Bemol sostenido / Pirata, entrégate al torrente
- Alonso Arreola @escribajista - Saturday, 19 Sep 2026 21:59
Estamos verdaderamente hartos. Ya no somos dueños de nada. Ni los melómanos ni los cinéfilos poseemos formato físico alguno para el consumo de obras a placer y en libertad. Los vinilos, cedés, devedés, blurréis o casetes de otras épocas, guardados en estanterías, cajas o armarios, nos recuerdan cuando el acuerdo entre artistas y seguidores era distinto.
Hoy, como antes, los amantes del arte sonoro y visual no buscamos ser dueños de los derechos de explotación de una obra ni de sus soportes originales (en manos de autores, disqueras, casas productoras, editoriales o concesionarios pasajeros). Eso es otra cosa. Hablamos, simplemente, de la tenencia de objetos que contienen canciones, series o películas, algo que dejó de convenir a los intereses de la industria. (Como un libro, vaya.) Para explicarnos mejor le compartimos un texto extraño que soñamos hace unos días, lectora, lector.
Pirata, entrégate al torrente. Te prometieron mejorar y te quitaron el vinilo. Te prometieron mejorar y te quitaron el casete. Te prometieron mejorar y te quitaron el CD. Te prometieron mejorar y te quitaron el iPod. Te prometieron mejorar y te quitaron el intercambio. Te prometieron mejorar y te quitaron el almacén. Te prometieron mejorar y te quitaron la canción. Pirata, comparte las semillas y el enjambre. Prometieron mejorar y se lo cumplieron cabalmente. Tú rentas nubes y ellos son terratenientes.
¿Recuerda qué son, en el mundo de internet, los llamados torrents, semillas y enjambres? No profundizaremos. Puede averiguarlo fácilmente. Diremos que son espacios o acciones que la gente común utiliza para burlar controles de contenido digital protegido. Es decir, son medios de “piratería” (así, entre comillas), muchísimas veces fuera de la mafia o la maldad, como resistencia ante los abusos corporativos.
Mire ese recorrido: la canción fue brincando de un encierro a otro hasta que se digitalizó en unos y ceros, confinada en última instancia a un menú virtual. Entonces perdió peso y se disolvió para multiplicarse en los oídos de todos con el streaming, sin ofrecer ya su cuerpo (sólo en ediciones especiales y de precio violento). Y no. No queremos abordar de nuevo los abusos de numerosas plataformas, agregadoras o sellos en línea. Hoy deseamos echar luz sobre el mecanismo con el que incontables compañías nos exprimen cotidianamente: la suscripción.
Gracias a ese servicio ‒un servicio que veladamente nos arrebató los productos‒, no sólo perdimos esa “posesión” de la música, sino de las películas, las series, el software y los videojuegos. Estamos perdiendo los libros también. A ello se suma el poder de la Inteligencia Artificial ‒como puntilla‒, ahora
en el reemplazo de una creatividad que apuesta por el entretenimiento amenazando al arte. ¿Ejemplo de alguien?
Por su profesión oscilante entre la música, la producción y las letras, el hermano del hijo de una vecina, verbigracia, paga mensualidades de Netflix, Amazon, Disney, Mubi, Crunchyroll, Moises, Office, Musescore, Zoom, Dropbox, izzi, Telcel, Adobe y Chess.com. ¿Lo imagina, verdad? En su trabajo, además, le dijeron que pronto reemplazarán computadoras compradas por una generación nueva, rentada tipo leasing. ¿Cuántas suscripciones paga usted al mes? Haga cuentas y pregúntele al pirata que se enoja dentro de su pecho si no llegó el momento de amotinarse y, contra lo que su moral y educación le dijeron por años, arrojarse al mar. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.