El caudal poético de Francisco Hernández

- Rafael Calderón Torres - Saturday, 19 Sep 2026 21:43 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp
En la poesía mexicana contemporánea, la obra de Francisco Hernández es referencia inevitable. Merecedor del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 1982, el Premio Xavier Villaurrutia 1994 y el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012, entre otros, este artículo reflexiona sobre la versatilidad de su lenguaje y la fuerza de sus temas: “Francisco Hernández escribe desde una zona de riesgo, allí donde el lenguaje deja de ser únicamente una construcción estética para convertirse en una forma de atravesar el delirio, la memoria y la pérdida.”

 

 

La obra poética de Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 20 de junio de 1946) nunca se agota. Posee la extraña condición de las obras verdaderamente vivas: mientras más se explora, más zonas ocultas revela. Hay en sus versos una lejanía singular, una distancia que no enfría emociones, sino

que las vuelve más intensas y reflexivas, como si la pasión necesitara apartarse del ruido del mundo para contemplar mejor sus propias ruinas. Su escritura es caudalosa y múltiple, intensísima, pero también rigurosamente precisa; vasta en registros, voces e imágenes, aunque sostenida siempre por una tensión interior que jamás se dispersa. Cada libro suyo parece escrito desde un sitio donde la lucidez y el delirio conviven, y donde el lenguaje adquiere la respiración profunda de aquello que ha sido vivido hasta sus últimas consecuencias.

En años recientes aparecieron dos extensos volúmenes que reúnen la obra poética de Francisco Hernández, En grado de tentativa (FCE/Almadía, 2026), publicación que confirma no sólo la amplitud de su escritura, sino también su lugar indispensable dentro de la tradición lírica mexicana contemporánea. En estos dos volúmenes conviven todos los títulos fundamentales, estaciones distintas de una misma obsesión verbal. Sin embargo hay uno que, por su intensidad y resonancia, ocupa un sitio excepcional: Moneda de tres caras. En estos poemas convergen algunas de las mayores
virtudes líricas de Hernández: el desdoblamiento de la voz, la imaginación verbal llevada hasta el vértigo, el temblor emocional y una conciencia extrema del lenguaje como espacio de revelación y fractura. Sus poemas parecen escritos desde el borde de una experiencia interior que se resiste a permanecer en silencio.

Pertenece, por lo mismo, Francisco Hernández a esa rara estirpe de poetas que modifican la sensibilidad de una época. Su voz –inconfundible, vulnerable, personal hasta la herida– marcó una transición decisiva entre la poesía mexicana del siglo XX y la del XXI: abrió una escritura donde delirio, memoria, música verbal e intemperie conviven a navajazos. Leerlo es aceptar que no hay consuelo inmediato. Sus poemas avanzan hacia donde la conciencia se desgarra y el lenguaje tiene que reinventarse para nombrar lo que duele. Hay en su poesía una intensidad que exige permanencia, una respiración oscura que continúa resonando mucho después de haber cerrado el libro. Todavía recuerdo el momento en que apareció reunida gran parte de su obra. Comprendí entonces que aquella lectura no podía resolverse en unos días: era una experiencia de largo aliento, una conversación destinada a prolongarse en el tiempo.

Una forma de habitar el vértigo

El punto de encuentro de toda su escritura es la figura del poeta. Pero en Hernández el poeta no es sólo una voz: es una escisión, una máscara, una forma de habitar el vértigo. Su imaginación avanza –como un caballo inmóvil en medio de la realidad– hacia el centro mismo del lenguaje. Hay algo en su poesía que recuerda al “jinete del aire” de Alfonso Reyes, aunque transformada por una sensibilidad veracruzana y una conciencia contemporánea del desgarramiento.

En esa construcción aparecen sus dos grandes invenciones poéticas: por un lado, el hombre que escribe bajo el nombre de Francisco Hernández, vulnerable y grave, atravesado por la conciencia del deseo, la memoria y la pérdida; por otro, la irrupción de Mardonio Sinta, heterónimo ya legendario que desde Coplas a Barlovento no funciona únicamente como máscara literaria, sino como una extensión delirante de la identidad, un espejo deformado donde la confesión se vuelve ficción y la ficción termina revelando una verdad más profunda. Entre ambos se establece una tensión constante: se buscan, se contradicen, dialogan. La poesía ocurre precisamente en esa fractura, como si Hernández hubiera comprendido que una sola voz resulta insuficiente para nombrar ciertas zonas del infortunio, y que el poema, para acercarse a lo indecible, necesita dividirse, multiplicarse y hablar desde sus propias ruinas.

