Danzón y amor en La Ciudadela
- Mario Bravo - Sunday, 27 Sep 2026 01:02
I
Hay ritmos y amores remotos, eternos. Ritmos y amores que se bailan y se viven a fuego lento, sin prisas. Más que consumirse en un voraz incendio perduran, pues nacieron cuando hombres y mujeres andaban aún con un paso más apacible, más cauto, en comparación con los frenéticos tiempos actuales.
Hace algunos sábados, caminando sobre la calle Emilio Dondé en Ciudad de México, una música venida desde las fauces de otra época espabiló mis sentidos: “La trompeta de Matilde”, un viejo danzón compuesto por el oaxaqueño Fermín Zárate. Bajo esa melodía, la Plaza de la Ciudadela transgrede uno de los mandamientos de la sociedad contemporánea: prohibido ejercitar la memoria. En este lugar, decenas de adultos mayores resucitan un México aparentemente archivado pero que aquí, semanalmente, muta en música y en coreografía para bailar cuerpo a cuerpo, nota a nota. A fuego lento.
II
‒¿Qué los motiva a venir cada sábado? ‒pregunto a Argelia, de setenta y siete años de edad, y a su compañero de vida: Juan, seis años mayor
que ella.
‒Divertirnos, gozar de la música y de mi pareja para no estar encerrados en la casa. No tenemos vicios… ¡Nuestro vicio es el baile! ‒dice él, enfundado en una camisa color rosa, ligera, elegante.
‒¿A qué hora llegan aquí?
‒A las doce. Lo más importante es convivir con los amigos. En casa estamos encerrados y no
platicamos más que entre nosotros ‒expresa Argelia‒. Aquí no. Ves gente alegre a quienes conocemos desde hace mucho. Llevamos tres décadas bailando.
Juan, bajo la sombra de un árbol, explica que ella fue enfermera en su juventud y él se dedicó a la herrería. Hoy en día Juan bolea calzado. Entre ambos existen tenaces y entrañables hilos comunicantes, invisibles, aunque no por ello menos reales ni genuinos.
‒¿Cómo definen el danzón?
‒La música nos llama para gozar el baile. No todos los danzones se bailan igual: hay melodías tranquilas y cadenciosas. Y uno disfruta ‒Argelia responde con calma mientras otras parejas mueven sus cuerpos con la precisión de varias bandadas de estorninos en el cielo‒. El hombre marca para que la mujer baile los pasos que él pone. Si el danzón es romántico, con tu esposo puedes acercarte más, a diferencia de la distancia con los demás compañeros. Cada quien trae sus pasos.
III
El danzón “Carmela” se escucha y La Ciudadela se mueve, cadenciosamente, como una embarcación entregada sin reparos al oleaje del mar. Seguramente, en un barquito zarpando desde Cuba, así el danzón migró a México a finales del siglo XIX: Yucatán y Veracruz, primero; finalmente, la capital mexicana, en donde este baile erigió mecas de la cultura popular: el Salón México inaugurado en 1920, el Salón Colonia abriendo dos años más tarde, y el Salón Los Ángeles, creado en 1937.
Volvamos a La Ciudadela. Repentinamente, una trompeta rasga la tela de esta dulce calma emanada al comienzo de “Carmela”. Irrumpe un ritmo más intenso, más veloz, y algo es notorio en los rostros de quienes aquí bailan: una dosis alta de concentración y también un peculiar interés en hacer bien las cosas. No pasan el rato únicamente sino que, con esa tenacidad exhibida, parecieran demostrarle a la Muerte que aún no es la hora pues todavía, celosamente, cumplen un rito imprescindible: bailar y amar.
IV
“Se miran más jóvenes”, sinceramente les digo tanto a Juan como a Argelia. Ella explica:
‒Creo que por hacer ejercicio. Bailamos. Salimos de viaje. Nos mantenemos ocupados. Incluso hemos concursado, aunque ya actualmente no porque los jóvenes tienen más oportunidades para lucirse que nosotros. Hay que darles espacio.
‒Cuando no vienen a La Ciudadela, ¿cómo se sienten?
‒Al siguiente día lo recuperamos en otro lugar: Iztapalapa o algún sitio donde haya baile en domingo. Y, si no, ¡el martes en el Salón Los
Ángeles!
V
‒Él sí llora cuando se siente triste, pero yo no… Me gusta recordar cosas bonitas ‒comparte Argelia acerca de cómo conjuran los estragos de la melancolía. Y agrega:
‒Hoy nos trajo un taxista y hablamos sobre nuestra infancia: ¡del Pan Roll que comíamos con frijoles, arroz, sopa o con un plátano! También nos acordamos de los desayunos escolares. Si estamos tristes, charlamos de lo que fuimos y la tristeza
se quita.
‒¿Cuándo se conocieron?
‒Desde adolescentes en Iztacalco. Éramos vecinos, después cada quien agarró su rumbo… Nos reencontramos y nos casamos. Él es del barrio de Santiago y yo de la Agrícola Oriental.
‒Para ustedes, ¿qué es el amor? ‒pregunto y Argelia responde, mientras Juan la mira como si con ese acto garantizara nunca olvidarla.
‒Verlo, estar juntos, convivir todo. Eso es amor. Un cariño que siento por él. La sensación de sentir su piel, estar ahí cuando ríe, llora o grita. El amor es como el baile.
Me despido. La música continúa. Y esta pareja, en un rincón de la plaza, renueva el amor de todos los humanos del mundo: Juan sigue mirando
a Argelia l
APOSTILLAS:
Bajo esa melodía, la Plaza de la Ciudadela transgrede uno de los mandamientos de la sociedad contemporánea: prohibido ejercitar la memoria. En este lugar, decenas de adultos mayores resucitan un México aparentemente archivado pero que aquí, semanalmente, muta en música y en coreografía para bailar cuerpo a cuerpo, nota a nota. A fuego lento.
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Así el danzón migró a México a finales del siglo XIX: Yucatán y Veracruz, primero; finalmente, la capital mexicana, en donde este baile erigió mecas de la cultura popular: el Salón México inaugurado en 1920, el Salón Colonia abriendo dos años más tarde, y el Salón Los Ángeles, creado en 1937.
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No pasan el rato únicamente sino que, con esa tenacidad exhibida, parecieran demostrarle a la Muerte que aún no es la hora pues todavía, celosamente, cumplen un rito imprescindible: bailar y amar.
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Hoy nos trajo un taxista y hablamos sobre nuestra infancia: ¡del Pan Roll que comíamos con frijoles, arroz, sopa o con un plátano! También nos acordamos de los desayunos escolares. Si estamos tristes, charlamos de lo que fuimos y la tristeza se quita.