Anécdotas / La idea de México en una opereta francesa

- Beatriz Gutiérrez Müller - Sunday, 27 Sep 2026 01:22 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Quiero escribirle en esta ocasión, doña Clofis, de Au soleil du Mexique, una opereta de André Mouézy-Eon y Albert Willemetz, estrenada en el teatro de Châtelet de París, el 18 de diciembre de 1935. El montaje de Bajo el sol de México, como se traduce, prometería ganancias importantes, explotando música, actuación, danza, pero también la sensación de exotismo que, para aquellos años, no era otra cosa más que ver a los nativos de los países americanos ‒perdone que se lo diga con toda franqueza‒, lejanos de la civilización, con tradiciones y costumbres curiosas y un atractivo folclor. De hecho, esta última palabra nació en la lengua inglesa como folklore, en donde folk es gente común y corriente, pueblo y, por tanto, el folklore es lo que elabora el pueblerino o lo que realizaban los padres, los abuelos con sus ritos locales y ancestrales.

Tal obra de la mancuerna Mouézy-Eon y Willemetz cautivó al público francés. La componían dos actos y dieciséis escenas a gran escala, con música orquestal de Maurice Yvain y R. Granville. ¿Cómo miraban, al menos estos productores musicales, a México? A decir de la obra, ante todo, como un territorio “exótico”, ya le decía, y ardiente, pero con los lugares comunes de una obra de esa época, como tener a un sirviente negro a través del personaje Kokolani. Para los protectores de animales resultaría un escándalo la exaltación de la tauromaquia ejecutada por el Niño Chicuelo, un joven novillero. La trama es una mezcolanza de estigmas o un ejemplo de “teatro palomero”:
o sea, en las gradas se ríe, se sorprende, se baila, se lagrimea, se carcajea y claro, se comen palomitas. Como se representaban en Francia, quizá volovanes. La obra estaba salpicada de pasajes que ev
ocarían la Revolución Mexicana, una conexión con la España de los años veinte más
la existencia de un dictador de
Sudamérica, a lo que ha
bría que sumar amores imposibles y un actor vestido de charro. Un ejemplo de estos clichés es la canción principal que, traduciendo del francés, escarcea en su coro: “Lo olvidamos todo/ bajo el sol de Ciudad de México;/ nos volvemos locos/ al sonido de ritmos tropicales./ […]/ México, México/ vuestras esposas son apasionadas,/ y siempre serás/ un paraíso para corazones y amor.”

El famoso español Luis Mariano todavía cantaba la canción en francés en los años cincuenta e, incluso, fue actor de El cantor de México, comedia-musical de 1956.

Aclaremos un par de asuntos, doña Clofis: cualquiera que viva en Ciudad de México sabe que el clima es templado subhúmedo y si hay “ritmos tropicales” no provienen más que de salones de baile,
porque el trópico, como le
decimos acá, queda lejos: al sureste. Eso de que las esposas mexicanas son “apasionadas” parece insinuar que traicionan a sus maridos sin pudor alguno, desinhibidas. En lo único que sí estoy de acuerdo es que México es un paraíso para el
corazón y el amor
l

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