las personas que conocí‒ fueron cálidas y amigables. Después de trabajar como profesor en Boston me fui a Austin, a Santa Cruz, y un día, mientras atravesábamos Nuevo México en auto, mi mujer me dijo: “Esto me recuerda a Marruecos.” Se refería al desierto, a las montañas, a todos esos colores, al cielo azul. Alguien me dijo que podía dar clases allá, y me contrataron para sustituir a un hombre que había enseñado literatura francesa del siglo XIX y había decidido convertirse en agente inmobiliario. ¡Eso es muy estadunidense! Un día decides convertirte en otra cosa y puedes hacerlo.

Estados Unidos y el miedo al otro

‒Cuando observa a los Estados Unidos actual, ¿qué ve?

‒Las cosas comenzaron a cambiar después del 11-S. Algo se bloqueó en su funcionamiento, no sólo en Estados Unidos sino también en Europa, que se ha construido a sí misma como una fortaleza, recelosa de todo lo que llega del exterior. Cuando vivíamos en México necesitábamos un coche porque estábamos en una zona rural; encontramos uno en Santa Cruz y cada año, cuando nos íbamos de vacaciones en verano y cruzábamos en auto de México a California, lo dejábamos en una especie de terreno baldío; cuando terminaba el verano, lo recogíamos allí y conducíamos de vuelta a México. En cada ocasión cruzábamos la frontera por garitas diferentes. En Piedras Negras, por ejemplo, el paso era relativamente fácil y no había ningún problema. Los mexicanos tenían en ese momento una tarjeta de cruce fronterizo que les permitía trabajar en Estados Unidos y volver a México para vivir, a veces en el mismo día. Recuerdo un puente en El Paso-Ciudad Juárez que estaba constantemente lleno de peatones que iban a trabajar por la mañana y volvían a casa por la tarde, y no había ningún problema. Cada vez
que cruzábamos la frontera en auto, nos encontrábamos con una gran cantidad de personas que transitaban en una u otra dirección. Sin embargo, la situación fue empeorando gradualmente. El actual presidente no es el único responsable de ello.
Un presidente tras otro han ido restringiendo el derecho al libre trá
nsito. En aquel entonces no había muro ni rejas. Si se le hubiera impedido a la gente cruzar el puente, lo habrían hecho por el agua. No sé por qué los políticos se han obsesionado tanto con endurecer y restringir las políticas fronterizas. Ahora se ha vuelto muy difícil e inhumano.

‒¿Cómo explica este cambio, este miedo al otro?

‒Se trata de psicopatía, no se sustenta en nada real; es algo obsesivo. Cerca de donde estábamos, en Albuquerque, vivía un anciano, un trabajador indocumentado, quien desde que cruzó la frontera vivió allí. Era muy apreciado por la comunidad, sabía hacer chimeneas y conductos de humos con terracota; era un buen artesano. A la gente jamás se le habría ocurrido decir “vamos a deportarlo”. ¿Quién continuó su trabajo después de que él se fue? Esto representaba un intercambio real y ocurría sin miedo. Lo que está sucediendo actualmente es espantoso, esta forma sospechosa de mirar a las personas, sobre todo cuando el poder la utiliza en todos lados como argumento electoral. La Tierra pertenece a todos, tiene que existir el derecho al libre tránsito. Los pájaros vuelan sobre las fronteras, ¿por qué no pueden hacerlo los seres humanos?

Escribir es tender puentes

‒¿Se vuelve más fácil escribir con el paso del tiempo?

‒Escribir nunca fue una tortura para mí. Escribir a mano me permite tachar cosas y, si así lo requiero, regresar a la forma original del texto. Escribir en una computadora me resulta más complicado porque se suprime fácilmente y tiene un lado irrevocable que no me agrada. Me gusta trabajar sobre un manuscrito, me gusta el tacto del papel, me gusta empuñar el bolígrafo, la fluidez de la tinta… Utilizo un papel grueso y rugoso, y escribo por ambas caras sin que traspase la tinta. Cada vez que voy a Nuevo México compro
varios paquetes, porque me preocupa que este tipo de papel desaparezca, así que necesito tener mis reservas.