Con Mar de fondo confirmó tempranamente esa contundencia expresiva que distingue toda su obra. Son títulos fundamentales por la intensidad de su lenguaje y por la manera en que convierten la experiencia íntima en materia verbal de rara potencia emocional. Su lectura exige entrega: no hay complacencia ni artificio ornamental. Hernández escribe desde una zona de riesgo, allí donde el lenguaje deja de ser únicamente una construcción estética para convertirse en una forma de atravesar el delirio, la memoria y la pérdida. Cada uno de sus libros parece registrar la huella de una experiencia límite, el momento preciso en que la imaginación se confunde con la herida y la desventura adquiere una respiración casi musical.

La poesía de Hernández ha sabido convertir la memoria en territorio visionario y el desdoblamiento de la identidad en una de las exploraciones más intensas de la poesía mexicana contemporánea. Moneda de tres caras, en resumidas cuentas, ensancha la dimensión de una voz que, lejos de agotarse con el tiempo, continúa ampliando sus resonancias. A ochenta años de su nacimiento, Francisco Hernández permanece como un poeta que no admite clausura: cada regreso a sus poemas descubre nuevas zonas de sombra, nuevas respiraciones y nuevas formas de belleza lírica surgidas desde la pasión que es la escritura. Leerlo sigue siendo entrar en una región donde la palabra arde, vacila y resiste, como si el poema conservara la capacidad de mirar la penumbra sin ceder ante el infortunio.

 

 

 

 

Brevísima muestra poética


Francisco Hernández


Desde Gritar es cosa de mudos (1974), su primer libro, hasta ¿Cerdo o no ser? (2021), Francisco Hernández ha publicado una treintena de títulos, invariablemente de poesía. Esta es una muestra no breve, sino brevísima, de las numerosas razones por las cuales el hoy octogenario autor nacido en San Andrés Tuxtla es, y de modo indiscutible, uno de los poetas esenciales de la literatura mexicana.

Fade out

Cuando era niño

yo quería ser

un poeta maldito

¿tú a qué jugabas?

Conjuro

para que aparezcas

cierro lo ojos

y pronuncio tu nombre

en la mitad del día

surge la firmeza

de tu cuerpo delgado

tu alegría tentacular

tu pelo negro

como boca de loba

y abro los ojos

y no estoy

Canta Scardanelli

Las hojas de los álamos descienden.

Alguien te escribe así, Naturaleza.

Los colores del suelo se concentran.

Alguien te pinta así, Naturaleza.

Los truenos en el alba se adelgazan.

Alguien te canta así, Naturaleza.

Los insectos en vuelo se dispersan.

Alguien te olvida así, Naturaleza.

De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios (XXVIII)

Sueñas una sola nota sostenida.

Sueñas flores que se convierten en cicatrices.

Sueñas que tus hijos se vuelven locos y escriben

versos.

Sueñas las carcajadas de Félix Mendelssohn.

Sueñas tu lengua transportada por delfines.

Sueñas tus restos devorados por hienas.

Sueñas que cruzas el río Mulde

con la niña Clara de la mano

y que todo el pueblo entona tus canciones.

Cuaderno de Borneo.

Últimas páginas de

George Trakl (III)

Pega la lluvia en los tambores de las hojas.

Día y noche, sin descanso, sin ninguna intención,

sin importar la suerte de pueblos arrasados,

día y noche,

sin descanso, sin ninguna intención, pega la lluvia todo

el tiempo en los tambores de las hojas…

Paterson la horrible (14)

Giros negros

alrededor de un arma

de las llamadas

“cuernos de chivo”

bañada en oro.

Todas las pistas

son falsas,

aun las de aterrizaje.

Crece más frondosa

la amapola

cuando la riegan

con sangre fresca.

Collage impuro

(como todos) con puros versos

de Pura (3, 9)

Al escribir sabemos lo que es tener

una soga al cuello y lo que es caminar

y respirar y amar sobre la cuerda floja

de los relojes atrasados.

Pura, incapaz de ignorarlo, le da el avión

al nudo corredizo del tiempo y sonríe

sin dejar cabos sueltos ni serafines

en las vibraciones de la cigarra.

Al escribir, parece decirnos,

somos fluviales, pero nada sabemos.

Nada, ni siquiera flotar.

[…]

Así cruzan los versos muchas veces:

son algo negro con tripas en el pico

hacia un lóbrego atardecer

o un pensamiento con una mentira

entre las patas

o un ángel con los pelos de punta

sin nada que esconder

entre la bisutería de sus alas.

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