Margaret Randall y la vejez como libertad

- Mario Bravo - Saturday, 19 Sep 2026 21:37 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
Poeta, feminista, periodista, ensayista, fotógrafa y traductora, Margaret Randall (Manhattan, 1936) mantiene intacta la combatividad intelectual con la que, a lo largo de más de seis décadas, ha mirado, escuchado y escrito a favor de la libertad y la memoria. De visita en México para celebrar el sexto aniversario de la Editorial Heredad, la autora de la autobiografía Nunca me fui de casa y del conjunto de ensayos Pensando pensamientos conversó con La Jornada Semanal.

 

Nace una poeta

–Hoy en día, con casi noventa años de edad, ¿encuentra rasgos tanto de la niña como de la joven que alguna vez fue?

–Soy la misma, sólo que con más experiencia y más vida. Reconozco ciertos rasgos, por ejemplo, la voluntad y cierta confianza en mí misma. Nací en 1936 y crecí en la década de los cincuenta, una época sofocante en Estados Unidos: prevalecía la idea de que la mujer debía quedarse en casa. Viví en Albuquerque, Nuevo México, un pueblo bastante provinciano. Pero tuve la suerte de irme a Nueva York en 1958. Allí conviví con pintores y artistas abstractos y expresionistas, también con poetas. Ahí supe que sería poeta. En esa ciudad nació mi primer hijo. Más tarde, en 1961, me fui con él a vivir a México. Entonces conocí a Sergio Mondragón. Nos casamos y nos embarcamos en la aventura que fue la revista literaria El Corno Emplumado.

Escribir sin límites

–Arribó a México en 1961 y retornó a Estados Unidos en 1984. En medio de esos años radicó en Cuba y Nicaragua. Esa vida nómada, ¿qué insumos le aportó a su escritura?

–Me dio mucho. En primer lugar, vivir en México me salvó de la sombra del macartismo. En mi país, durante la década de los cincuenta, existió una cacería de brujas por parte del senador Joseph McCarthy, anticomunista, que también afectó mucho al mundo cultural. Muy joven llegué a México y este país me enseñó que se podía escribir de todo: ¡no había reglas absurdas que limitaran la escritura! En cada país donde he vivido, e incluso en aquellos que he visitado como Vietnam del Norte o Perú, encontré experiencias y referencias culturales que llevo dentro de mí.

Una esperanza

–Llegó a Cuba ya con la Revolución andando, en 1969. ¿Qué expectativas guardaba y qué halló finalmente?

–Llegué a Cuba al huir de México después del movimiento estudiantil de 1968, en el que participé como tanta gente lo hizo. Cuba fue un refugio: recibió a mis cuatro hijos, a mi entonces compañero y a mí. En Cuba esperaba una vida fantástica; en aquel entonces, yo era poco crítica. Con los años empecé a ver las grietas y los problemas; no obstante, Cuba me dio muchísimo: la esperanza en la posibilidad de un mundo distinto. La década de los setenta fue de gloria para la Revolución. No quiere decir que no había problemas, ¡claro que los hubo! Sin embargo, existía la sensación de que todos estábamos trabajando por algo mejor y, en gran medida, lográndolo. Tras salir de la isla, volví muchas veces. Hoy, Cuba pasa por una situación insostenible y terrible. Aunque, paradójicamente, la atención que presta a la cultura es extraordinaria. En medio de este contexto tan penoso y peligroso está la Feria del Libro, continúan imprimiendo publicaciones y hacen festivales. Cuba es un pueblo que amo mucho: vive dentro de mí, indudablemente, tanto como México y también Nicaragua, a pesar de que este último país ha vuelto a ser una dictadura.

El péndulo de la Historia

–¿La Revolución sigue siendo necesaria?