‒Usted se muda más o menos cada doce años, abandonando un lugar por otro. Comenzó a aprender chino a los setenta años.

‒No sé cuál podría ser la explicación para ello. Surge un momento en el que uno tiene la impresión de que es hora de marcharse, de que ya no descubre nada nuevo y de que cayó en la monotonía. Escribir coincide con mi forma de vida, que es lento. Los mejores fotógrafos son rápidos, instintivos. No tengo talento para la música. Me apasiona dibujar, pero no tengo talento para ello. Así que lo único que me queda es escribir.

‒¿Es por eso que escribe?

‒Cuando escribes no lo haces necesariamente para que alguien lo lea; escribes con la idea de que verás las cosas tal y como son o como desearías que fueran, de una forma más potente que en la realidad, de una forma más significativa porque perdurará y eso te permitirá comenzar de nuevo. Si te leen, mejor, porque escribir es un puente hacia el otro. Es como escribir una carta, nunca estás seguro de si la leerán, pero la escribes de todos modos. Me gusta la longevidad de los libros, el hecho de que podamos leer la genialidad de Mo Tzu o la poesía de Sylvia Plath incluso después de su muerte.

‒¿Cómo cambió su vida el hecho de obtener el Premio Nobel?

‒¡Pagó mis deudas! Te proporciona tiempo, tiempo para escribir sin las preocupaciones de la vida cotidiana. Es un premio literario, sin duda ayuda a los escritores, pero no debería ser sólo una etiqueta. Yo evito las etiquetas. Lo que me emocionó particularmente fue conocer a los demás galardonados, quienes son personas
muy interesantes. El día de la ceremonia
nos colocamos por orden cronológico de acuerdo con la fecha en que cada disciplina se incluyó en la Academia, y le dije a Paul Krugman que se pusiera delante de mí porque, al fin y al cabo, en el mundo en que vivimos la economía siempre va primero que la literatura.

‒2008 fue simbólico como el año de la crisis financiera. Tuvo algunos desacuerdos con Krugman cuando usted denunció la percepción eurocentrista del mundo.

‒No pretendí hacer un análisis de la economía, porque no es mi campo de especialización, pero me entristece que los economistas se muestren indiferentes frente a las tres cuartas partes del mundo que no viven bajo el mismo sistema económico que ellos. Recuerdo que hubo una especie de sesión de intercambio de ideas con varios galardonados y la pregunta fue: ¿cómo sobrevivir a la crisis? Yo dije que la mayoría en el planeta lleva décadas viviendo en una situación de crisis ‒me referí a estas personas que no saben si podrán alimentarse a sí mismas y a sus familias al día siguiente, que no saben si tendrán acceso al agua, como tampoco saben cómo resolver
el problema de la delincuencia y la violencia que afecta a sus comunidades‒ ¿y nos preguntan qué hacer con la crisis financiera? El ganador del Premio Nobel de Medicina compartía mi punto de vista, pero, sinceramente, sólo éramos dos almas indignadas y ambos éramos franceses, así que probablemente los demás pensaron: “¡Ay, estos franceses!”

‒¿Le sorprendió que Bob Dylan ganara el Premio Nobel de Literatura en 2017?

‒No entiendo por qué fue tan polémico. La literatura también se puede cantar. Los textos de Bob Dylan son hermosos. Me alegró ver que la Academia Sueca, que tiende a abstenerse de premiar a estadunidenses, se lo concediera a un artista de esa nacionalidad. Toni Morrison también fue una escritora notable que transmitió un mensaje contundente a Estados Unidos, que realmente necesitaba ese mensaje, pero no estoy totalmente de acuerdo en considerarla únicamente como una escritora afroamericana, aunque hable mucho de ello, aunque ese sea el núcleo de su escritura. Creo que, ante todo, era una escritora. ¿Por qué ponerle una etiqueta de identidad física a un escritor?

Traducción de Roberto Bernal.

Versión PDF