Epitafio para todas las páginas

- Hermann Bellinghausen - Sunday, 27 Sep 2026 00:59 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Son muchas, infinitas tal vez, las páginas escritas que suman igual número de libros, libretas y cuadernos que con el tiempo llenan libreros, baúles y bodegas: lo escrito en esos papeles, si acaso “con suerte envolverá pescado o pondrá un mantel en la mesa del pobre”. A pesar de lamentar el común destino de la página escrita, este texto en el fondo también la celebra.

 

 

Qué son las posesiones sino lastres, piedras en el camino al cementerio. En el caso de la escritura, un altero de archivos muertos. Cree uno, ilusión tras ilusión, que cada página importa y tal vez alguna merezca un lugar en el recuerdo ajeno y sean leídas sin pena ni gloria, pero sobrevivas.

Millares de hojas sueltas, cuartillas, recortes amarillentos, frases en una servilleta, copias duras de lo que nació liso, suave, plegable y combustible. Cientos de cuadernos y cuadernillos, blocs, libretas atiborradas de garabatos, manchas y arañazos que se resguardan en cajones, archiveros, anaqueles, sobres y otras plataformas físicas para la tinta y la página en las antesalas del polvo.

Algunas páginas llegaron a libro, y alguno de esos volúmenes conoció reimpresión y cierto refrendo temporal. Ninguno figuró en las listas de éxitos más vendidos ni fue uno de los veinte libros del año. No serán descubiertas como clásicos de su tiempo en el futuro. Caben en un anaquel si acaso, y habrá que poner junto al último de la fila un pisapapeles o un ladrillo para que no caiga como castillo de naipes.

El peso muerto, acumulado página por página, semeja al sedimento del suelo que asciende en el cantil del tiempo o se disipa al soplar el viento sobre sus partículas.

El espacio que ocupan libros y páginas en el estudio, la recámara, la sala, el tapanco, el garaje, el porche, la zotehuela o el sótano algún día será recobrado por el tiempo insaciable. Si corren con suerte alcanzan lugar en libreros, vitrinas o anacrónicos archiveros. Nadie volverá a leer cartas, apuntes, borradores, escaletas, ni siquiera textos terminados que algún día fueron nuevos y su tinta fresca, negra, legible.

Para qué conservar los libros, clasificarlos, acumularlos con ingenuidad de adolescente, la credulidad del fanático o la terquedad de la vejez. ¿Prenderles fuego como quiso un melodramático Franz Kafka? ¿Cómo les ocurrió a Hokusai y al sinólogo Peter Kien en Die Blendung de Elías Canetti? ¿Sufrirán el destino de los autos de fe, alcanzarán los 451 grados Fahrenheit que previó Ray Bradbury, el saqueo de los bárbaros, la creciente combustión a que condena a los libros el dragón de la Inteligencia Artificial?

Durante los milenios transcurridos hemos lamentado la inexistencia de casi toda la saga homérica. De Troya, la Ilíada sólo conserva las cuentas, los episodios finales, la ira de Aquiles y las consecuencias de que los troyanos ardieran.

Nadie conserva ya tanto archivo ni acumula bibliografía, o lo hace en un minimalista recipiente digital microchipeado, encriptado y subido a nubes intangibles. Nada basta para el caudal del verbo sin fin ni fondo, coyuntural, acaso registrado por la taquigrafía del olvido y la mecanografía del carbón y la ceniza.

Kilómetros y kilómetros de líneas y versos, kilos de párrafos, infinidad de golpes, caracteres, signos, jeroglíficos, códigos débiles en lenguas avejentadas y sentidos que se pierden. Hasta lo mejor capturado, lo encapsulado en la fijeza de lo inamovible, lo grabado en roca, bronce, oro o mármol, conocerá el destino del papel, sea de China, de Japón, de Finlandia, de corteza de amate. Con suerte envolverá pescado o pondrá un mantel en la mesa del pobre.

Páginas encerradas que un día cualquiera, cuando alguien las destape, esparzan en el aire partículas inanimadas e infértiles como los papiros y las mortajas de los faraones. Una tolvanera de palabras descoyuntadas que no merecerán resguardo cuando las máquinas sean las que las lean, interpreten, reescriban y enseguida las abandonen en la soledad del silencio cósmico. Todo es nada y nunca dura.

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