–Sin duda. Hoy en día existe incluso en Cuba, en Nicaragua y en Perú, donde trabajé cuatro meses bajo el régimen de Velasco Alvarado, un socialista del que poco se habla hoy en día, aunque hizo muchas cosas interesantes en ese país. Hay cosas que no se borran del todo: están ahí en el aire que uno respira y en la memoria de la gente. La historia es como un péndulo. Meridel Le Sueur, una fantástica poeta estadunidense, me dijo eso una vez: “No pierdas la fe; la historia es así: con sus altas y bajas.” Esto lo mencionó cuando regresé a Estados Unidos y el mandatario era el terrible Ronald Reagan; pero hoy en día ¡qué no daría por tener a Reagan en lugar del presidente actual! Creo que las revoluciones pueden ser derrotadas, pero algo de ellas queda, indudablemente.

Con respecto a su visión sobre los nacionalismos después de haber radicado en tres países latinoamericanos y en aquel donde nació el 6 de diciembre de 1936, Margaret Randall advierte: “Desgraciadamente, hoy están viciados. El nacionalismo es una de las cosas más peligrosas y dañinas, sobre todo el estadunidense, que pretende comerse al mundo en estos momentos.”

La señal

–¿Qué le ha dado la escritura? ¿Por qué la eligió, o ella la escogió a usted?

–La escritura me escogió. Es cuestión de talento; quizás hubiera querido ser pintora, bailarina o música, pero no tengo esos talentos. Cuando era niña, nunca pensé que iba a ser poeta. Incluso detestaba la poesía porque, en las escuelas públicas de Estados Unidos, la enseñaban tan mal que no logré conectarme con ella. Aunque sí sabía que sería escritora de prosa. Sin embargo, con veintitantos años, en una fiesta escuché “Aullido”, un poema de Allen Ginsberg; alguien empezó a recitarlo y ahí supe que sería poeta. Ese poema me dio la señal.

Historia oral

–Rodolfo Walsh decía que “escribir es escuchar”. Usted, ¿a partir de dónde escribe? ¿Desde la escucha, desde la mirada, o comienza en una posición política?

–Desde todos esos lugares, indudablemente. Un día puedo partir de uno en particular; otro día, desde otro. Rodolfo Walsh y yo fuimos muy amigos. Lo conocí en 1970, en La Habana. Hay una foto de nosotros que circula mucho en internet: los dos sentados en el aeropuerto, platicando. Para mí fue muy importante algo que aprendí de él: la historia oral. Escribió Operación Masacre, un libro fundamental dentro de ese género en América Latina. Yo escribí muchos libros, más de una docena, desde la historia oral, bajo la influencia de Rodolfo.

–Prestar oídos a las personas, eso es algo que no cualquiera ejerce...

–Escuchar es tremendamente trascendental y no sólo escuchar las palabras, sino los gestos, los acentos, los silencios. Aprender a hacerlo, de verdad, requiere de toda una vida. Toda escritura que funciona es porque el escritor
supo escuchar. ¡A veces, también hay que aprender a oírse a uno mismo! Hay una frase en inglés:
We have to get out of our own way [tenemos
que dejar de ser nuestro propio obstáculo]. Debemos vencer cierta tendencia que tenemos a inhibirnos a nosotros mismos. Apártate para que las palabras fluyan.

Itinerario

–¿Cuánto placer registra en el acto de escribir?

–Muchísimo, sobre todo en mi vejez. Ya no tengo a mis cuatro hijos en casa; ahora tengo nietos y bisnietos… además, ya no cuento con un empleo de ocho de la mañana a cinco de la tarde, cosa que hice una gran parte de mi vida. ¡En la vejez soy libre! Puedo escribir todo lo que quiero. Mi compañera es artista visual; entonces, nuestro hogar está construido con base en el arte. Me levanto a las tres o cuatro de la madrugada y empiezo a trabajar. Ella se levanta un poco más tarde y desayunamos juntas. Después, cada una a su estudio. En la mañana estoy mucho más viva y escucho mejor, por decirlo de alguna manera. Mi trabajo, que es escribir, ocupa la mayor parte de todos mis días… ¡Y eso es un gozo!

–¿Cómo responde su cuerpo frente a esa labor?

