Carlos Monsiváis y el hábito de leer
- Leopoldo Cervantes-Ortiz - Sunday, 27 Sep 2026 00:53
Si uno al leer no es otro y no es otros, no es nadie.
Carlos Monsiváis
El lector en ascenso
“Multiplicarse a lo largo del día”, “comprensión de la historia, la sociedad y los seres humanos”, “pérdida legitima de la identidad”, “frecuentar lo impreso”, “ser mejor que de costumbre mientras lee”, “privilegio óptico”, “estructura personal del conocimiento”, “instrumento del desarrollo personal”… Éstas y varias definiciones más pululan en ese texto que leyó en el 6º Congreso Nacional de Lectura, con el tema “Lectura para construir nación”, en abril de 2004, en Bogotá, Colombia, y cuya resurrección nos reúne hoy en este lugar tan emblemático y monsivaíta. Se dio vuelo, literalmente, en esas más de cinco mil palabras, él, para quien la afición apologética (entiéndase, de corte religioso) había desaparecido varias décadas atrás. Pero helo ahí, elogiando “innecesariamente” a la lectura, quizá porque la palabra “defensa” hubiera sido una muy mala elección. La variedad definitoria se dio muchas veces en Monsiváis al grado de que era imposible imaginarlo sin un texto en la mano.
Monsiváis reinventó los verbos leer y escribir (el otro libro que viene a cuento es Escribir, por ejemplo. De los inventores de la tradición) y lo hizo de tal manera que, intuitivamente, se acercó a los analistas de la lectura. Mucho de lo expresado por Monsiváis ha sido analizado académica y muy críticamente por Gregorio Hernández Zamora, profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana, quien ha rebatido continuamente las políticas oficiales de promoción de la lectura, “incitación”, le llama CM. Quizá el mayor punto en común sean las preguntas de fondo que cuestionan fuertemente esas iniciativas: “¿Quién define lo que es leer?”, “¿Se puede leer sin escribir?”, las cuales, más allá de la elegancia discursiva de Monsiváis, señalan el elitismo persistente de los promotores de la lectura. Sobre la barrera económica para leer asiduamente, el cronista señaló: “El libro ha llegado errática pero significativamente a sectores que antes lo ignoraban, que si se inhiben ante los precios es por la ausencia del hábito social que considere productivo el gasto económico en un objeto de conocimiento.” Y complementa más adelante: “Se lee, pero se
han perdido muchos niveles o asideros de
comprensión”.
Es lo que estudiosos como María Teresa Sánchez han denominado “el sacerdocio de la lectura” (para seguir con las alusiones religiosas), “entendido este término como un lector legitimado por la autoridad simbólica proveniente de la conformación de los espacios sociales. En Las alusiones perdidas observamos una autofiguración del ensayista como lector privilegiado del canon”. El término viene de Pierre Bourdieu (“Lectura, lectores, letrados, literatura”, en Cosas dichas, 1981). Para ella, Monsiváis “propone su experiencia lectora como la del crítico poseedor de esa capacidad de tomar distancia entre ese mundo de conformidad y pertenencia y la conciencia de ver en perspectiva, de poner entre signos de interrogación la heterodoxia del poder. Nos ofrece una mirada desde la autoconstrucción de un agente escéptico que reflexiona y hace pensar en nuevos diagnósticos y nuevos modelos de interpretación”. Y lo cita directamente de Las alusiones perdidas:
Y, aquí creo hablar en nombre de los lectores de
esa cultura planetaria a la que respondemos y correspondemos, lo primero es también atestiguar la impagable deuda de gratitud con los libros sagrados (de la Biblia al Ramayana y el Popol Vuh), con los clásicos griegos, con –cito algunos para luego arrepentirme por las omisiones– Dante, Shakespeare, Cervantes, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Quevedo, Góngora, Lope de Vega, Milton, Sor Juana Inés de la Cruz.
O “catequista”, como lo calificó Sergio Pitol al hacer memoria de su influencia inicial máxima junto con otras y de cómo se transfiguraron en su lectura/escritura:
Eso explica de alguna manera la excepcional textura de la escritura del autor, sus múltiples veladuras, sus reticencias y revelaciones, los sabiamente empleados claroscuros, la variedad de ritmos, su secreto fervor. Monsiváis no leyó únicamente durante su niñez y juventud la traducción reformada de la Biblia, sino también los cómics de la época, las biografías en serie de Emil Ludwig y Stefan Zweig, las traducciones, por lo general farragosas, de la narrativa estadunidense de izquierda: Upton Sinclair, Dreiser, John Dos Passos, Steinbeck, las novelas policiales del género negro, en especial las de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, así como la poesía castellana, desde la medieval hasta la contemporánea. El lenguaje bíblico tuvo que aceptar, me imagino que no sin resistencia, ritmos y palabras que en su mayor parte le eran antagónicos; su superficie se revistió con
una tonalidad ajena que progresivamente lo
fue permeando. La pasión ya manifestada desde entonces por la cultura popular logró penetrar e incorporarse al majestuoso edificio construido por Casiodoro de Reina.
