Conversación de dos fantasmas (en los 80 años de Francisco Hernández)

- Marco Antonio Campos - Saturday, 19 Sep 2026 21:45 Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

 

 

 

En 1988, mientras Evodio Escalante y yo conversábamos en un café, recuerdo el asombro compartido que teníamos al comentar el libro De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios, recién editado, que después formaría parte de la trilogía que Francisco Hernández tituló Moneda de tres caras, con el cual ganó el premio Xavier Villaurrutia 1994. Evodio y yo escribimos al alimón una reseña sobre el libro de Schumann, que Huberto Batis nos publicó en el suplemento sábado del diario unomásuno. Estábamos ante un gran poeta, y desde entonces Hernández no se ha cansado de publicar libros de una intensidad quemante, aun ahora, a los ochenta años, con su Avistamiento del fantasma (Editorial Vaso Roto, 2026), un dilatado poema en prosa, donde de nuevo aparece su “yo más oscuro”, esta vez en un diálogo inventivo con un joven poeta, bruno darío, fallecido a los veintinueve años, con quien sólo conversó por teléfono y a quien nunca conoció. Hernández hizo una lectura de los cuatro libros de bruno darío que le entregó la escritora Irene Selser, en especial de mal de aire (2020). Irene Selser sabía que bruno darío era un alma gemela de Hernández o, al menos, que pertenecían al mismo linaje, y que uno y otro habían tenido una existencia con frecuencia colmada por la oscuridad depresiva y el lúcido pesimismo, y Hernández, al leer los libros del joven bruno darío, así lo sintió. En ambos se encuentran frases que desuellan ferozmente al otro o a los otros, pero ante todo a sí mismos.

Para escribir el libro-diálogo Hernández escogió las frases o versos de los poemas de bruno darío, en especial de mal de aire (2020), y lo hizo con tal destreza que fluyen y se integran al discurso con naturalidad.

Pero ¿quién es bruno darío? Sabemos muy poco. Hijo de la psicoanalista Susana Sercovich, nació en 1993 en Cuernavaca, Morelos, y a la par de la poesía tuvo una trabajada pasión por la música. Desde muy pronto bruno habitó el gran país llamado Dolor. La editorial Vaso Roto le publicó dos libros: asolar y el antes citado mal
de aire
.

El departamento donde vive Hernández con su esposa y ángel protector Leticia Arróniz, se halla en el lado sur de la plaza Río de Janeiro del barrio de la Roma. El diálogo de fantasmas ocurre en la arbolada plaza. Mientras Francisco y bruno darío conversan sentados en una banca frente a la fuente, donde se halla en el centro la estatua del David, miran o ven pasar por las veredas o las calles parejas furtivas de enamorados, paseaperros, una muchacha con sombrero de charro, bicicletas que corren sin ciclistas, alguna ambulancia de la Cruz Roja. Los altos árboles dan la bienvenida a los pájaros.

Muy cerca de Cioran, muy cerca del austrÍaco Thomas Bernhard, Hernández perfecciona en Avistamiento del fantasma “la belleza carnicera”. Lo más cerrado y oscuro de otros y de sí mismo lo vuelve alta poesía. ¿No escribe Susana Sercovich, madre de bruno darío, a quien Hernández cita, que el treinta y ocho por ciento de la población mundial padece depresión y “por ello 700 mil personas se suicidan cada año en el mundo”? Hernández y bruno darío se saben insomnes y depresivos. Hacia 2006 Hernández publicó Mi vida con la perra, en el que la perra, fielmente cruel, es precisamente la depresión, la cual nunca lo ha abandonado y lo sigue y persigue aún. La perra muerde para que lo bien o lo mal vivido sea opresivamente más de la muerte que de la vida. La perra vence todo, mina todo, elimina todo. Si hay Dios, escribe Hernández, debe ser “una divinidad depresiva”. Pero Dios, se pregunta ¿existe? O “Dios está en veremos”. A Dios no lo ve, no lo siente, no lo escucha. “No le vuelvo a dirigir la palabra a Dios”, cita Hernández a la niña Silvia Plath que lo dijo a los ocho años cuando murió su padre. Llegará la muerte, pero ¿qué es? ¿Cómo verla y verse uno mismo si es “un espejo estrellado”? La muerte es una continuidad de los
malos sueños.

En el libro Hernández y bruno darío conversan sobre lo que son y sienten y por ello hablan de frustración, de tedio, de desencanto, del miedo, pero también de iluminaciones repentinas, y en contraste, en Hernández, hay varias veces la agradecida ternura por Leticia Arróniz.

Pero Hernández también retoma de otros libros el aborrecimiento que siente por su padre, el “odioso caballo”, el dentista y expresidente municipal del pueblo de San Andrés Tuxtla, el golpeador que le fracturó la nariz a su madre, ese padre que tanto daño le causó.

El color negro no abandona a Francisco
Hernández y a bruno darío. Leamos algunos momentos de sus diálogos: BD: “Me gusta respirar cada vez menos. FH: Yo prefiero gritar en silencio [...] BD: Te harta la palabra patria.- FH: La detesto. Jamás daría mi vida por un país como éste. Y tal vez por ningún otro [...] BD: ¿Estamos muertos sin darnos cuenta?.- FH: Al tener voz tenemos vida, aunque nadie nos escuche. Por eso muchas veces hablo solo.”

No olvidemos frases de bruno darío, su semejante, su hermano: “El mejor antidepresivo es no nacer”, o despreciativamente: “Ordenar una hamburguesa en una librería tiene más poesía que los versos de casi todos mis contemporáneos”.

En su escritura Hernández suele partir o amoldar palabras y frases para que sean algo nuevo: sincero se vuelve sin cero, soledad la sombraedad, vocablo es bocaablo… Asimismo las citas que
hace de otros autores se convierten en creación viva del texto, entre otros, de Trakl, Rilke, Drummond de Andrade, Pessoa, Pavese, Alejandra Pizarnik, Lezama Lima, Roberto Juarroz, Mutis, José Emilio Pacheco, Hugo Gutiérrez Vega, Nabokov, Marina Tsvetáieva, y claro, con su gracia habitual, Shirley MacLaine…

Como persona me gusta ante todo recordar al ultralúdico lector Francisco Henández, con el que he conversado a menudo de poesía desde hace más de cuarenta años y en la poesía y por la poesía hemos fundado una excelente amistad sin alteraciones. Lo he dicho y lo he escrito desde que ganó en 1994 el Premio Xavier Villaurrutia: Francisco Hernández no es sólo el mejor poeta de mi generación, es un gran poeta.

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