–Esa sí es la parte de la vejez que no es tan cómoda. Indudablemente, no tengo el cuerpo, el aguante ni la fuerza que tuve hace más de veinte años. Uso una andadera cuando salgo de la casa; sin embargo, conservo mucha energía intelectual cuando estoy trabajando. El cuerpo me falla en otras actividades de las que gozaba mucho: caminar en el monte y andar en bicicleta, por ejemplo. Extraño eso. Pero uno debe aceptar que tener noventa años no es como tener cincuenta o veinte.

–¿Cuáles son los infiernos de la escritura?

–Esa es una pregunta buena, en general, pero no es una buena pregunta para mí porque afortunadamente no padezco muchos bloqueos. Algo que sí empiezo a enfrentar es lo siguiente: estoy escribiendo y, de repente, busco una palabra y no me acuerdo de ella… Recuerdo el sentido, aunque no la palabra exacta. Al principio eso me angustiaba, pero ya no… pues simplemente dejo un espacio vacío en el texto, sigo y más tarde la palabra vuelve a mí. Asuntos de la vejez.

Analizar el patriarcado

–Entendiendo que no existe un solo feminismo, sino distintas expresiones, ¿cuál es hoy la concepción del feminismo que usted encarna?

–Gracias por esa pregunta, porque el feminismo ha sido extraordinariamente importante en mi vida. Lo descubrí en México, en 1969. Empecé a recibir documentos, artículos y ensayos de feministas estadunidense y europeas que se filtraban a México; entonces, en 1970 hice un pequeño libro: Las mujeres, editado por Siglo XXI. Estoy de acuerdo en que no hay solamente un feminismo. Cuando fui a Cuba, me interesó mucho saber cómo una revolución socialista afecta a la mujer, si responde a sus necesidades, si las soluciona, si no lo hace… De ahí surgió mi primer libro de historia oral: La mujer cubana ahora. Para responder a
tu pregunta, el feminismo que habito es el que sirve de herramienta para analizar el uso y los abusos del poder, y no solamente el poder del hombre sobre la mujer, sino el poder de una nación grande y poderosa sobre una más chica, así como el poder de los padres sobre los hijos, etcétera. Nunca fui separatista ni pensé que el problema fuese el hombre en sí mismo como ser humano, sino el patriarcado: un sistema que favorece al hombre a expensas de la mujer.

–¿Los feminismos actuales son capaces de construir otro mundo posible?

–Plantearía la pregunta de otra manera; de ningún feminismo espero una solución, así como no la espero tampoco del marxismo. Los feminismos nos sirven para entender el poder del patriarcado. No espero que ningún sistema nos salve. Es más razonable buscar una parte de la solución en una lucha, y otra parte de la solución en otra. Por ejemplo, hoy en día, uno de los problemas más graves que padecemos es el cambio climático; entonces busquemos ahí, en la ecología, algunas respuestas. Actualmente, hay problemas tremendos a causa del neocolonialismo y el neofascismo; por lo tanto, tenemos que buscar soluciones en diversas áreas. ¡Hay muchas luchas simultáneas!

–Formulé la pregunta con los dos pies en el siglo XX, asumiendo que algún marxismo o cierto feminismo, por sí solos, pueden salvarnos…

–No me parece una pregunta errada. Todos tenemos esa tendencia a buscar la solución en algo grande. Esto es algo que he aprendido a lo largo de mi vida: no es posible encontrar todas las respuestas en un solo lugar. Antes, también creí que sí las hallaría en una sola teoría. Fui ferviente marxista y me sostuve de esas posibilidades; pero las derrotas, la realidad y el balance de fuerzas en el mundo, me enseñaron que no es posible buscar soluciones ahí.

Lo posible y lo bello

–¿Por qué, en este mundo tan violento, la poesía aún perdura?

–La poesía es mágica. Pienso mucho en ese pequeño poema de Bertolt Brecht, que dice: “En los tiempos oscuros,/ ¿se cantará también?/ También se cantará/ sobre los tiempos oscuros.” Es una perfecta respuesta a tu pregunta.