El lector que escribe
Las frases del libro que apuntan hacia la urgencia del hábito de leer, pero también hacia su crítica puntual están ahí, esperando una exégesis de altura: “El libro ya no es un signo irrestricto de autoridad, no en Latinoamérica, desde luego, donde si alguien quería leer la Biblia requería hasta hace medio siglo los ‘intérpretes calificados’, que evitaban los ‘extravíos’”: alusión al pasado religioso del país que trataba a los lectores potenciales como menores de edad. “El que no lee se acerca a las ideas con miedo, rechazo previo, encono o veneración parroquial; el que lee puede hacer eso mismo, pero es menor el número de probabilidades.”
Y el infaltable testimonio que se reiteró por doquier: “Mis primeras lecturas son inevitablemente de clásicos. Y te digo inevitablemente porque no había ni en mi medio social ni en mi medio educativo, la menor disposición a la lectura. En mi caso sólo la Biblia, pero nada más” (entrevista con Javier Aranda Luna, “Las herencias ocultas de Carlos Monsiváis”). Él mismo insistió en dar cuenta de sus primeras andanzas lectoras y de cómo se fueron sumando caótica y ordenadamente para empezar a producir los textos que se conocen y aquellos que no es posible abarcar por su inveterada dispersión:
Tuve que recurrir a las ediciones de clásicos que se encontraban en versiones compendiadas que no me gustaron. Decidí ir a las versiones completas que se conseguían por nada en los libros viejos. Entonces empecé por la Ilíada, por la Odisea, La Eneida, La divina comedia, que esa sí debo confesar que leí en versiones abreviadas y que vine a leerla en su versión completa mucho más tarde a los dieciséis años. Desde luego Dickens que me marcó la vida; de Mark Twain, Huckleberry Finn, ahora tan debatido, ha sido uno de mis libros fundamentales e incluso Las aventuras de Tom Sawyer.
Las repeticiones agregaban nuevos atisbos sobre esa lectura demencial:
Lo primero que leí fue la Odisea, luego la Ilíada, en esas ediciones preciosas que tenía Billiken, posteriormente seguí con biografías como las de Abraham Lincoln, Benito Juárez, José de San Martín y Simón Bolívar, entre otras. También, todo el tiempo, eso sí como una obligación familiar, leía la Biblia, de manera que llegué a los doce años como un lector ya consumado; habiendo adquirido, además, en el tránsito, la pasión por la novela policíaca, muy específicamente por Agatha Christie (Elena Enríquez Fuentes, “El hábito de la lectura es una adquisición de la infancia”).
Una de las grandes recompensas que recibió fueron las dedicatorias que los autores/as escribieron para asegurarse su mirada lectora. Recabarlas ha sido mérito de Mauricio Sánchez Mencheroy del equipo que encabeza en la UNAM, como parte de un proyecto institucional. Es un verdadero deleite leer cosas como éstas: “A Carlos, la inteligencia es benévola y sabe leer y perdonar, con afecto y real amistad” (O. Paz, Primeras letras, 1989). “Al gran e imparable amigo Carlos Monsiváis, en el eterno afecto de quien mucho lo estima, lo aprecia y lo admira”, de Juan Rulfo. O: “Para Carlos, por protestante, por sinvergüenza, por genial, por flojo, por hijo de su mamá y por amigo” (Emmanuel Carballo, el editor de su
autobiografía).
El que suscribe tuvo la fortuna de recibir decenas de recomendaciones de lectura de su parte, los clásicos liberales mexicanos en primer lugar, ciertos poemas de autores mexicanos (“Adonde yo soy tú somos nosotros”, sobre Paz, es insuperable), algunas zonas de narrativa hispanoamericana (su semblanza cuando murió Juan Carlos Onetti en 1994 originó un éxtasis duradero), pero quizá el que más efecto causó fue El fin de la inocencia, de Arthur C. Clarke, leído con una fruición poco contenida, solamente comparable con la vivida por Las tradiciones de la imagen: notas sobre poesía mexicana (2001). No fue poeta, aunque por allí andan sus escasos versos desperdigados en publicaciones juveniles y los frecuentes efluvios líricos que brotan entre sus crónicas y ensayos.
Octavio Paz fue muy preciso, con todo y que tuvieron fuertes desencuentros (y amables reconciliaciones):
El caso de Carlos Monsiváis me apasiona: no es ni novelista ni ensayista, sino más bien cronista, pero sus extraordinarios textos en prosa más que la disolución de estos géneros, son su conjunción. Un nuevo lenguaje aparece en Monsiváis ‒el lenguaje de un joven callejero de la Ciudad de México‒, un muchacho inteligentísimo que ha leído todos los libros, todos los cómics, ha visto todas las películas. Monsiváis: un nuevo género literario...
Ahora es capaz de seguir entusiasmando y congregando a sus lectores después de dieciséis años de su partida y los que faltan para que el Monsiváis lector nos siga iluminando con su sapiencia, su ánimo indeclinable y su documentación de optimismos cada vez más escasos.