–¿Cuáles han sido los poetas imprescindibles en su vida?

–Durante mi juventud fue el estadunidense William Carlos Williams. Tuve la suerte de conocerlo un poco antes de su muerte y para mí fue un deslumbramiento. Cuando llegué a América Latina, otra fascinación fue César Vallejo, un poeta que cambió el lenguaje. En cuanto a latinoamericanos imprescindibles: Juan Gelman, Raúl Zurita, Mario Benedetti, Raquel Jodorowsky y Ernesto Cardenal. De mi país destaco a Adrienne Rich, Audre Lorde, Joy Harjo y el propio Allen Ginsberg, en su época temprana. Vuelvo siempre al libro The Fact of a Doorframe, de Adrienne Rich, y a los Poemas humanos, de César Vallejo.

–En un mundo como el actual, con un genocidio en Gaza, además del daño humano a la naturaleza, ¿qué puede la poesía?

–La poesía no es capaz de cambiar el mundo. Pero sí es capaz de mantener la esperanza en la humanidad, señalar caminos y dar una energía creativa. El arte, en general, tiene el don de colocarnos en un lugar diferente: el de lo posible y lo bello. Cuando los genocidios se vuelven algo de todos los días, pueden morir 22 mil niños en Gaza y para mucha gente eso solamente es una cifra en el periódico. Es casi imposible que un ser humano que no vive en medio de esas tragedias realmente entienda lo que significan; no obstante, una línea de poesía sí puede, a veces, transmitirte el peso de esa situación, mejor que la cifra y la noticia. Y conste que no me gusta el término poesía política. Cuando la gente me dice que soy una poeta política, rechazo esa etiqueta porque la poesía puede abordar un asunto social, el amor, la muerte, la vejez o lo que sea… Aquello que la hace buena o mala no es su tema, sino cómo lo trata.

Curiosidad vital

–¿Qué significa la vejez?

–Un privilegio, pues la alternativa sería la muerte. Puedo ver a mis hijos, cada uno haciendo lo que quiere y aportando a la sociedad. Miro a mis nietos y bisnietos. Comparto mi vida con Barbara, mi compañera, con quien ya he vivido durante cuarenta años. A pesar de que físicamente soy más débil que antes, no padezco ninguna enfermedad terrible. He tenido suerte.

–Con casi noventa años, usted habrá visto morir a mucha gente querida. Para usted, ¿qué es la muerte?

–Es cierto. En la medida en que uno envejece, pierde más y más amigos. La muerte es el final. Soy atea y no creo en nada después de ella. Lo que persiste es la vida de uno en la memoria de los que hemos tocado. Y la obra que dejamos. Aspiro a dejar algo.

–¿Usted a qué vino al mundo?

–A curiosear e indagar, así como a conocer otros lugares y culturas. Aunque no sé si uno viene para algo… porque esa idea implica creer en un poder que produce tal situación. Y no creo en eso. Pero sí creo en que, si tenemos suerte, hacemos con nuestras vidas lo que podemos. En mi caso, desde muy chiquita, he sentido curiosidad por la gente diferente a mí y por las costumbres distintas a las mías.

–¿El ser humano tiene futuro?

–Quiero creer que sí. Si seguimos destruyendo la tierra, el aire y lo que comemos, probablemente un buen día el planeta se deshará de nosotros. Y comenzará de nuevo. No creo que uno pueda tener nietos y bisnietos sin creer
en un futuro para la humanidad. Tal vez esa postura es un error de nuestra parte, pero debo creer que hay un mañana para la gente que amo.

–¿Qué sigue dándole curiosidad?

–Todo. Muchas de las cosas que has mencionado en esta conversación. Por cierto, me han gustado mucho tus preguntas. Siento que sigo con la misma curiosidad y el mismo afán
de conocer que cuando tenía tres años. Estoy muy consciente de mi privilegio, pues no he vivido en Gaza, por ejemplo. No padecí una guerra ni hambre, aunque he tenido mis problemas,
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